lunes, 27 de julio de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPÍTULO XXII y XXIII


                   CAPÍTULO XXII y XXIII

 Mario se encontraba colocando unas deportivas en un escaparate, cuando escuchó la voz de su jefe que le llamaba.

- ¡Voy, estoy terminando de colocar el escaparate!

Observó que todo estaba a su gusto, se giró  y se acercó a su jefe.

- He estado pensando en los días de vacaciones que me habías solicitado, y desde mañana si lo deseas, puedes disfrutarlos. Cuando termines de ordenar, te puedes ir y cogerte diez días. La tarde de hoy no te la contaré.

- Puedo venir esta tarde sin ningún problema, no tengo intención de salir de la ciudad. Como le dije, tenía la ilusión de poder asistir a los juegos. Ya sabe lo mucho que me gustan los deportes y para una vez que tenemos esta oportunidad, no deseaba perdérmela.

- No me tienes que dar explicaciones, tú cuando termines – miró el reloj –, y sólo falta media hora para almorzar, te olvidas de todo y a descansar. Lo que siento, es no haber podido dártelas antes, pero la verdad, esta celebración, nos ha venido muy bien.

- ¿Quién se va a encargar de la tienda durante estos días? Es posible que haya mucho  trabajo, con tantos deportistas en la ciudad.

- Entre mi hijo, mi mujer y yo, nos arreglaremos. Tú vete tranquilo y disfruta de los juegos. A propósito, toma este sobre, contiene un pase especial para todos los días, así no tienes que guardar colas.

- Muchas gracias, pero no se tenía que haber molestado.

- No ha sido molestia. Los buenos amigos son para estas ocasiones y para eso hacemos descuento a todos los deportistas de la zona, alguna ventaja teníamos que tener ¿No te parece?

- A su hijo también le gusta el deporte.

- Mi hijo si quiere ir, cuando termine su jornada, que lo pague. Mejor dicho, se lo pagaré yo. Tú pásatelo bien, que lo tienes merecido. Nunca pensé confiar en nadie como lo he hecho contigo.

- Muchas gracias. Lo tendré en cuenta.

Mario guardó el sobre en el bolsillo del pantalón, cogió un chándal que tenía sobre un mostrador y se volvió al escaparate a vestir a uno de los maniquíes. En sus labios se dibujó una sonrisa, mientras terminaba su tarea.

Cerró las cristaleras y ordenó los estantes. Su jefe se estaba colocando la chaqueta. Miró su reloj y comprobó que había, por fin, llegado la hora de la comida.

- ¡Vamos! – Le ordenó el jefe, poniendo su mano sobre el hombro de Mario – Es hora de almorzar. Nos tenemos bien ganada la comida.

Mario se despidió a la salida de los almacenes, miró a su alrededor, sonrió y estiró los brazos.

- ¡De puta madre! – Se dijo para sí, continuando con sus pensamientos – Lo conseguí. Por fin podré llevar a cabo mi plan sin agobios. Ahora, tranquilo Mario, muy despacio. Tienes todo el tiempo del mundo y sabes lo que tienes que hacer, te lo han puesto a huevo y el broche es tener estos diez días de vacaciones.

Lo primero es asistir a los dos pabellones y ver el percal que han montado. Está claro que se han tomado medidas especiales, al menos eso es lo que se ve estos días. Son tan gilipollas que muestran todo su alarde y despliegue de medios, pero a mí no me intimidan. Soy demasiado listo para que ahora me atrapen, yo también tengo mis planes. No pienso dejar un puto deportista vivo. ¡El mejor deportista, el deportista muerto!

Con sus pensamientos a flor de piel, llegó a casa. Entró en su habitación, se desnudó y se miró en el  espejo de cuerpo entero, que llevaba adosado el armario empotrado.

- Aún mantengo la forma – dijo en voz alta –, y no debo perderla. Sino fuera por esta puta cojera. Ella fue la culpable de que tuviese que abandonar lo que me mantenía vivo. El deporte era más que un sueño y una esperanza de futuro, pero mi venganza está llegando a su fin. Luego, sólo quedará el cirujano que me operó y mi obra se habrá cumplido en esta ciudad.

Se dirigió a la cocina, abrió un frasco de zumo de tomate y bebió de él. Luego se quedó observando el frasco, haciendo un gesto de desprecio.

- No sabe igual, aunque el color sea parecido, echo de menos el sabor dulce de la sangre de los chicos y el ungir mi cuerpo con ella – Comenzó a manchar su tórax con aquel líquido rojizo, llevando su mano hasta los genitales – Mi piel estaba más suave. Me excitaba sentir el calor que aún conservaba mientras la extraía de sus cuerpos. Un vínculo que sólo quien comparte el sudor junto a sus compañeros de equipo, puede entender.

Ese momento de embriaguez que provoca la unión feliz de los cuerpos ante la victoria sobre el contrincante, ese compartir el calor de la piel húmeda de los tuyos, producida por el esfuerzo realizado. No existe nada que se parezca... Todo ello me fue arrebatado por un desalmado, que no buscaba otra cosa que truncar mi carrera.

¡Me falta… Necesito el calor de su sangre! – Dejó caer el frasco al suelo, volvió a su habitación, miró sus manos aún rojas,  manchó el espejo desvirtuando su imagen y unió su cuerpo a él – Hace demasiado tiempo que no tengo uno de esos cuerpos junto al mío, disfrutando de la amistad que anhelo, mientras ellos ya no la podrán compartir.

Necesito el poder de sus energías, quiero poseer sus esencias. Apoderarme de ellas para siempre y al final formar parte de un nuevo cosmo, más importante aún, que el existente.

Se separó del espejo, se miró y rió abiertamente – Lo conseguiré – Volvió sus pasos hacia el cuarto de baño, preparó la bañera y se sumergió completamente. Sacó la cabeza, se quitó la espuma de la cara y observó el techo.

- Si existiera Dios, el aprobaría mi gesta. Soy un paladín en busca de la verdad y de la justicia – Se dijo para sus adentro.

Cerró sus ojos y se dejó acariciar por la suave sensación que le proporcionaba el agua. Permaneció allí durante más de media hora. Luego salió, aclaró su cuerpo y se enfundó en el albornoz de color verde manzana. Observó su rostro en el espejo que se encontraba a unos centímetros por encima del lavabo. Tomó el peine de una de las baldas adosadas a la pared y comenzó a peinarse con mucha tranquilidad, proporcionando a su cuero cabelludo un agradable masaje. Al finalizar, volvió a la habitación, cogió de encima de la mesilla un bloc en blanco,  un bolígrafo y tumbándose sobre la cama, dibujó extrañas figuras que sólo él sabía interpretar.
 
                                                                 CAPÍTULO XXIII

SEGUNDO DÍA DE LOS JUEGOS

           El entrenador estaba junto al equipo en el vestuario. Los chicos se fueron sentando a medida que salían de las duchas. Él, daba vueltas ensimismado en sus pensamientos. Cuando comprobó que todos estaban esperándole, se situó frente a ellos.

¡Bueno... chicos... Estáis todos en perfecta forma! ¡Creo que podemos dar una buena demostración de nuestro juego! Ahora vamos a lo importante: Carlos será el número uno como atacante, José el número dos también atacante, Ángel será nuestro hombre número tres  en la defensa; el cuarto y quinto atacante, serán Pedro y Roberto respectivamente, como portero contaremos con Juan e Iván será  boya. Es nuestro hombre más fuerte. No sé de dónde puede sacar esa potencia y vitalidad, pero es como un torbellino... Es incansable.

- Este cabrón, no es de este mundo – Comentó uno de sus compañeros golpeándole en el hombro – En menos de un mes, se ha puesto como una piedra.

- Huracán – como le apodamos en aquel famoso encuentro.

- Yo sé de lo que soy capaz – intervino Iván –, pero no quiero que toda la responsabilidad recaiga sobre mí, no olvidéis lo que ocurrió en aquel partido. Además, somos un equipo, todos nos llevamos bien y por eso funcionamos.

- En efecto – Afirmó el entrenador – Funcionáis porque estáis unidos y eso es lo más importante. Todos debéis estar preparados para cualquier sorpresa que pueda surgir, nadie es imprescindible y en cualquier momento, si lo creéis oportuno, solicitad cambio. No debéis olvidar, que los equipos a los que os tenéis que enfrentar, vienen dispuestos a ganar. Pensad que es la oportunidad de saltar a la fama. Estos juegos van a ser retransmitidos por las cadenas más importantes del país y quién sabe, si alguno de vosotros puede saltar a la máxima categoría. Sería un orgullo para la región y para mí, por haberos entrenado.

Pero como dice la frase “Vivamos el presente, que el futuro ya llegará” Así que lo más importante ¡Mañana os quiero ver tranquilos! Y cuando entréis en el agua, pensad sólo en una cosa ¡Vosotros sois los mejores, nadie está por encima y vais a ganar! La afición espera que le deis un buen espectáculo. Tenéis el resto del día para hacer lo que os plazca, pero intentad esta noche descansar bien ¿De acuerdo?

- De acuerdo – Contestaron todos.

- ¿Qué vamos a hacer mañana?

- Ganar          

- No he escuchado bien ¿Qué vamos hacer mañana? – Volvió a preguntar.

- ¡Ganar! – gritaron todos.

Ahora os podéis vestir y marcharos. Disfrutad del día.

Así lo hicieron. Iván salió junto a Carlos y Juan. Los tres habían conectado perfectamente desde el principio, no sólo dentro de la piscina, sino fuera. Compartían una buena amistad. El piso de Iván era el cuartel general y por ese motivo, pensaron en pasar el resto del día, juntos.

- ¿Qué os parece si vamos a tomar algo? El estómago me está pidiendo comida. – Sugirió Carlos.

- No sé cómo lo haces –  intervino Juan –, siempre estás pensando en comer ¿Dónde coño lo metes?

- Lo desgasto con el esfuerzo físico, y entrenar  da mucha hambre.

- La verdad es que yo también tengo ganas de comer algo, podemos picar alguna ración y luego, si os parece, vemos qué pruebas deportivas quedan interesantes de ver. – Sugirió Iván.

El mesón más popular de la ciudad se encontraba a escasos metros de donde estaban. Decidieron ir a disfrutar del placer de los manjares que el buen amigo Antonio, ofrecía a sus clientes. Siempre con la máxima dedicación y si no se encontraba saturado de trabajo, atendía personalmente a cada mesa con su gran sonrisa. En muchas ocasiones, entre plato y plato, contaba algún chiste o hacía referencia, de forma socarrona, pícara y graciosa, sobre los alimentos que le habían solicitado.

Era un lugar sencillo. Había sido un gran caserón, de los pocos que aún quedaban en la ciudad y ahora sólo se pueden apreciar en los pueblos más remotos. De esos locales con solera de los que se han destruido por decenas para construir grandes moles de edificios, donde se vive como en grandes panales de abeja. Ahora  añoramos la ausencia de ellos, por el calor hogareño que aún se respira en su interior, recordándonos nuestra infancia, ante la chimenea o el fogón de leña.

Antonio no había suprimido ni un solo tabique, creando de esta forma, atmósferas muy diferentes. Cada habitación era un salón. Cada salón según sus medidas, se convertía en el lugar, que además de satisfacer el apetito y saciar la sed, provocaría conversaciones, tertulias, reuniones de amigos, familias y cómo no, esos pequeños rinconcitos, donde las parejas pasaban algunas horas de la tarde, con algún juego de mesa entre el café o la copa de licor.

Todo el ambiente estaba rodeado de una luz suave y siempre difusa para no cansar la vista. Ausente de música de fondo, para evocar esos momentos entre amigos que llevan un tiempo sin verse y tienen tanto que contarse. Para que las miradas hablen, sin molestar al oído. En definitiva, para que los sentidos se relajasen de una vida cotidiana, que a solo un paso de la puerta, era tan diferente.

Las paredes con simples adornos, algunos, según el propio Antonio comentaba cuando se le preguntaba por ellos, habían salido del desván y restaurados: Antiguas radios, discos de intérpretes desconocidos hasta para los más mayores, molinillos de café y un sinfín de utensilios que posiblemente sus antepasados no dieron el valor que ahora su propietario les otorgaba. Para él, era como un museo viviente de un tiempo pasado.

El mobiliario se componía de sencillos bancos o sillas rústicas, sobre las que reposaban cojines mullidos para hacer más agradable el momento. Las mesas de madera descoloridas por los productos utilizados durante tanto tiempo, se vestían con manteles de plástico blanco y sobre ellos, un sencillo plato, cubiertos y un vaso para cada comensal. Una jarra de cristal labrada, contenía agua cristalina, siempre fresca y un pequeño paquete de servilletas de papel, colocado a uno de sus extremos.

No tenía carta de comidas, todo el mundo sabía lo que el amigo Antonio ofrecía, y si un forastero acudía a su establecimiento por primera vez, muy amablemente le “cantaba” cada plato y aconsejaba sobre la gran variedad de carnes, pescados y mariscos, que él seleccionaba diariamente en la lonja.

Carlos, Juan e Iván, entraron en uno de los pequeños salones compuesto por seis mesas para cuatro personas cada una, tras la  sugerencia de Antonio.

- Aquí vais a estar tranquilos ¿Cómo es que unos deportistas como vosotros, no están viendo los juegos? – Preguntó Antonio.

- Acabamos de salir de entrenar, mañana jugamos nuestro primer encuentro – Respondió Juan.

- ¿A qué hora? Esta vez me gustaría veros jugar, y sin menospreciar a ninguno de vosotros, ver en acción, al huracán Iván. Aún se recuerda aquel encuentro.

- Sobre todo, porque no pude terminar – Intervino Iván.

- No por eso, que fue una desgracia, sino por el espectáculo que según escuché, diste dentro de la piscina.

- Intentaré esta vez superarme, somos los anfitriones y no podemos defraudar. Respondiendo a tú pregunta, jugamos a las doce del mediodía.

- Me conformaré viendo el partido en la televisión, esa es la peor hora para dejar solos a mis hijos y mi mujer. Pero os puedo asegurar, que si jugáis la final, además de ir a veros, crearé un nuevo plato y le pondré vuestro nombre.

- Te sugiero un nombre. Huracán – comentó Carlos – Un homenaje a Iván.

- Os lo prometo ¿Qué vais a comer?

Carlos pidió varias raciones, que Antonio anotó en su libreta blanca. La cerveza, bebida en común para los tres, les fue servida en unas jarras de barro. A medida que las fuentes llegaban a la mesa, los tres daban buen cuidado de que no se enfriase su contenido.

- ¿Qué pasa? ¡Voy a tener que pedir más comida! – Comentó Carlos – Por lo visto, el hambre os ha llegado de repente.

- No amigo – habló Iván –,  yo también tenía apetito.

- ¡Tu sí, pero este cabrón está dejando las bandejas limpias!

- Nadie se puede resistir a la cocina de Casa Antonio – Se defendió Juan, llevándose una croqueta a la boca.

- Ya, tú siempre tienes alguna excusa ¿Pedimos más?

- Tampoco es cuestión de darnos una tripada, debemos comer bien, pero con moderación – Sugirió Iván – Estos días debemos  cuidarnos un poco, sólo faltaría que por culpa de una indigestión, no podamos jugar.

- No os preocupéis, comed con tranquilidad – Intervino Antonio entrando en el pequeño salón – Un chupito de mi bebida digestiva y vuestro estómago estará como nuevo.

- Ya lo veis – Sonrió Carlos – Antonio nos cuida, es como una madre.

- Pero con barba – afirmó Juan.

- ¿Os traigo algo más?

- Mejor será que no – Respondió Juan – Iván tiene razón. Cuando terminen los juegos, saciaremos nuestros paladares a gusto. Tráenos la cuenta y ese licorcito que preparas y tan escrupulosamente guardas su secreto ¿Cuándo nos lo  vas a desvelar?

-  Cuando las ranas críen pelo. Si os lo cuento, ya no sería mi bebida. Sólo mi hijo mayor sabe su fórmula ¡Es un secreto de familia!

Antonio se retiró tras despojar de la mesa las bandejas y la jarra vacía de cerveza. Volvió al poco tiempo con una botella de cristal, limpia de marca publicitaria. La descorchó y sirvió en los pequeños vasos. Realizada la operación, posó un pequeño platillo con la cuenta hecha a mano y desglosada por raciones, bebida y pan consumido. A los chupitos les invitaba él.

Consumieron aquel líquido suave al paladar, pero que producía un cierto calorcito en sus estómagos. Colocaron el dinero sobre el platillo y salieron del local caminando en dirección a uno de los pabellones. Leyeron el programa del día, en uno de los tablones. Estuvieron discutiendo, sobre qué actividades disfrutar aquella tarde y comprobando, si aún quedaban entradas. Los precios resultaban muy populares y las ganas de ver deporte de calidad, presagiaba que las entradas se agotarían enseguida.


                                                                       FIN DEL CAPÍTULO XXII y XXIII

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