lunes, 8 de junio de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPITULO III


CAPÍTULO III

A la mañana siguiente, con una documentación nueva en el bolsillo, Iván emprendió un largo camino por la ciudad. Recorrió cada avenida, calle y parque. Se fijó en cada comercio, ninguno de ellos le recordaba nada, absolutamente nada. Pero cada calle estaba trazada tal y como él las evocase en su mente. Aunque los comercios: Zapaterías, bares, tiendas de ropa… Todos eran diferentes, pero en cambio, al igual que el trazado de las calles, reconocía a mucha de la gente con la que se encontraba. Tuvo la tentación de acercarse a algunos de ellos y hablarles por si le reconocían, pero desistió en el intento, podrían sentirse violentos y llamar a algún guardia o policía, y mejor era no tentar a la suerte.

Entró en una cervecería, se sentó en una de las mesas que daba a la cristalera por donde podía contemplar a la gente paseando.

- ¿Qué le sirvo?

Iván miró al camarero. Le asaltó de nuevo la duda. Aquella cara, era la de su amigo Fernando, pero…

- Una cerveza y un pincho. Perdone ¿Se llama usted Fernando?

- No, mi nombre es Alberto.

- Perdone, le confundí con una persona que conocí hace tiempo.

Iván apuró la cerveza y el pincho con rapidez. Allí sentado, se le ocurrió una idea. Por qué no ir a los almacenes, estaba intrigado en aquel chico que se parecía a él. ¿Sería tanto el parecido? Dejó el dinero sobre el platillo y salió del bar en dirección a los grandes almacenes.

Al llegar junto a ellos, se detuvo, tomó aire como si fuese a emprender una carrera de larga distancia y penetró en su interior. Los comercios se alineaban a lo largo de los pasillos a uno y otro lado, con grandes cristaleras donde se observaba una gran variedad  de géneros desde electrodomésticos hasta perfumes, y por supuesto un gran comercio destinado al deporte en general. La música ambiental era interrumpida de vez en cuando por una voz femenina anunciando ofertas de los diferentes establecimientos. Penetró en el interior de la tienda deportiva, sintió una extraña sensación en el pecho, miró a su alrededor, buscando los rostros de cada uno de los dependientes, hasta que de pronto lo vio. Era verdad, aquella cara parecía salir de un espejo al que días antes él se hubiese mirado, pero como había comentado Aurora, su mirada  no era la suya, sino más penetrante, como más oscura, al menos así le pareció. Se aproximó y a medida que se acercaba, sintió cómo el corazón bombeaba a más velocidad de lo normal, pero no desistió en el empeño, dando nuevos pasos y percibiendo con más violencia aquella sensación que no podía describir. A poco más de seis metros de distancia, su corazón se precipitó hasta límites que nunca había pensado y se desplomó. Se encontró en el suelo rodeado de gente que pedían le dejasen aire para poder respirar.

- ¿Qué ha ocurrido?

- Te has desmayado – Respondió un chico que sujetaba su cabeza.

Intentó incorporarse y sintió que el corazón seguía latiendo con gran violencia.

- Debes descansar, no tienes muy buena cara – Sugirió una de las dependientas acercándole un vaso de agua.

- No me encuentro bien, debo marcharme – Intervino reusando beber del vaso.

Se levantó alejándose del comercio. Ni siquiera volvió la mirada hacia atrás para ver de nuevo a su doble, estaba deseando salir. Escapar de aquel lugar y que su corazón volviese a su estado normal. Como si de un milagro se tratase, tras dejar atrás la puerta general de los grandes almacenes, su corazón volvió a relajarse.

Sentado sobre uno de los bancos que se encontraban antes de llegar a los aparcamientos exteriores, meditó lo sucedido. Los latidos y el desmayo debieron de ser ocasionados por una taquicardia o algo parecido, pero cuál era la causa de ello. ¿Le había impresionado ver  a Mario o simplemente fue provocado por el estrés vivido en aquellos días?  Fuera lo que fuese, nunca pensó estar más cerca de la muerte, o sí. Parecía como si la muerte no quisiera alejarse de él. Condenado, desde aquel desgraciado accidente, del que nadie sabía nada, salvo él mismo, y ahora, también comenzaba a dudar ¿Quién era en realidad? ¿Por qué no reconocía la autoridad de las profesiones de las personas que creía reconocer en aquella ciudad? ¿Era su ciudad, realmente? Todo a su alrededor se le antojaba conocido, pero... Nadie estaba en su sitio, nadie era quien él creía que era. Todos parecían confabularse en su contra para volverle loco, o en realidad, ya lo estaba y vivía una paranoia provocada por su mente enferma. Pero qué ocasionó que su mente, siempre lúcida, siempre coherente con todo y todos, llegara a aquel estado de enajenación. Necesitaba aclarar sus ideas, precisaba recordar. Debía de relajarse y de esta forma, poder pensar en los días pasados y lo sucedido en ellos. Algo debió de activarse en su cerebro, para encontrarse en el estado en que se hallaba. Si no hubo accidente, entonces... “Debes de respirar profundamente” Se decía a si mismo. Que todo vuelva a su cauce y tal vez... Óscar le había recomendado que estuviese tranquilo, que dejase que los acontecimientos se desarrollasen sin precipitarse, pues la experiencia le había demostrado, que con el tiempo, todo se aclara. Pero Iván era demasiado impetuoso, no le gustaba dejar para otro día lo que podía hacer en el instante en que lo pensaba. Es posible, que ese fuera el problema. No todo se debe ejecutar en el momento que se cree, tal vez, esa era la causa del estrés que sufría en su vida cotidiana y desquiciaba a sus propios compañeros. Las prisas no llevan a ningún sitio, sino al agotamiento.
Su evasión era la moto y sus largos paseos, sintiendo el desafío contra el viento, la velocidad y la gravedad, que sobre aquel vehículo, lo liberaba, regresando a casa convertido en un nuevo Iván. Su moto ¿Dónde estaba su moto? Olvidar, podía haber olvidado muchas cosas, pero su moto no. Ella era su amiga fiel, mucho más que su pareja, que siempre estaba pensando en ella misma y con la que mantenía tantas discusiones. Su moto, por el contrario, le hacía entregarse a la carretera, descubrir nuevos lugares, internarse en junglas de asfalto y naturaleza viva. Compartir emociones y sensaciones con otros moteros. Descubrir un mundo más allá del trabajo, el hogar y la ciudad. Más sosegado decidió emprender el camino hacia la comisaría, allí se sentía más seguro, apoyado por aquellas dos personas que le ofrecieron su amistad desinteresadamente. Al entrar, notó al personal intranquilo. Aurora lo miró sonriendo.

- ¿Estás bien? Te noto un poco pálido.

- He sufrido un desmayo en el centro comercial.

- Luego me lo cuentas. Tenemos un serio problema entre manos.

- ¿Os puedo ayudar?

- No, es un caso que nos lleva de cabeza desde hace casi un año. Tenemos un loco suelto que se dedica a matar a nuestros deportistas y no deja la menor pista. Contamos con tan sólo el objeto que nos envía y una prenda de la víctima.

- ¿Cuántos ha matado?

- Este es el sexto.

- El agua – Dijo uno de los policías que traía un tarro en sus manos – Es de la piscina municipal. No cabe duda, este maniaco se ha cargado a un nadador, ahora tenemos que averiguar de quien se trata.

- ¿Y los cuerpos? – Preguntó Iván.

- Nunca aparecen, eso es lo más extraño, simplemente nos envía, como te decía, un objeto, en esta ocasión un frasco de agua y una prenda deportiva, la de hoy, ha sido el bañador.

- Un asesino curioso, sin duda.

- ¡Un cabrón! – Sugirió otro de los policías – Nos está volviendo locos, no sabemos por dónde coger el caso y el muy hijo de… se ríe de nosotros enviando pista sin el menor indicio de donde esconde los cuerpos. Hasta ahora, todo ha coincidido, objeto y prenda de un chico que no ha vuelto a casa. La prensa se nos echa encima y los padres nos culpan de no encontrarlo. Pero no podemos hacer más. Es una locura.

- Está claro que el deporte no le entusiasma.

- No te burles Iván, es muy serio – Le reprochó Aurora.

- Lo siento, no ha sido mi intención… simplemente quería quitar hierro al problema.

- Lo que no podemos entender es qué hace con los cuerpos – Comentó uno de los policías – Guardarlos es imposible y…

- Estoy segura que están enterrados, pero ¿Dónde? – Interrumpió Aurora.

- No es tan fácil enterrar un cuerpo – Comentó su compañero.

- A no ser… - Habló Iván mientras todas las miradas se dirigieron a él -  Perdón.

- No, di lo que piensas – Le sugirió Aurora.

- ¿Habéis pensado en la posibilidad de qué descuartice los cuerpos y los entierre por partes? Yo siempre he pensado que si algún día cometiese un asesinato sería el perfecto y para no ser descubierto, lo mejor es descuartizar el cuerpo en pequeños trozos y enterrarlos o tirarlos por toda la ciudad en cubos de basura. Pensad que en muchas ocasiones, lo que tenemos delante de nuestros ojos, no lo vemos y quién sabe si ese maniaco, piensa de la misma forma. Idiota desde luego que no es, le gusta jugar con el peligro y con vosotros, la prueba está en las cosas que os envía y que aún no tenéis ninguno de esos cuerpos. Opino que pequeños trozos de carne y huesos pasan desapercibidos en cualquier cubo de basura si están limpios de sangre. Dentro de una bolsa no dejarían de ser cachos de desperdicios, difíciles de identificar y en los vertederos, desaparecerían gracias a todas las alimañas que existen. Es macabro, lo sé, pero él es un asesino.

- Sabes una cosa – se acercó Óscar a Iván tocándole el hombre –, no sé si te lo han dicho alguna vez pero tienes una mente muy perversa, pero no es tan descabellada la  idea, en algo tan macabro no habíamos deparado, y espero que este individuo no sea tan…

- ¡Salvaje! – Sugirió Jorge, uno de los policías.

- No debemos dejar nada al azar - Intervino Aurora – Iván nos ha dado otra perspectiva muy distinta de las sopesadas hasta la fecha, y aunque es muy macabra, como dice Óscar, cualquier sugerencia es buena. Desde hoy recorreremos cada basurero y puntos del vertedero municipal. Cualquier trozo de carne sospechosa, la analizaremos.

- Iván ¿No te gustaría ser policía? – Le preguntó Jorge sonriendo.

- Quién sabe, yo estoy abierto a cualquier posibilidad que me ofrezcáis,  en estos momentos estoy sin trabajo, he comenzado una nueva etapa en esta ciudad, y estoy deseando hacer algo. Me agobio sin actividad. Siempre he sido muy inquieto, y la monotonía, es el mayor de los enemigos.

- Mejor será que nuestro amigo vaya poco a poco, son demasiadas emociones seguidas, pero si lo deseas y viendo que aquí, entre nosotros, te sientes a gusto ¿Qué te parece si te dedicas al papeleo? Tenemos un puesto libre desde hace más de tres meses y aún no nos han enviado a nadie ¿Qué tal se te da escribir a máquina y los ordenadores? – Le preguntó Aurora.

- Bien, sin problemas.

- Pues ya tienes trabajo, desde mañana estarás ocupado de ocho de la mañana a una de la tarde y desde las cuatro a las siete de la noche ¿Te parece bien?

- Perfecto.

- Te aseguro que no te vas a aburrir – Comentó con sarcasmo Óscar.

- ¿Tendré que llevar uniforme?

- No. Eres un civil.

- Felicidades, ya tienes trabajo y me alegro porque no sé… pero me inspiras confianza – Le comentó Jorge.

- Gracias, la verdad… me faltan las palabras. En dos días he conseguido más cosas que en la otra vida que llevaba. Con lo que me costó entrar a trabajar y eso que llevaba un buen currículum.

- Lo ha dicho Jorge, inspiras confianza y para nosotros eso es lo que cuenta –  Ratificó Aurora sonriéndole.

- Y… ¿Por qué tengo que esperar a mañana? Puedo empezar ahora mismo, por lo menos me hará olvidar el mal trago por el que he pasado hoy.

- Es cierto, se me había olvidado - Aurora miro su reloj – Ya es casi la hora de salir, vamos y me lo cuentas.

- ¡Un momento! Podéis esperarme ¿no?

-  Cámbiate y vamos.

Esperaron a que Óscar se pusiera la ropa de calle y se fueron a comer. Durante el almuerzo les comentó todo lo sucedido.

- ¿Qué has pensado? – Preguntó Aurora.

- No lo sé. Pero sentí como si algo dentro de mí rechazase su presencia, como si algo me impidiese seguir acercándome a él y el corazón… os puedo asegurar que jamás… era como si fuese a salirse del pecho.

- Eso es una taquicardia producida por todo lo que has vivido estos días – Sugirió Óscar.

- Tal vez, pero… La sensación era muy angustiosa y lo extraño es que cesó al salir de los almacenes.

- Normal, dentro el aire estaba viciado y caliente, fuera el frescor y el aire puro hizo reaccionar tu cuerpo – Precisó Óscar.

- Tal vez tengas razón, aún me siento…

- Desorientado – Precisó Aurora.

- Es muy posible, espero que con el trabajo que me habéis asignado pronto recobre la normalidad y que poco a poco, las preguntas tengan sus respuestas.

- Recuerda, que siempre una pregunta, conlleva una respuesta – Intervino Óscar.

- Entonces… ¿Os parece bien que empiece esta misma tarde?

- Si insistes, yo no voy a decirte que no – Respondió Óscar – Además llevas razón, tal vez así dejes de comete el coco como lo estás haciendo, eso sí, te vas a acordar de nosotros cuando veas todo el papeleo que hay sobre la mesa.

- Exactamente más de tres meses sin archivar – Comentó Aurora interrumpiendo a Óscar.

- ¿Para qué está la informática? ¿No archiváis vuestros casos, papeleo, o lo que sea en el ordenador?

- Sí, por supuesto, pero algunos documentos tienen que quedar guardados de forma escrita, piensa que muchos de ellos llevan sello y firmas, y si tuviésemos una reclamación, debemos presentar los originales. Lo escrito en el ordenador sólo nos facilita agilizar un caso y averiguar dónde está archivado su original. La firma electrónica para algunos temas, no es válida y no todo el mundo la tiene, aún.

Dejaron de hablar de trabajo y lo hicieron sobre ellos mismos. Iván observó que entre Óscar y Aurora existía una especie de barrera que les impedía hablar con más libertad de sus cosas. Tras la comida, volvieron a la oficina. Iván se colocó frente a aquella mesa llena de carpetas amontonadas unas sobre otras. Miró hacia atrás y contempló a sus nuevos amigos sonriéndole, él también sonrió diciéndose para sí “¡qué cabrones, esto no hay por donde cogerlo!”

Se remangó como si se fuera a  enfrentar en un combate cuerpo a cuerpo, con aquellos gigantes que se elevaban sobre él en aquella mesa. Decidió tomarse su tiempo en  inspeccionar carpeta a carpeta y comprobando sus fechas. Las de Marzo las colocó en el suelo a su izquierda, las de Abril en el centro y las de Mayo a su derecha. Una vez efectuada dicha operación, se sentó frente al montón de su izquierda y empezó a leer los días que figuraban en los escritos y volvió a hacer otros tres montones: del uno al diez, del once al veinte y del veintiuno al final. De nuevo regresó al primer grupo, ordenándolo correctamente, hasta que aquel dichoso mes, estuvo perfectamente clasificado. Continuó con los otros dos meses y cuando todo estaba a punto de ser taladrado y archivado, entró Aurora.

- ¡Nos vamos!

- ¿Ya? ¡Si aún no he metido ni un solo documento en su archivo!

- Has hecho más de lo que yo esperaba, tu forma de organizarte es muy buena, mañana tendrás tiempo suficiente de colocar todo en su sitio.

- Perdona ¿Esta puerta tiene llave?

- Sí, claro, todas las puertas las tienen.

- Pues si no te importa, déjamela, prefiero que esté cerrada hasta mañana, no quiero que ocurra un accidente y lo descoloquen todo.

Aurora se acercó a un panel, abrió una pequeña puerta y sacó una llave de su interior.

- Toma y llévatela.

- ¡Claro, no me fío de nadie!

- ¡Eres la bomba tío! – Se rió a carcajadas Aurora.

- ¿Qué pasa, no nos vamos? – Preguntó Óscar.

- Sí, espera que el nuevo se asegure que su trabajo no se lo toque nadie.

            - Hace bien, después de todo ese orden, yo también cerraría a cal y canto.

- Y… una pregunta ¿Aquí no tenéis servicio de limpieza, o es que están reñidos con ese cuarto?

- Claro que tenemos un equipo de limpieza que viene cada mañana; pero te avisé, en ese cuarto, sólo se ha entrado en los tres últimos meses a dejar informes, nada más. El personal de limpieza no puede acceder a él.

- Pues de vez en cuando, entre informe e informe, podríais haber pasado el paño del polvo ¡Mira que manos tengo! Seréis muy buenos policías, pero unos guarros.

- ¿Has visto Óscar? Se nos revela el currante el primer día, qué digo el primer día, las primeras horas.

- Voy a hacer como que no te he escuchado y me lavaré las manos, sin decir nada.

Mientras Iván se aseaba, Óscar y Aurora comentaron que posiblemente aquel trabajo, en efecto, como habían pensado, le serviría de terapia y olvidarse un poco todo lo vivido.

“¿Quién será este chico?” Se preguntaba Aurora mientras Iván se acercaba a ellos. Desde luego mal tipo no era, de eso estaba muy segura y parecía tener sentido del humor. Deseaba llevar su caso hasta el final y encontrar el motivo de aquel misterio.

Los tres, al igual que la noche anterior, salieron de la comisaría, aunque en esta ocasión más tranquilos. Iván había entrado en sus vidas de forma explosiva y al menos para ella, la traía recuerdos ya olvidados.

Mientras abría la puerta del portal, Aurora miró hacia atrás, observó cómo el coche de su compañero se alejaba con aquel nuevo inquilino ¡Todo un personaje! Tenía razón Óscar, si ella se encontrase en una situación parecida ¿Qué haría? No reaccionaría tan bien como lo hizo Iván, sobre todo si un policía te da el alto en mitad de la calle y como única prenda llevase una bata de hospital y, además te sintieses extraño en tu propia ciudad. Estaba segura que algo en la mente de Iván se había borrado; si tuvo un accidente como él decía, pudo sufrir un trastorno y no recordar… No, eso era imposible, porque él recuerda la ciudad e incluso identifica a la gente que pasa por ella, reconoce su nombre, quien es su familia y sus amigos, donde trabajaba y un largo etc., y por otro lado estaba Mario, su doble, su perfecto doble incluso en sus huellas ¿Dónde estaba la solución a aquel enigma? Era como un rompecabezas donde estaban mezcladas las piezas de otro diferente al que estuviese componiendo. Pero en definitiva, como había dicho Óscar “Toda pregunta tiene su respuesta” Esperaba que así fuese, por el bien de Iván.  Ahora, mejor sería dejar que todo volviese a su cauce y mientras, que Iván se sintiera arropado por ellos, como si de su familia se tratase.

                                              
                                                                                       FIN DEL CAPÍTULO III

 

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