miércoles, 10 de junio de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPÍTULO IV


                         CAPÍTULO IV

               Los días fueron pasando e Iván se acoplaba perfectamente a su nuevo puesto de trabajo. Su despacho estaba escrupulosamente ordenado, ni siquiera dejaba que la chica de la limpieza entrase. Había convertido aquellas cuatro paredes en su cuartel general, como decían algunos de sus compañeros, y es que si algo odiaba, era que le tocasen un solo papel, del lugar donde él lo dejaba, y más tras todo aquel trabajo realizado.

Su responsabilidad en la oficina la alternaba con otras funciones que él mismo se asignó para ayudar y poder estar ocupado. Precisaba sentirse activo y salir cada tarde orgulloso de la faena realizada. El paso de las horas invertidas en la comisaría, estando entretenido, lograrían evadir sus pensamientos a la vez que le ayudaría a integrarse en aquel nuevo mundo.

Se había comprado otra moto y cada tarde, al finalizar las tareas, emprendía su escapada, rumbo a la playa. Desde la barandilla del mirador que mostraba aquella esplendida vista, observaba por unos minutos la quietud del mar y los efectos dorados y plateados de los rayos del sol sobre la superficie acuosa, esperando darse un baño relajante antes de dar paso a su compañera la luna, y descansando de esta forma, del fatigoso día.

Como si de un ritual diario se tratase, Iván volvía hacia la moto, la trancaba, se descalzaba y se internaba en las arenas aún templadas de aquel espacio en el que apenas había ya gente, salvo algún deportista corriendo por la orilla de aquel mar, la pareja que se retiraba tras guardar las toallas en la bolsa o los surfistas que en aquellas horas, consideraban que el mar era parte de sus vidas.

Lentamente se acercaba a la orilla, dejando que aquel líquido en estado puro, humedeciera sus pies. Andaba durante un rato hasta llegar a la misma roca, donde cada día, dejaba su ropa antes de sumergirse. Nadaba y buceaba durante algo más de dos horas y como al unísono con aquel astro, su salida del mar coincidía con la oscuridad del tapiz celeste, en el ocaso del día.

Tras secarse, regresaba a casa tranquilamente dando una vuelta con su amiga metálica, sorteando las estrechas calles y contemplando, los detalles de una ciudad cada vez más familiar: A las gentes que regresaban a sus hogares con sus bolsas de compras, los quinceañeros sentados en las esquinas con sus botellas de litro entre las piernas, manteniendo conversaciones que no podía escuchar, mientras se pasaban aquel porro unos a otros. Al muchacho que con un paquete envuelto en papel de regalo y perfectamente vestido, levantaba ansioso la mano solicitando que se detuviese un taxi, muy seguramente porque llegaba tarde a una fiesta de cumpleaños o a la cita con su pareja; a los sin hogar, arrastrando las grandes cajas de cartón sirviéndoles de cobijo en la noche, contrastando a su paso con hombres y mujeres ataviados con ropas de grandes marcas y escrupulosamente vestidos. A los que con paciencia, aguardaban su turno en la cola para sacar las entradas de la última película de estreno, o la obra de la que tanto habían escuchado hablar.

Y es que la noche no sólo se vestía de luces de neón, sino que mostraba una cara muy distinta a la del día. Sus habitantes, arropados por las sombras y  el cielo negro, se mostraban de forma diferente. Algunos, deseosos de olvidar el cansino día de trabajo, se refugiaban en distracciones con las que habían estado soñando y esperando divertirse, despejando sus cerebros de sus obligaciones cotidianas. Otros, amparados por la oscuridad, deban rienda suelta a los morbos, que sólo a esas horas, parecen estar permitidos,  protegidos y envueltos en unos círculos tan viciados, que aunque lo deseasen, no podían salir; y entre toda aquella multitud, entre toda aquella maraña que sólo una gran ciudad aglutina, entre lo normal y misterioso, muy seguramente se encontrase aquel maldito asesino. ¿Por qué mataba a jóvenes deportistas? ¿Sería un perturbado que odiaba a los jóvenes sin vicios y deseosos de cuidar sus cuerpos, aspirando a metas que él no entendía?, o tal vez ¿Envidiaba a estas personas por vivir en una ciudad tan caótica y que aún no había conseguido ser atrapados en sus redes? Fuera lo que fuese, a sus compañeros los llevaba de cabeza. Inteligente y astuto lo estaba demostrando ser, ya eran ocho las víctimas y toda la policía se veía en un callejón sin salida.

Aparcó la moto, miró hacia arriba, la luz del salón estaba encendida, Óscar se encontraba en casa, el día sin duda le había resultado duro.  Ahora empezaba a comprender la vida de esta gente, tan criticada y odiada por unos y tan aclamada y respetada por otros. Nadie pone en duda que un buen policía, es la seguridad necesaria en cualquier ciudad, por pequeña que esta sea, y un protector tanto en el día como en la noche, arriesgando su vida, por un sueldo irrisorio en comparación con el de muchos que cómodamente reposan en un sillón de cuero adaptable, y luego los ahí que dicen “es su obligación” y estamos de acuerdo. Su obligación es cuidar del buen funcionamiento y evitar cualquier conflicto que se produzca en la ciudad, pero no debemos olvidar el valor y la sangre fría que deben demostrar en tantas ocasiones y recordar, que son hombres y mujeres como nosotros. Hechos de carne y hueso, con un cerebro que piensa y un corazón repleto de sentimientos.

Sentado sobre la moto, encendió un cigarrillo. Miró a su alrededor. En aquella parte de la ciudad al carecer de pub, bares y discotecas, la tranquilidad llegaba mucho antes que en otros puntos más bulliciosos y conflictivos. Apenas se veían transeúntes por las aceras y los coches ya cubrían los aparcamientos cada vez más deseados por la vecindad, resultando insuficientes para todos los que vivían a su alrededor. Las luces de los salones iluminaban la estancia en la cual, seguramente las familias sentadas frente al televisor, cenaban apaciblemente.

¡La familia! Le llegaban los recuerdos de sus padres y sus buenos amigos ¿Qué habría sido de ellos? ¿Lo echarían en falta? ¿Lo estarían buscando? De lo que estaba seguro, es que nadie que lo conociese lo suficiente, pensaría que se hubiera marchado sin decir nada. Debía continuar con la búsqueda pero… ¿Dónde? Él, quisiera admitirlo o no, se encontraba en su ciudad, donde había vivido toda una vida.
Sobre aquellas baldosas, que cubrían las aceras, daría sus primeros pasos de la mano de sus padres y más tarde, con los libros bajo el brazo, tomaría el transporte público para dirigirse a los edificios donde estudiaría, hasta que un buen día finalizara los conocimientos en la universidad, para emprender otra aventura, la de trabajar y descubrir el amor. Y de pronto, se encontraba solo, rodeado de una gran multitud de conocidos, que le ignoraban al desconocerle.

            Desde que se comprara la moto no había dejado rincón de la ciudad sin inspeccionar. Se conocía cada edificio y quienes en ellos vivían. No, nadie recordaba su identidad, aunque pareciera el de siempre.

Dio la última calada y apagó el cigarrillo con el pie. Sacó de su bolsillo las llaves del piso, las observó y volvieron sus pensamientos hacia aquel colega que lo esperaba arriba, en aquella casa donde  las puertas se le abriesen  de par en par, sin hacer más preguntas que las necesarias y despertando su confianza ¿Por qué? Desde luego, debía hacerse merecedor de toda aquella complicidad que tenía con ambos.

Pero ya era tiempo de descansar, o tal vez como solía ocurrir con frecuencia, entablarían una larga conversación que les llevaría hasta altas horas de la madrugada, donde ambos se confiasen historias vividas que posiblemente, nunca compartirían con otras personas. De todas maneras, era hora de entrar en la casa, despojarse de parte de la ropa, liberar los pies de las agotadoras botas y con una copa entre las manos, dejarse llevar por los secretos de la noche.

                                                                           FIN DEL CAPÍTULO IV

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