lunes, 20 de julio de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPÍTULO XIX


                         CAPÍTULO  XIX                   
      Las semanas transcurrieron entre los preparativos de los juegos de invierno y la vigilancia incesante de Mario. No había dado ni un paso en falso, parecía como si se hubiese olvidado de su  “afición” y dedicara el tiempo libre en ir al cine o  a la taberna que quedaba bajo su casa, donde siempre se reunía con las mismas personas.

       Óscar se preguntó durante aquellas semanas, en más de una ocasión, si todo aquel despliegue sería útil o no ¿Y si hubiese decidido dejar de asesinar? Cabía la posibilidad, qué percatándose que la policía lo estaba siguiendo y la duda razonable de que Iván, su única víctima vida, lo hubiese reconocido, tal vez, decidiera posponer por un tiempo determinado, su matanza. No había hecho el menor gesto de acercarse a Iván. Todo en su vida resultaba natural, normal en la cotidianidad en cualquier persona de la ciudad. Daba la sensación de ser un chico tranquilo. Parecía imposible pensar que aquel joven, pudiese estar tan perturbado. Demostraba una serenidad tal, que incitaba a acercarse e invitarlo a tomar algo, sólo por el placer de conversar juntos, de compartir sus aficiones, sus sueños y contar con él como un amigo.

       Quienes lo conocían, así lo pensaban. Amigo de sus amigos, inteligente, de carácter alegre, siempre tenía en su boca una anécdota o chiste que aligeraba la conversación, cuando ésta se hacía más densa de lo normal. Deleitaba a todos sus compañeros de tertulia, casi siempre deportistas, con su pasión por los deportes de élite y el conocimiento que sobre ellos tenía.

       Algunos días, lo habían visto internarse en el bosque, realizando la misma operación. Se tumbaba sobre la hierba bajo un espléndido árbol y dejaba pasar las horas sin emitir el menor ruido. Observaba lo que el entorno le ofrecía, dando la sensación de querer absorber e impregnarse de aquello que la naturaleza nos regala cada día. Al atardecer, cuando ya el sol comenzaba a declinar, perdiéndose entre la frondosa vegetación, oscureciendo ligeramente el lugar, se levantaba y mojaba su rostro en una pequeña fuente que brotaba libremente de una roca. Luego bebía de ella y emprendía el camino de vuelta a la ciudad.

       Resultaba difícil de creer, que una persona que conocía a tanta gente, poseía un buen trabajo, era amante de la naturaleza y disfrutaba además de ella, mostraba siempre serenidad y era complaciente con todos los que a él se acercaban, pudiese ser un asesino ¿Se habría confundido Iván? ¿Y si estaban siguiendo a la persona equivocada? Iván pudo haber sufrido una taquicardia por el esfuerzo realizado en la piscina y tratarse de un verdadero loco,  y no a quien ellos estaban controlando día y noche.

       Las preguntas seguían rebotando en la cabeza de Óscar, cada vez que uno de sus compañeros le daba el parte de las andanzas diarias de Mario. Cada vez se sentía más confundido. Por un lado, deseaba que fuese él, y muy pronto todo acabase, que diese ese paso en falso y la pesadilla que durante tanto tiempo asolaba la ciudad, cesara para siempre. Por otro, si en efecto era Mario, sentía cierta compasión. Se había jurado que sería el primero en interrogarlo, saber el por qué de aquella horrenda carnicería  y qué deterioró su cerebro. Cuál fue la causa de qué un joven tan íntegro, aparentemente, fuese tan despiadado con amigos, compañeros y chicos de parecida edad a la suya.

       Por otro lado, aquellas semanas, también le servirían a Iván, por fin, para integrarse totalmente en aquel lugar, descubrir cada rincón, cada nuevo comercio y acostumbrarse a los nombres de aquellas caras que él ya conocía, pero debía asociar a otros nombres, y sobre todo, restablecerse por completo de la agresión sufrida. Un proceso que, para todos los especialistas que habían seguido su evolución, les causaba sorpresa. Él mismo, les comentaba en tono jocoso, que tal vez, procediese de otro planeta, ya que la recuperación era asombrosa.

       Había vuelto a la piscina, deseaba estar en forma para los juegos. Era el primero en querer participar, nadie conseguiría disuadirlo de que el día señalado, pelease como un titán en aquellas aguas tranquilas y cloradas junto a sus compañeros de equipo. Y en sus compañeros, existían las mismas ansias.

       Para ellos, él era el talismán, el detector de un asesino sin escrúpulos, que los mantenía en vilo día y noche, no dejándoles vivir ni disfrutar libremente de las mañanas o las tardes, ahora menos cálidas, sin sentir que alguien los pudiese acechar a la vuelta de la esquina; y qué decir de las noches, cuando el cielo se ilumina con miles de estrellas invitando al paseo, sentándose en una terraza en buena compañía, o acercarse a disfrutar de uno de los espectáculos, ofrecidos por los teatros y cines de la gran ciudad.

       La presencia de las nubes grises y cada vez más abundantes, propias de la estación en la que se encontraban, creaban un estado de nostalgia y ansiedad en Iván. El otoño, se convertía en los meses que menos le gustaba vivir. Sentía la pérdida de los colores del verano, de la fragancia de las flores que brotaban en jardines, praderas y valles, de las risas y corredurías de los niños por los parques y las calles, de la ausencia cada vez mayor de calor que el gran astro anaranjado, parecía perder en fuerza y energía. Los días se hacían más cortos, las noches más largas.

       El mar se revelaba, no comprendiendo que hombres, mujeres y niños, que días antes jugueteaban y chapoteaban en su más pura esencia, en el tibio líquido de que estaba compuesto y que le hacían sentirse vivo, ahora le hubiesen abandonado, y en un grito de desesperación, para que volviesen a él, se le oía más allá de lo que nunca se le escuchara. Alargaba todo su ser, desando llegar en su búsqueda sin fin, a un lugar que nunca conseguiría alcanzar.

       Los grandes árboles también sentían que sus meses dorados llegaban a su fin, y como envueltos en una terrible e incurable depresión, sus hojas, antes de mil colores, se volvían de un tono marrón opaco y seco, cubriendo un suelo inalterable; de un tapiz crujiente, bajo el peso de los pies de hombres que antes habían admirado su esplendor, y de esta  forma, despedirse hasta tiempos mejores.

       Iván percibía aquellos cambios, que tantas veces había vivido y que aún continuaba sin acostumbrarse. Recordaba entonces aquellas frases que un buen amigo le decía cada año, al llegar esta estación “en esto consiste el ciclo de la vida, la naturaleza nos muestra gentilmente la evolución y cómo la vida deja paso a la muerte, para luego resurgir con más fuerza y belleza, de lo que jamás recordarán nuestros ojos”

       Las farolas que iluminaban las avenidas centrales, se engalanaban con pendones donde se anunciaban los juegos de invierno. Los primeros en los cuales varias comunidades se reunirían en torno a un eslogan común: “un hombre, un sueño, un ideal” Eran las palabras que rezaban en aquellos carteles plastificados, donde las siluetas desnudas de un hombre y una mujer, frente a frente y unidos por las manos, sujetaban en lo alto, la imagen de una hermosa paloma blanca con las alas desplegadas. El fondo, de un color azul celeste, les trasladaba a un universo de libertad.

       La Avenida central, custodiada en sus extremos por los dos pabellones más importantes de la ciudad, ofrecía  un espectáculo lleno de colorido. Estandartes con las diferentes banderas de las ciudades y regiones participantes, colgaban en lo alto de mástiles, ondeando libremente. Entre las farolas, cintas con los colores olímpicos se entrelazaban y uniéndose las unas con las otras, ocultaban el metal gris de que estaban compuestas. Las balconadas de los edificios que se situaban a uno y otro lado de la gran avenida, también deseaban formar parte del espectáculo de alegría que, por fin, llegaba a su ciudad y cada uno con una imaginación desbordante, creaban mil formas con toda clase de materiales.

       Los pabellones iban a ser dotados de una iluminación especial en su exterior y, para ello, grandes torres hidráulicas comenzaban a alzarse a sus lados, dejando la fachada principal libre, para, de nuevo y sobre mástiles aún más altos, colocar todas las banderas que representarían, durante unos días, el espíritu del deporte. Sobre las puertas principales, en una gran plancha recortada sin ninguna forma concreta, volvía a rezar el eslogan “un hombre, un sueño, un ideal”.

       Iván se quedó observando todo aquel despliegue de imaginación y esfuerzo de unos hombres y mujeres deseosos de recibir a los visitantes con sus mejores galas, y a cada uno de los deportistas, mostrarles que aquella ciudad, era su casa y sin duda lo estaban consiguiendo. Nunca había visto tanta alegría en unas personas, que estaban siendo destrozadas por la mano implacable de un asesino. Por unos días, los pocos que quedaban para el inicio de los juegos, todos se habían olvidado de aquel pasado tan reciente; todos, menos los deportistas y las fuerzas del orden. Estos últimos, en el silencio y el anonimato, como simples ciudadanos, controlaban cada movimiento que se llevaba a cabo en la frenética ciudad, una ciudad, que ni en las horas de descanso, cesaba su actividad.

       Miró su reloj, eran las seis de la tarde, se le había hecho un poco tarde y decidió con paso rápido acercarse a la comisaría. Al llegar ante ella se detuvo, miró a su alrededor percatándose de que nadie lo viese entrar. Lentamente cruzó la calle y penetró en su interior.

       Caras completamente desconocidas para él, paseaban entre los pasillos, o permanecían sentados con otros compañeros que le sonrieron al verlo.

       Desde la mesa, cercana a donde se encontraba, Óscar permanecía absorto frente al monitor del ordenador. Levantó la cabeza y al verlo se sorprendió. Con un gesto de su mano derecha, le pidió que se acercase.

       - ¿Se puede saber que haces por ahí sólo?

       Iván se acercó, dejó su bolsa de deporte en el suelo y se sentó frente a él.

       - Me aburría y además creo, que como está la ciudad, no tenga ningún peligro.

       - ¡Y una mierda! ¡Quien más debería hacer caso a nuestras órdenes, va y se las salta!

       El tono elevado con que Óscar reprimió a su amigo, provocó que varios de sus compañeros volviesen sus miradas hacia ellos. Al darse cuenta, les sonrió y se levantó.

       - ¡No puedo con él! – Se dirigió de nuevo a Iván – ¡Ven conmigo!

       Los dos entraron en el vestuario, Iván permaneció en silencio y quieto, mientras Óscar comenzó a dar vueltas por el pasillo que dividía las duchas del vestidor.

       - Perdona, no pensé…

       - No pensaste – se volvió hacia él, lo agarró por los hombros y lo zarandeó –, tío, date cuenta que estamos tratando con un mal nacido, que llevamos más de un mes y medio preparando todo este tinglado para intentar atraparlo, que has salido de un coma por su puta culpa, y tú… tú… te paseas por toda la ciudad sin ningún pudor.

       - Lo sé, soy un imbécil. Os tengo que agradecer tanto y yo…

       - No. No nos tienes que agradecer nada, en tal caso nosotros estamos en deuda contigo, pero ese no es el caso ¿Sabes las ganas qué tengo que todo esto termine, qué podamos caminar por la ciudad sin el temor de esperar una noche que te llamen porque han encontrado otro cadáver? ¡Esto se ha convertido en una maldita pesadilla!

       - Aunque no te lo creas, yo también pienso cada día en él. Muchas veces tengo la intención de ir en su búsqueda y ser yo quien lo mate. Total, iría a la cárcel, pero todo habría terminado.

       - ¡Estúpido amigo! Y luego el que vas a la cárcel eres tú, como has dicho. No sabemos, nadie sabe, ni tú mismo, si él es el verdadero asesino o no. Creemos simplemente en una corazonada, en un estado de ansiedad o como se quiera llamar que padeces al estar cerca de él, pero nadie le ha visto la cara, nadie tiene sus huellas ¡El hijo de puta es demasiado inteligente! No deja nada al azar. Todo lo tiene controlado, hasta el mínimo detalle.

       - ¿Y la nota que dejó? ¿No se ha podido encontrar alguna pista al ser analizada?

       - No. Se ha examinado más de un millón de veces. La tinta es de un bolígrafo convencional y el papel fue manipulado con guantes de látex, como siempre, salvo cuando te agredió a ti, y en ti no pudimos tomar huellas en la piel porque te llevaron directo al quirófano donde te desinfectaron antes de curarte.  Además, en el texto no demuestra que se ha sentido reconocido, sino, estoy más que seguro que de una forma u otra se hubiera acercado a ti, y no lo ha hecho en ningún instante.

        - ¿Y si no es él, quién puede ser?

        - Sólo espero que sea él. Vive aquí, sabe lo de los juegos, y éstos son como una gran golosina a la puerta de un colegio. Si de verdad quiere terminar con los deportistas, porque os considera dioses… Existe una frase que no se me va de la cabeza, en aquella nota, al final decía: Cuando termine mi obra, pasaré junto a ellos  a formar parte de su esencia más pura” Amigo, a él no le importa morir, porque si muere, tiene la firme creencia que formará parte de la élite de esos hombres que él ha matado.  

       - ¿No habrá sido un error convocar estos juegos? Piensa que aquí están los mejores hombres y mujeres de...  prácticamente, todo el país.

       - He pensado en ello, pero dudo que intente un asesinato en masa, todos sabemos que sus víctimas son hombre y no creo que cambie ahora su estilo. Pero de todas formas, se está controlando cada rincón de los pabellones, incluso, tenemos hombres por debajo de tierra, no va a quedar un lugar sin ser minuciosamente observado. Hasta las ratas, van a tener miedo de salir estos días.

       - ¿Te queda mucho para salir?

       - No, en realidad debería estar fuera hace más de dos horas, pero son muchos  los policías que están llegando cada día y tenemos que enseñarles cuál es el plan a seguir. Sólo quedan dos días para que comience todo y mucho trabajo por delante.

       - Si queréis, os puedo ayudar en lo que pueda.

        - No, tú misión ahora es entrenar, cuidarte, no volver a estar nunca solo y darnos a todos un buen espectáculo, como hiciste aquel día.

       - Eso os lo prometo, estoy pletórico, lleno de energía, aunque un poco depre con la llegada del otoño, nunca me ha gustado esta época del año.

       Óscar abrió su taquilla y sacó la ropa de paisano, se cambió y ambos salieron juntos de la comisaría. Entraron en el coche y se dirigieron a casa de Aurora.

       Había comenzado a anochecer y las luces de las farolas formaban imágenes fantasmagóricas sobre las pancartas que sujetaban. Iván las miraba con entusiasmo por la ventanilla, ondeando en el espacio, como saludando a su paso.

       - Están dejando guapa la ciudad ¿Verdad?

       - ¡Ya lo creo! He estado esta tarde viendo como está quedando todo y de noche aún tiene una magia especial.

       - Estos juegos serán recordados siempre. Estoy seguro que vais a dar todo lo que lleváis dentro, necesitáis sacar vuestro coraje y demostrar de qué pasta estáis creados. Pienso que el hecho de que ese tipo ande suelto y que todos sepáis que es una trampa, os va a hacer salir como gladiadores a la arena.

       He visto esta mañana cómo entrenaban algunos gimnastas, y es de envidiar ¿Cómo pueden dominar el cuerpo con esa facilidad? Es impresionante que toda esa musculatura, gire, se eleve y se mueva con tal perfección.

       - Son muchos años de entrenamiento. Algunos de ellos, hacían gimnasia antes de andar. Muchos lo llevan en la sangre y otros, gracias a sus padres, les han mostrado una forma de vida diferente, sana y disciplinada. Han hecho de ellos hombres y mujeres con unos valores, que sólo quien practica algún deporte, puede entender.

       - Una raza aparte ¿Verdad?

       - Por llamarlo de alguna forma. Yo siempre he hecho deporte por afición, pero he estado al lado de muchas de estas personas, y su coraje, la fuerza de voluntad, la disciplina y el poder de sufrimiento, es inimaginable. Siempre he dicho, que son guerreros de la paz. Demuestran al mundo que tras la lucha, que tras la competición, siempre queda luego un apretón de manos, y aún en la rabia de no haber vencido al contrincante, se esboza una sonrisa, por la victoria del ganador.

       - ¿Te hubiera gustado haber sido deportista… de los grandes?

       - ¿Qué insinúas? ¿Qué no lo soy? ¡Estás al lado del mejor jugador de Water Polo de toda la historia! Te lo demostraré en estos juegos.

       - Con lo bien que ibas, ya salió tu vena de fanfarrón.

       - ¡Nada de fanfarrón! Lo veras dentro de… ¡A propósito, no sé cuándo tenemos el primer partido!

       - ¿Cómo?

       - Te lo juro, he estado con los chicos y el entrenador y no les he preguntado cuándo jugamos el primer partido.

       - ¡Que jodido. Lo tuyo sí que es grave! - Le recriminó Óscar.

       - Esta noche llamo al entrenador, o mejor… llámale tú. Ahora cuando lleguemos donde Aurora. Llamas y le preguntas cuándo es el primer enfrentamiento. Si lo hago yo, me va a llamar gilipollas. Seguramente se ha comentado y todos piensan que yo también lo sé. Pero te aseguro, que he estado tan pendiente de mil cosas, que no había prestado atención a ese detalle.

       - Y con razón.

       - Con mucha razón ¿Lo harás?

       - ¡Qué remedio, lo haré! Aurora me va a matar. La prometí que llegaría pronto y mira qué hora es.

       - Una por otra, la diremos que me has estado esperando a que saliese del entrenamiento.

       - Por una vez, tengo que reconocer que piensas. Pero no te acostumbres, tú única neurona puede sufrir un esguince.

       - ¡Serás cabrón, a que no te cubro!

       - ¡A que no llamo!

       - Vale, afloja que estamos llegando y ahora tenemos que estar como águilas al acecho de un aparcamiento. Es lo que más odio de esta ciudad ¡¿Cuándo cojones diseñarán una ciudad con tantos aparcamientos como coches?!

       - ¡Nunca, porque siempre habrá más coches!

       Los dos permanecieron en silencio buscando con ansiedad el lugar donde dejar el vehículo. Tras conseguirlo, salieron del mismo. Óscar miró a Iván.

       - ¿Qué pasa?

       - Que me vas a volver loco – Lo agarró por el cuello – Mira que deambular por la ciudad solo.

       - No estaba solo, estaba rodeado de mucha gente.

       - ¡Tú cabréame!
                                                                                      FIN DEL CAPÍTULO XIX

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