miércoles, 17 de junio de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPITULO VI


            CAPÍTULO VI

- ¡Muy bien chico! Ya puedes salir de la piscina, estás en plena forma – Comentó el entrenador a Iván mientras se encaminaba hacia Óscar, que se encontraba sentado en una de las butacas de la tribuna.

- ¿Qué te parece? ¿Vale para el equipo? – Preguntó Óscar.

- Desde luego, y lo más gracioso es que en estos momentos estamos a falta de hombres. Tengo algunos lesionados, así que amigo mío te debo una – Miró a Iván mientras se acercaba a ellos – Empezarás a entrenar mañana mismo con los demás, no podemos perder más tiempo.

- ¿Qué dirá el resto del equipo? – Preguntó Iván.

- Nada, estarán encantados de recibirte. Este año dábamos por perdida la liga. Creerán que en el último momento he conseguido ficharte. Son buenos chicos, siempre han confiado en mí y creo que te llevarás bien con todos.

- Eso espero. Con vuestro permiso voy a ducharme y vestirme, noto algo de fresco. Os espero en el hall.

- Ahora debes cuidarte, perteneces a uno de los mejores equipos de la liga.

Iván emprendió el camino hacia el vestuario ante la atenta mirada de Óscar quien, sonriendo,  pensó que tal vez él sería la solución.

-¿Qué ocurre? Sé qué algo te preocupa – Intervino el entrenador.

- Sería muy largo de contar, tan sólo tienes que tener cuidado con tus chicos y decirles que intenten no estar solos nunca y menos por la noche.

- Es por el asesino ese ¿Verdad?

- Sí. Iván está convencido que puede intentar cargarse a uno de tu equipo, por ese motivo él mismo se ha prestado voluntario para intentar sorprenderlo.

- ¿Sabes? Su cara me resulta conocida, pero no sé de qué.

- Como te comenté por teléfono, Iván es uno de esos primos que vivía en el campo. No soportaba quedarse allí toda una vida y ha venido a la ciudad en busca de una oportunidad. Es un gran chico, te lo puedo asegurar. Muy disciplinado.

- Unos deseando dejar la ciudad y otros queriendo entrar.

- La ciudad siempre atrae a quien no la conoce, luego, cuando pasas unos años y sientes la presión, es cuando deseas salir a toda costa sin importarte pasar largas horas en la carretera, con tal de tener un fin de semana de tranquilidad en el campo, y eso, que afortunadamente nosotros, por lo menos, tenemos la costa cerca
Óscar se levantó y el entrenador apoyó su brazo en el hombro de éste, mientras se dirigían hacia el hall de las instalaciones deportivas.

- Una vez más tengo que darte las gracias, me has alegrado el día trayéndome a Iván. Llevo días intentando que los chicos cubriesen el puesto que me ha quedado vacante, y era imposible.

- ¿No será que estás perdiendo facultades como entrenador? Es posible que tengas que jubilarte.

- No te burles, sabes que llevo toda la vida en esta profesión - le sonrió -, y el causante de que tú nades como lo haces. Varias generaciones han pasado por mis manos ofreciéndoles los conocimientos que he adquirido con los años. Cuando yo me jubile, será porque no puedo subir las escaleras del pabellón, y para eso, aún falta mucho tiempo.

- ¡No tanto!

- Cuando quieras te vienes y nos hacemos unos largos, veremos quien resiste más – le  tocó el vientre –, que te estás poniendo fondón.

- ¡Estás loco! ¿Dónde has visto unos abdominales como los míos y sin entrenar?

- Tienes que volver a la piscina, el nadar es el mejor deporte para fortalecer.

- Y qué crees, que no lo he pensado más de una vez ¿Sabes? Cuando salgo del trabajo, lo único que deseo es silencio, ponerme cómodo y tumbarme en el sofá. Te diré que hay noches que del sofá me voy a la cama sin cenar.

- Debes cuidarte amigo, aún eres joven, pero al cuerpo sino se le da vida, se atrofia y luego, llegan todos los achaques juntos.

- Lo haré, te lo prometo.

- ¿Qué le estás prometiendo? – Intervino Iván mientras se incorporaba a ellos.

- Tú primo me ha dicho que va a volver a entrenar, así que cuando vengas a coger fondo, lo traes contigo.

- Desde luego que lo haré – Iván miró a Óscar y golpeándole en el hombro, continuó – ¿Verdad primo?

- ¡Anda, vamos que nos están esperando!

Mientras bajaban las escaleras, Iván soltó una carcajada.

- ¿De qué te ríes?

- Después de todo voy a tener un pariente en esta ciudad, estoy deseando conocer a mis tíos y el resto de la familia.

- No seas guasón, algo tenía que inventarme por si me preguntaba.

- Y seguro que soy uno de esos primos que ha venido del pueblo a conocer la ciudad y vivir en ella harto del lugar paterno – Le comentó dramatizando.

- Algo parecido.

- Parece mentira que seas policía y no se te ocurra nada más original. A mí me vienes con ese cuento así y no me lo creo.

- No veo porqué no.

- Los primos y los tíos del pueblo han pasado a la historia hace mucho tiempo. Hace unos años todos o muchos, intentaban salir de ellos y venir a las grandes ciudades a trabajar y abrirse un porvenir, diferente a las tradiciones que se conservaban entre hijos y padres; hoy en día, quien tiene un tío en un pueblo es una joya, y los jóvenes, aún viviendo en el pueblo, gracias a los medios de transporte, pueden trabajar en la ciudad y regresar a sus lugares de origen, donde la tranquilidad les libera del estrés de la ciudad.

- ¡Vale, listo! Yo siempre he vivido en la ciudad y no sé cómo se piensa en los pueblos. Además nunca he sabido mentir.

- No te enfades, en realidad da lo mismo, lo importante es que le he gustado y espero, que nos pueda servir de algo toda esta historia.

- Yo también, este caso me está empezando a poner nervioso, y tengo miedo de mis reacciones. Por las buenas soy muy tranquilo, pero… ¡Qué no me toquen los cojones! Soy capaz de poner a toda la ciudad en cuarentena y no dejar una casa sin registrar.

- ¡Vale Rambo! ¿Y de qué te iba a servir? Este hijo de puta no deja ninguna pista, es escrupulosamente correcto en todo lo que coge o deja, ya te has dado cuenta de que ni siquiera en el matadero había la menor huella, ni muestra de objetos que le pudiesen identificar. Este tipo ha visto muchas películas de suspense, estoy seguro que cree en el crimen perfecto, al igual que yo.

- No existe el crimen perfecto, todos al final dejan un cabo suelto, tan sólo es cuestión de encontrarlo y esperemos que sea antes de que nos quedemos sin deportistas en la región, o que éstos, dejen el deporte por miedo.

- Si su obsesión son los deportistas, estate seguro que seguiría matando en otra ciudad o región cercana; un pirado como éste no tiene límites y después de todo lo visto, su sangre fría ha quedado más que demostrada. Aún no se me quita de la cabeza lo que vimos en aquella sala ¿Cómo un cerebro humano puede llegar a maquinar tan depravada idea, para deshacerse de los cuerpos?

- Olvídalo, ahora tenemos que centrarnos y hacerle caer en nuestro cepo.

- Estoy cansado, me voy directo a casa, si quieres tomarte algo te invito, tengo de todo.

Los dos llegaron hasta el nuevo piso que le habían buscado Aurora y Óscar. Iván se despojó de su camiseta dejándola sobre uno de los sillones del salón. Óscar observó los cambios efectuados por Iván en el piso.

- Me gusta el toque personal que le has dado.

- Cuando alguien vive en una casa, lo más importante es sentirse a gusto y yo necesito que mi espacio sea algo más que cuatro paredes. Coge un vaso de la vitrina y sírvete lo que quieras, voy a buscar unos hielos y algo para picar.

Óscar tomó dos vasos de la vitrina y se sentó en el sofá.

- Trae dos refrescos de cola – Le gritó, mientras se sentaba.

- No hace falta que grites – Respondió Iván entrando en el salón con una bandeja de madera, sobre la que reposaban embutidos y unos tacos de tortilla de patata – La tortilla es de esta mañana y está muy buena.

Dejó la bandeja sobre la mesa, abrió uno de los departamentos del mueble y sacó los refrescos y una botella de ron.

- Bebamos y comamos un poco, al menos yo necesito recuperar energías, tanta natación me abre el apetito.

- Deberías dejar el alcohol. No es bueno para nadie y menos para un deportista de elite.

- Yo no soy un deportista de elite y además ya he dejado el tabaco, sólo faltaba que ahora también dejase de beber. No amigo, no soy un alcohólico, pero un trago es lo mejor que viene a mi organismo.

- No estoy de acuerdo contigo.

- ¿De verdad piensas que un cubata o dos, de vez en cuando, sientan mal al cuerpo?

- Sí. Se empieza con un poco y se termina por…

            - Mira, llevo bebiendo “alcohol” desde los catorce años. Era el más joven de mi pandilla que tenía el permiso de mis padres para tomarme una cerveza y un bocadillo antes de la película que íbamos a ver al cine y…

- ¡Pues vaya ejemplo que te daban tus padres dejándote beber!

- Te contaré una historia. Tendría unos doce años cuando en una celebración familiar se me ocurrió mojar una patata frita en la cerveza de mi padre y me gustó. Mis padres observaron aquel detalle y me riñeron. Luego, un buen día, acudiendo al médico de cabecera, con el que mi madre tenía plena confianza  le comentó el hecho ya que lo había repetido varias veces más,  y le dijo que una cerveza no era mala, que una pequeña cañita la podía tomar, que la cerveza era nutritiva. Desde entonces, no pusieron reparos en que tomase cada domingo una pequeña caña o un botellín, siempre que lo acompañase de comida, y hasta hoy.

- Me parece muy extraña esa historia ¿No te la habrás inventado?

- Amigo Óscar, puedo tener muchos defectos, pero al igual que tú, nunca miento. Y como te decía, desde los catorce años y hasta la fecha, me habré emborrachado cuatro o cinco veces, y siempre por el descuido de no comer bien antes de salir o porque nos hemos desfasado en una fiesta. Siempre he intentado controlar, porque sé lo malo que es el alcohol.

- ¿Has tenido alguna vez a un borracho viviendo cerca de ti?

- No.

- Pues yo sí. Mi padre lo fue y murió de cirrosis.

- Tu padre no era…

- Sí. Mi padre fue un gran policía, el mejor que tuvo el cuerpo, según sus compañeros. Cuando le tuvieron que jubilar anticipadamente, por los tiros que recibió en una pierna y en la espalda, dejándolo casi inválido; no lo asumió y empezó a beber. Mi madre y yo no podíamos convencerle de que se estaba matando. Le cambió el carácter, se volvió agresivo hacia los dos,  no quería ver a nadie, se encerraba cada tarde en su habitación casi a oscuras, con su botella de coñac y terminaba dormido sobre la alfombra; en ocasiones, su cabeza reposaba sobre su propio vómito. En menos de ocho años, aquel hombre fuerte y vital, no era más que un montón de carne flácida y huesos que no razonaba, que no sabía quién estaba a su lado. Cuando le diagnosticaron su enfermedad, ya no tenía solución y él tampoco quiso poner remedio para, por lo menos, vivir dignamente los años que le quedasen. Sólo te diré que murió con la botella entre las manos. Mi madre y yo, habíamos dejado de existir para él.

- ¡Joder, vaya historia! Ahora comprendo porque me bronqueas con tanta frecuencia.

- Habrás observado que cuando salimos tomo un poco de vino en las comidas y como mucho una copa si vamos a una discoteca o pub. Nada más, y muchas veces esa copa si puedo, pasa a ser un refresco.

- Lo siento.

- No te preocupes – Le sonrió – Cuando siento algo por alguien, bien sea cariño, respeto, admiración; llámalo como quieras, y lo veo con una copa entre las manos, con ese libertinaje inconsciente del peligro que supone, al menos visto por mí, me pongo mal e intento educadamente hacerle comprender que lo que tiene entre las manos, no es una broma.

- Lo sé, yo también he visto a algunos de mis amigos coger borracheras todos los fines de semana, y además de ser el hazmerreír de todos, al día siguiente son como estropajos viejos ¿Sabes? – Sonrió – Me alegro que te importe.

- ¡Claro que sí, capullo! Desde el primer instante que te vi. Allí perdido en la calle enseñando a todo el mundo el culo, sin saber qué hacer, intentando entrar en una casa que ya no era la tuya, con aquella mirada de sorpresa que reflejabas... Comprendí que necesitabas ayuda.

- Así que te fijaste en mi culo, siempre he sabido que tengo un culo bonito, pero que un agente de policía se…

- ¡No seas cabrón! De sobra sabes que me gustan las mujeres, y si me tuviese que ir con un tío, desde luego a ti no te escogería.

-¡Ya, ya! El que te guste las mujeres no quiere decir que no te gusten los hombres. Además, hasta la fecha no me has demostrado nada con respecto a ellas.

- ¡No me cabrees, ya sabes mi forma de pensar!

- Claro que sé tu forma de pensar, no quieres que ninguna mujer esté pendiente de si vuelves o no a casa una noche. Eso, amigo, le puede pasar incluso a un cartero, por ponerte un ejemplo. Y además ¡¿Qué miedo tienes tú?! La mujer que te gusta, está en misma situación.

- Ya hemos hablado de eso, Aurora y yo, de momento, solo somos buenos amigos.

- Y yo soy el Pájaro Loco ¡No te jode!

- Pues bien mirado, con ese pelo, un poco sí que te pareces a un pájaro raro.

- ¡Dejémonos de coña! Aurora te gusta, se ve, en eso no me puedes engañar. Además, que coño, está buena, muy buena. Por eso escogí yo a Sandra y ya te he dicho que son iguales. Tú bien mirado, si bajases esa tripita, no estás nada mal.

- ¡Yo no tengo tripa!

- ¡Vale! Tus abdominales son como una tabla de lavar, mis ojos me están mintiendo. Pero eres guapetón, simpático y el resto de tu cuerpo no está del todo mal.

- ¿Estás ligando conmigo?

- No. Ahora estoy hablando en serio ¡Déjate de tonterías! Cada vez que saco el tema siempre escurres el bulto. Ahora estás en mi casa y no te pienso dejar salir hasta que me digas de una puta vez por qué no se lo dices.

- Porque a ella no le gusto.

- ¡Y una mierda! Los dos sois igual de gilipollas. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta, de que aceptar las cosas, es mucho más fácil de lo que pensamos? Y lo digo también por mí, que me costó lo suyo decidirme, y a poco más la pierdo por mamón. Habla con ella, dile cuáles son tus miedos y cuales tus intenciones hacia ella y descubrirás que Aurora, piensa muy parecido a ti.

- ¿Tú crees?

- Claro que lo creo.

- ¿Sabes? Aurora me gustó desde el mismo instante en que entró de prácticas en la comisaría tras  finalizar sus estudios, y fui yo el que intervino para que se quedase con nosotros. No sé, vi en ella, dulzura, ternura y ese punto de misterio, como el que tú habías observado en sus ojos, y me cautivó.

- ¿Y nunca la has dicho nada?

- Nunca.

- ¿Y ella? ¿Ha salido con otras personas? Me refiero, si ha tenido algún novio en estos años.

- Que yo sepa no, siempre ha ido con amigas y alguna vez con algunos de nosotros, pero novio, no se la ha conocido.

- ¡Y eso no te da una pista, mamón!

- Puede que le guste otro policía, no soy el único soltero y sin compromiso.

- Como no se lo digas tú, te aseguro que se lo diré yo.

- No. Seré yo quien se lo diga, aunque… tal vez, si tú…

- Es increíble – sonrió –, un tipo que no tiene miedo a nada, que se enfrenta al peligro cada día, que… tenga miedo de hablar con una mujer sobre sus sentimientos hacia ella.

- ¡Lo reconozco, en eso soy un poco cobarde!

- Está bien, siempre se me dio bien unir a amigos y hasta la fecha, aún continúan juntos, por lo menos en los que yo me inmiscuí.

- Estoy pensando, que con esto que has servido, estoy más que cenado y mañana no tengo coche para volver a la comisaría, así que me quedo a dormir y mañana me llevas al trabajo.

- ¡¿Ese va a ser mi nuevo trabajo, llevarte de un lado para otro?! Pues no está nada mal, salgo de ser un administrativo, para convertirme en el taxista de un policía.

- De verdad que hoy te la estás jugando.

- Si quieres guerra la tenemos, necesito soltar adrenalina – Le miró frunciendo el ceño –  ¡Qué mejor que un saco como tú para desfogarme un poco!

- Me voy a la cama antes de que te pueda hacer daño – se levantó y se tocó su vientre –, tendré un poco de barriguita ¡Vale! Pero para darte una paliza, todavía me sobran fuerzas.

- Está bien, vete a descansar. Te estás haciendo mayor y necesitas tus horas de sueño – Continuaba con sus provocaciones, sentado en el sofá con los brazos abiertos y apoyados por detrás de la cabeza – Mañana, cuando te levantes te prepararé una tacita de cacao para que tengas fuerzas durante el día.

Óscar se volvió y se quedó observando a su amigo.

- Este no es el lugar ni el momento para darte una paliza. Pero el sábado nos vamos al pabellón donde tú vas a entrenar y hacemos unos guantes.

- ¡No sé boxear!

-No lo vas a necesitar, vas a sentir sólo el sabor del suelo del Rin.

- ¡Vale, vale! – Se levantó del sofá – Haremos unos guantes como dices, pero te aconsejo que te pongas una faja para que no se te caigan los michelines.

- Te voy a dar una paliza que te vas a acordar de mis michelines.

- El que pierda paga la comida, donde el otro elija.

- Bien, el sábado Aurora y yo no tendremos que pensar en la comida.

- ¿Aurora? Pero… si Aurora es una simple compañera de trabajo. Si quieres invitar a una amiga lo haces tú, yo invitaría con sumo gusto a la novia de mi rival, no a una compañera.

- Aurora y yo, o no hay combate.

- Tú ganas, pero si pierdes, además de la comida, pagarás la próxima letra de mi moto.

- Comparar a Aurora con la letra de una moto ¡Qué bajo has caído!

- Lo que digas ¿Aceptas o no?

- Acepto, y ahora déjate de charlas que necesito dormir, y no es broma, no sé por qué, pero hoy me siento algo cansado.

- ¡Hasta mañana amigo! Descansa.

Iván observó cómo la imagen de Óscar se perdía por el pasillo en dirección a la habitación, cogió el mando a distancia y puso la música que se encontraba en el equipo. Sonrió. Era la primera vez que había vacilado de esa forma a Óscar y se sentía muy a gusto. Sólo a los buenos amigos, les tomaba el pelo de esa forma y sólo los buenos amigos, lo encajaban como lo había hecho Óscar, y eso era, muy seguramente, porque ya conocía cuándo hablaba en serio o en broma. Y lo que tenía muy claro es que, bromas aparte, Óscar y Aurora, se debían una oportunidad.

                                                                                         FIN DEL SEXTO CAPÍTULO

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