lunes, 1 de junio de 2015

NOVELA: TRANSITO CAPITULO I


TRANSITO 

                POR JAVIER SEDANO

                                      
                        
                 CAPÍTULO I

 

Tras el resplandor cegador, apareció en medio de la ciudad rodeado de transeúntes que veía con asiduidad y que lo miraban con extrañeza. Se contempló reflejado en el escaparate del comercio que junto a él se encontraba y observó que llevaba como única prenda la bata del hospital. Se sintió ridículo, sin saber qué hacer y qué estaba ocurriendo. Momentos antes, se hallaba en aquella camilla asistido por numerosos enfermeros y el médico que no cesaba de gritar que le perdían, y ahora estaba allí, en medio de la acera, medio desnudo y solo.

Comenzó a caminar sin rumbo fijo abrumado por todo lo sucedido y tras breves segundos se detuvo creyendo que lo más conveniente era ir a su casa, no se encontraba muy lejos y armado de valor, se encaminó con rapidez.

Frente al portal se percató de que no llevaba las llaves y llamó al portero, esperando que su padre estuviese en el hogar.

- Dígame – Contestó una voz masculina.

- Soy Iván – Hizo un gesto de sorpresa ante la voz que escuchó – ¿Me puedes abrir?

            - ¿Qué Iván? No conozco a ningún Iván.

            - ¡Iván! ¿Quién eres tú?

- Pedro, el dueño de la casa ¿Nos conocemos de algo?

- Eso es imposible, ahí vivimos mi padre y yo. Esa es mí casa.

- Te has equivocado, aquí no vive ningún Iván, ni siquiera conozco a nadie con ese nombre, como te he dicho. Has debido llamar al piso equivocado.

- Repito, es imposible, esa es mi casa, he marcado bien, 4 B

           - Sí, has marcado bien, pero te puedo asegurar que en esta casa, tan sólo vivimos mí esposa y yo.

- ¿Ocurre algo? – Preguntó un agente de policía.

- Sí. Estoy intentando entrar en mi casa y ese señor me dice que no es la mía.

- ¿Puede enseñarme su documentación? Creo que…

- No llevo nada, me la he dejado en el hospital o eso creo, hace un instante estaba sobre una camilla, he tenido un accidente con la moto y no sé como he llegado hasta aquí. De pronto me he encontrado en medio de la calle.

- Por favor, acompáñeme, le llevaré de nuevo al hospital.

Aturdido entró en el coche de policía y ambos se fueron en dirección al hospital.

- Me dice usted que ha tenido un accidente ¿Cómo es posible que no tenga ninguna herida?

- No lo sé, le aseguro que… – Se observó en el espejo la cara, que efectivamente estaba sin el menor rasguño. Palpó su cuerpo y no sintió dolor por ninguna parte –  Todo esto es muy extraño.

- ¿Por qué dice usted eso?

- Porque hace un instante no podía mover mis piernas y la cara la tenía llena de sangre.

El tiempo que distó hasta llegar al hospital se le hizo eterno. En su cabeza cientos de preguntas rebotaban sin poder contestarlas. Entraron dirigiéndose a la ventanilla de información.

- Buenos días – Saludó el policía.

- Buenos días, agente – Contestó la recepcionista - ¿En qué puedo servirle?

- Verá, me he encontrado con este chico que asegura que ha tenido un accidente de tráfico y no recuerda cómo ha salido del hospital.

- Su nombre – Le preguntó.

- Iván Herrera Fernández.

             La chica tecleó en su ordenador.

- Lo siento, pero aquí no hay ninguna entrada o salida con ese nombre.

- Eso es imposible, hace tan sólo dos horas me estaba debatiendo entre la vida y la muerte.

- Espere un momento, voy a mirar las entradas de urgencias –  La chica volvió de nuevo su mirada hacia la pantalla, negando con la cabeza – Lo siento, no ha entrado nadie de accidente de tráfico, y además – Le miró de arriba abajo – No tiene usted síntomas de haberse debatido entre la vida y la muerte, como asegura.

- Entonces ¿Cómo se explica que lleve una bata de hospital?

- No lo sé señor, pero le puedo asegurar que usted no ha estado aquí ingresado en los últimos días, y además, esa bata, no corresponde a ninguno de los hospitales de la zona.

- ¡Eso es imposible, yo no estoy loco!

- Tranquilícese señor – Le calmó el policía – Iremos a comisaría y averiguaremos qué ha ocurrido.

Camino de la comisaría el policía intentó apaciguar los nervios que en Iván detonaba,  preguntándole sobre su vida cotidiana y todo aquello que recordase antes del accidente, sobre sus amigos, si tenía pareja o no, quienes eran sus padres y todo un extenso interrogatorio con la suficiente delicadeza para que él, no se cerciorase de ello.

Entraron juntos, los agentes observaron a Iván y las risitas se escuchaban a su paso, pues la bata, abierta por detrás, dejaba ver su desnudez.

- ¡Menos cachondeo! Y continuidad con vuestro trabajo – Les reprendió el policía.

Entraron en un despacho con una gran cristalera, mostrando una vista general de toda la comisaría, donde la mayoría de los agentes se encontraban sentados en sillas frente a sus ordenadores, atendiendo a ciudadanos o revisando algún caso.

- Espere aquí un instante, le tomaremos las huellas y las comprobaremos.

El policía tardó poco en llegar con una de sus compañeras.

- Por favor, su mano – Le solicitó la chica.

Iván la miró con asombro.

- ¿Qué ocurre?

- ¿Qué haces aquí? Y ¿Por qué llevas ese uniforme?

- Soy policía.

- No, no puede ser, tú trabajas conmigo.

- Lo siento señor, se debe equivocar, soy policía desde hace cinco años.

- ¡No! Tú no puedes ser… ¡Esto es una locura.!
- ¿Qué ocurre? – preguntó su compañero interrumpiéndole.

- Ella es mi novia, trabaja conmigo en la televisión, es diseñadora y encargada del departamento de vestuario, como le he dicho antes. Esto tiene que ser una broma.

- La agente le ha dicho la verdad. Su nombre es Aurora, y como ella ha dicho, trabaja en el departamento desde hace casi cinco años.

- ¡No puede ser, no puede ser, me voy a volver loco!  – Iván respiró con fatiga mientras les miraba a los dos. ¿Qué estaba sucediendo?

- Tranquilícese, enseguida averiguaremos quién es y dónde vive, las huellas nos lo aclararán – Le comentó Aurora con una dulce sonrisa.

Pasaron unos instantes antes de volver con varias hojas en la mano, se sentó frente a él y le miró frunciendo el ceño.

- Usted ha dicho que se llama Iván, que trabaja en la televisión…

- Sí – Interrumpió.

- Los datos que nos constan son que su nombre es Mario Calvo Martínez, tiene veintisiete años, vive en la Avenida Principal Nº 4 – 3º interior. Sus padres son Marcos y Carmen y su último trabajo, que se le conozca, es dependiente en los Almacenes Internacionales, donde supuestamente continúa trabajando.

- Es imposible, sólo ha acertado en la edad, todo lo demás es falso.

- Lo siento, esos son nuestros datos. Pero espere un momento, voy a hacer una llamada.

Aurora tomó el auricular y pidió que la pusieran con los Almacenes Internacionales, esperó un instante en silencio hasta que al otro lado alguien habló con ella. Durante unos minutos conversó con varias personas y en su cara se dibujó todo tipo de expresiones, luego, se despidió y permaneció callada, miró a su compañero volviendo su rostro hacia Iván.

- Es muy extraño, pero Mario, supuestamente usted, está en su trabajo, he hablado con él. Le vamos a proporcionar ropa y vendrá conmigo a los almacenes, aclararemos todo lo sucedido. Tiene que existir una explicación.

-  Me necesitas o continúo mi ronda – Preguntó el policía a su compañera.

- No, puedes irte, yo me quedo con él, sólo te voy a pedir un favor ¿Puedes dejarle algo de tu ropa? Creo que tenéis la misma talla y posiblemente se sienta mejor que con esta bata.

- No hay problema, venga conmigo.

Le llevó a las taquillas, sacó su camisa, un pantalón y unas deportivas. Iván se vistió ante la atenta mirada del policía.

- Espero que todo esto se aclare pronto, nunca me he visto en una situación…

- Tranquilo –  Le interrumpió –Aurora pertenece al departamento de la policía secreta. Es la mejor – Sonrió al decir la última frase – Con ella se va a sentir muy cómodo.

- Yo creo que si me estoy poniendo su ropa, nos podríamos tutear ¿No cree?

- Tienes razón – Le volvió sonreír. Con estos gestos esperaba tranquilizarle – Me llamo Óscar y espero como tú dices, que todo se aclare muy pronto. Creo en lo que nos has contado, pero…

- Sí – Le cortó de nuevo – Ni yo mismo, que sé quién soy, entiendo nada.

            Tras vestirse Iván y Aurora salieron de la comisaría y entraron en el coche celular.

- ¿Puedo tutearte? – preguntó a la agente.

- Desde luego, no me gustan los formalismos más allá de lo necesario.

- Te puedo prometer que hasta ayer, yo era quién aseguro ser ¿Qué es lo que ha ocurrido? No lo entiendo – La miró – No tendrás una hermana gemela ¿Verdad?

- No – Sonrió.

- Menuda estupidez, si tuvieses una hermana gemela, lo sabría. Ella es hija única y nos conocemos prácticamente desde niños,  y salvo los años en los que estudió fuera, apenas nos hemos separado.
- ¿Nos parecemos tanto?

- Como dos gotas de agua, salvo en la mirada, espero que no te moleste, pero la tuya es más dura.

- No, no me molesta, siempre me lo han dicho, y si es cierto que la mirada es el reflejo del alma, en mi caso coincide.

- No lo creo, he dicho que es dura, pero despierta amabilidad.

- Gracias, tú también pareces una buena persona, por eso mismo deseo aclarar personalmente este problema, que ni tú ni yo comprendemos.

- ¿Por qué te hiciste policía? Siempre me ha intrigado el motivo que lleva a una mujer,  ha escoger determinados puestos de trabajo.

- Eso no ha sonado muy bien - Le increpó

- No, no me interpretes mal, todo lo contrario, siempre he defendido casi todas vuestras posturas.

- ¿Casi todas?

- Sí, existen algunas que nunca he entendido, pero mejor no entremos en este tema, con Sandra siempre terminaba discutiendo y no me gustaría que una agente se enfadase.

- Me gusta ese sentido del humor, por fin te veo sonreír y me alegro – Aurora giró su coche entrando en una gran superficie exterior, dedicada a aparcamientos – Ya  hemos llegado a los almacenes, confío en ti, será mejor que me esperes en el coche, entraré y hablaré con él.

Así lo hizo, salió del coche y se dirigió hacia la puerta principal. Iván la observó tras el cristal, contemplando la figura  estilizada que poseía. Para sus adentros pensó en Sandra, eran iguales, hasta en la forma de caminar, tan femenina y seductora.

Se entretuvo en mirar el gran cartel de los almacenes, pero algo no iba bien, reconocía el centro comercial, cada puerta, cada adorno que presentaba el conjunto, pero el nombre… recordaba aquel complejo con otro nombre muy diferente. Prefirió no darle importancia. Dedicó el tiempo a contar los aparcamientos que podía divisar y los coches que se encontraban a su alrededor. Los que entraban y los que salían. Cerró los ojos para intentar descansar y olvidarse por unos instantes de todo.

Un golpe seco le devolvió a la realidad. Era Aurora que abría la puerta del coche, entrando y sentándose en silencio. Le observó a través del espejo retrovisor interior y en sus ojos, Iván comprendió que algo marchaba mal.

- Cuéntame por favor, no me dejes así.

- Subí a la sección de deportes, donde presuntamente estás trabajando y el encargado me llevó hasta Mario, la sorpresa es que Mario y tú…

- Mario y yo ¿Qué?

- Sois iguales, exactamente idénticos, la misma altura, el mismo color de pelo y ojos, la misma complexión muscular, todo es igual, incluso la voz se parece. Ahora quien no entiende nada soy yo, sino tienes ningún hermano, como dice la ficha  ¿Cómo es posible tal semejanza? No lo comprendo, creo en tú historia, pero… ¿De dónde has salido? He conseguido sus huellas en este bolígrafo, debemos volver a la comisaría y comprobarlas con las tuyas.

- Nadie puede tener las mismas huellas dactilares que otro ¿Verdad?

- Nadie, eso te lo puedo asegurar. Son nuestra identidad.

Pero sucedió. Las huellas de aquel bolígrafo fueron analizadas una y otra vez. Desde la llegada de los dos a la comisaría, hasta bien entrada la noche, el departamento de analítica no cesó en su empeño, en buscar el error en el mínimo detalle, pero todo era inútil. Aurora, Óscar y el técnico analista, seguían sin entender lo que ante sus ojos se les mostraba.

- Es hora de volver a casa – Sugirió Aurora a sus compañeros.

- ¿Qué hacemos con Iván? No tiene donde ir, su casa supuestamente está ocupada por otras personas ajenas a él – intervino Óscar.

- ¿Te importa que se quede contigo, al menos por esta noche? – Le preguntó Aurora.

- No, no tengo ningún problema porque se quede en mi casa, no sé por qué, pero me inspira confianza este…

- ¡Colgado! – Le interrumpió Iván.

- Sí. Colgado en una ciudad, sin identidad y con un clon perfecto. Vamos, todos necesitamos descansar, y mañana, con la mente más despejada, seguro que encontramos la solución al problema.

                                              
 

                                                                                                  FIN DEL CAPÍTULO I

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