miércoles, 29 de julio de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPÍTULO XXIV y XXV


       
CAPÍTULO XXIV

   Mario terminó de ducharse. Limpió el espejo del vaho contenido en él y se observó. Acarició su melena con su mano izquierda. En la derecha sujetaba unas tijeras y mientras cerraba los ojos, la llevó hacia su cabello, dejando caer el primer mechón al suelo. Cuando lo tuvo lo suficientemente rapado, se aplicó jabón sobre toda la cabeza y con la navaja de afeitar, emprendió la delicada operación de dejar su cuero cabelludo, completamente despejado.
   El lavabo y el suelo contenían el cabello de varios años de cuidados y mimos. Estuvo siempre orgulloso de su melena, pero era el momento del cambio.
   - Falta un pequeño toque.
   Cogió entonces una pequeña cajita que reposaba sobre el lavabo, la abrió y tomó de su interior unas lentillas de color verde, colocándolas en sus ojos. Se miró de nuevo en el espejo y sonrió. Pasó su mano derecha por su rostro, sintiendo en la palma, la barba que tenía de varios días.
   - La dejaré crecer, cambiará aún más mi imagen.
   Tras limpiar el lavabo y barrer el suelo, arrojó todo el cabello por la taza del váter, tirando varias veces de la cadena y asegurándose que no quedaba el mínimo rastro de su pelo.  Se volvió a la habitación. Abrió el armario y buscó minuciosamente la ropa que cubriría su cuerpo. Debía ser algo que no utilizaba con asiduidad. Tenía que  cambiar todo su aspecto, el que todos conocían.
   Por fin se decidió por un pantalón vaquero, una camisa de cuadros en tonos rojos y verdes, que hacía años no ponía, el tres cuartos de cuero y se calzó las botas militares que se había comprado unos días antes. Las noches ya eran más frescas y no llamaría la atención. Al mirarse de nuevo en el espejo, esta vez de cuerpo entero, se sintió complacido.
   - Si.... Este es el aspecto que nadie conoce de mí y creo que pasaré desapercibido. No debo omitir nada – Pasó las manos por su cabeza –  Espero que el sacrificio hecho, tenga su recompensa.
 
   Salió de la habitación, entró en la cocina, sacó de las bolsas la comida que había comprado en dos de los comercios que quedaban en su misma calle y lo guardó en el frigorífico ordenado en varios tarper. Encendió el televisor, sintonizó el canal en el cual estaban retransmitiendo los juegos. Pensó en comer algo, abrió de nuevo el frigorífico sacando de su interior embutido y algunas sobras de la comida, que calentó en el microondas. Llenó un vaso con vino y se sentó.
   Mientras se alimentaba, no despegó la mirada del monitor.
   - Es hora de trabajar un poco y hacer justicia.
   Cogió el vaso y apuró su contenido. Apagó el televisor y tras recoger en el fregadero los cubiertos, plato y vaso que había utilizado, salió de la casa.
   Sus pasos le llevaron hasta el pabellón azul, donde comenzaban los juegos de noche. Al llegar comprobó como una gran multitud, hacía cola para comprar sus entradas. Sintió el alivio de tener aquel pase y se acercó a una de las puertas, intentando en todo momento, disimular su cojera.
   Cuando estuvo frente a las puertas, miró a los guardias de seguridad. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro al comprobar, que uno de ellos, era un gran conocido suyo. No lo dudó y fue hacia él.
   - Buena noches – Saludó el chico.
   - Buenas noches – Respondió Mario entregando su pase.
   - Espero que disfrute del partido.
   - Muchas gracias.
   Se sintió feliz, no le había reconocido y se veían prácticamente todos los días. Pero debía tranquilizarse, no debía descuidarse, tal vez, no se fijó lo suficiente, ante tanta avalancha de gente. Debía entonces, acercarse a gente que habitualmente estaban cansados de verle. Así lo hizo. Fue al bar a tomar un refresco y comprobó, como personas, amigos, con los que él frecuentaba habitualmente, no le reconocían. “Lo he conseguido” Se dijo para sus adentros “Nadie me reconoce, soy un genio”
   Decidió sentase, el pabellón comenzaba a llenarse poco a poco. El partido de baloncesto que iban a presenciar, había levantado mucha expectación. Se enfrentaba el equipo local con sus máximos contrincantes , aquellos con los que competir, significaba medir las fuerzas y el saber hacer en la cancha.
   Mientras esperaba que diese comienzo el encuentro, sacó de su bolsillo un pequeño libro  y se dispuso a leerlo.
   Como se esperaba, las gradas del pabellón se llenaron por completo, los gritos y conversaciones de unos con otros, cada vez se hacían más ininteligibles. Las bocinas y pancartas delataban a ambas hinchadas, que esperaban ver un gran partido y vencedor a su equipo. Todo estaba preparado, sólo faltaban los protagonistas que saliesen a la cancha, y cuando así lo hicieron, el pabellón pareció venirse abajo. Cientos de confetis e incluso rollos enteros de papel higiénico, desplegados, cayeron sobre el parquet y los jugadores. Las bocinas y los gritos ensordecieron al personal. El servicio de limpieza, con sumo cuidado y rapidez, dejaron de nuevo listo el suelo, para que diese comienzo el encuentro.
   Iván, Carlos y Juan, disfrutaron también del partido, situados en las butacas más cercanas a los jugadores. El ser deportista, a veces, tiene su gratificación y Carlos, había conseguido aquellas valiosas entradas.
   Al final del segundo tiempo, en los minutos que ambos equipos tenían como descanso, Iván decidió llegarse hasta el bar a coger unos refrescos para él y sus compañeros. Cuando volvió y se sentó, esperando la reanudación del partido, tuvo un extraño presentimiento.
   - ¿Te ocurre algo Iván? – Preguntó Carlos.
    - No sé, he tenido una extraña sensación de frío.
   Los jugadores volvieron a la cancha, el partido estaba al rojo vivo, ambos equipos se dejaban la piel en cada jugada. Estaba claro, que eran los favoritos para subir a lo más alto. Los minutos pasaban y la tensión se vivía cada vez, con más intensidad. Las bocinas de una y otra afición sonaban para animar a los hombres que buscaban los puntos que les otorgasen una mejor posición y poder llegar a la final deseada. El primer sueño, estaba a punto de cumplirse, a falta de cinco segundos, la posición era para el equipo anfitrión y con el marcador a favor. El lanzamiento en aquellos segundos, consiguió enmudecer a un pabellón, con más de cinco mil personas. La canasta fue limpia y el equipo ganó.
   - ¡Joder, ha sido de infarto! – Comentó Juan.
   - Esperemos que no tengamos que luchar de esta forma – Intervino Carlos.
   - Yo sólo pido dar un espectáculo como éste, ganemos o perdamos, pero que la gente disfrute y vibre con cada jugada – Habló Iván.
   - ¿Dudas qué vamos a ganar? – Preguntó Juan.
   - No, no lo dudo. Pero nos enfrentamos a los mejores.
   - Se enfrentan ellos, a los mejores – Matizó Carlos.
   - ¡Perdonad! Pero debemos ser un poco más humildes, que si luego nos ganan por cualquier motivo, bien por estar más preparados o  que nosotros tengamos un mal día, el batacazo es peor, y no quiero que nadie se desmoralice. Tenemos que darlo todo, pero también disfrutarlo.
   - Tiene razón Iván – Comentó Juan –  Debemos pensar que podemos perder.
   Iván miró a uno y otro lado, mientras sus compañeros seguían hablando sobre el partido que les esperaba. Sintió de nuevo aquella sensación extraña. Carlos lo observó y puso su mano sobre su hombro.
   - ¿Qué ocurre?
   - He vuelto a sentir…
   - Es posible que él esté aquí – Le  interrumpió Juan – Lo he pensado antes, pero no te he querido preocupar.
   - No sé, no es la misma impresión. Intuyo que está cerca, pero la sensación es muy diferente. Lo que experimento… ¡Será mejor que lo dejemos! No quiero volver a pensar en aquellos momentos, y menos, en víspera de nuestro encuentro. Necesito tener la mente muy clara.
   - Son las diez y media de la noche, deberíamos ir a descansar. Podemos ver un rato la tele, escuchar música, o charlar ¿Qué os parece? – Propuso Juan.
   - Por mí, de acuerdo ¿Qué opinas Iván?
   - Que tenéis razón, nos vamos a casa y mientras vemos una película, podemos charlar un rato. Lo que tenga que venir, vendrá. No adelantemos acontecimientos, si no están previstos que ocurran.
   Así lo hicieron. Durante el camino, Iván, aunque dijese a su amigo que no pensaría más en los días pasados, por unos instantes, en aquel paseo a casa, lo hizo. Era cierto, que la sensación no era de asfixia, ni el corazón se le aceleraba, pero sabía que aquel extraño escalofrío, no podía ser otra cosa, que la presencia de Mario. Tal vez, el abandonar y dejar para siempre su cuerpo yaciente en el otro mundo, había variado las sensaciones encontrándose cerca de él. Si era así, aunque preocupado, se sentía a la vez aliviado. Un escalofrío no era igual que una taquicardia y si por un casual, se volvían a encontrar, no estaría tan desvalido, como aquella primera vez. Podría luchar, enfrentarse y quién sabe, cuál sería el resultado.
   - No has hablado nada desde que salimos del pabellón – Comentó Juan mientras entraban en la casa.
   - Simplemente, pensaba.
   - Pues deja de pensar tanto y descansemos, como nos ha sugerido el entrenador.
   - Así será, os lo prometo.

                                                        CAPÍTULO XXV

    Mario esperó pacientemente, oculto en los baños de caballeros, a que todo el pabellón quedase vacío. Dos hombres de la limpieza entraron hablando del encuentro, que minutos antes se disputara en la cancha.

   A través de una pequeña rendija de la puerta que ocultaba a Mario, este observó a los dos hombres. Decidió entonces salir y uno de ellos se volvió al escuchar el sonido de la cisterna.

   - Perdone, pero el pabellón está cerrado – Le comentó uno de los hombres.

   - Lo siento – se excusó acentuando esta vez su cojera –, pero con tanta gente, temía tropezarme y me he entretenido un poco.

   - No se preocupe – Comentó el otro, al comprobar como arrastraba su pierna –  ¿Sabe usted cómo salir?

   - Sí, aunque no soy de aquí, todos los pabellones son iguales. Me gusta mucho el baloncesto y he aprovechado que tenía unos días libres en el trabajo, para acercarme a disfrutar de los encuentros. Hoy sin duda, han dado un buen espectáculo.

   -  Sí, sin duda. A nosotros también nos gusta. Buenas noches.

   - Buenas noches – Respondió Mario.
 
   Salió de los servicios y se dirigió a la puerta. Ya fuera, se sentó en uno de los bancos situados a un lateral del edificio.

   Pasarían un par de horas, cuando uno de los chicos de la limpieza saldría despidiéndose de sus compañeros. Mario se levantó y fue hacia él lentamente.

   - Perdona, he estado esperando un rato a ver si pasaba algún taxi. La verdad, por la noche me despisto mucho y no sé cómo regresar a la pensión.

   - ¿Tienes tarjeta de esa pensión?

   - Sí – Abrió su cartera y se la mostró.

   - No está lejos de aquí. Si quieres, te puedo acercar. Tengo el coche ahí mismo.

   - Te lo agradezco, la pierna últimamente me está dando problemas. Debe ser el otoño, cuando cambia de estación, siempre se resiente.

   Los dos entraron en el coche, Mario observó la bolsa que introducía en el maletero.

   - Disculpa si te lo pregunto ¿Tuviste un accidente?

   - Se podría decir que sí. Fui futbolista y uno de los mejores. Un día en un encuentro, en una jugada de las más simples, me hicieron una entrada y me rompieron los ligamentos.

   - ¡Menudo hijo de puta! ¿Y no lo demandaste?

   - Simplemente lo amonestaron con dos partidos y se acabó el asunto. Aunque ya lo ha pagado. Cambiando de tema, tiene que ser duro estar limpiando todo el día en un lugar, por el que está pasando tanta gente.

   - La verdad es que estoy acostumbrado, llevo en este puesto desde que  inauguraron el pabellón, y lo mejor, es que  podemos ver todos los partidos, sin guardar colas ni gastar dinero. Estos días, estrenamos uniforme. Estos juegos van a marcar un antes y un después en esta ciudad. Nunca se había organizado nada a este nivel.

   - Me imagino que la seguridad será importante.

   - Eso ha sido lo primero que han tenido en cuenta, pienso que algo sabrás sobre el asesino de los deportistas. El tío tiene  que estar muy mal de la cabeza. A todos nos han dado unos pases especiales, personalizados. Los tenemos que pasar por el scanner al entrar y salir.

   - ¿Con su foto y todo?

   - No, no llevan foto, tienen una banda magnética especial, y cuando se pasa por la máquina, se comprueba con la que llevas en la manga del uniforme. Por eso, todos los días nos tenemos que llevar y traer traje de trabajo.

   - Muy interesante.

   - Hemos llegado. Esa es la pensión donde estás alojado.

   - ¡Gracias por todo! – Metió su mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño cuchillo. Se abalanzó sobre el chico, sin que éste pudiese hacer el menor movimiento. Le tapó la boca con una mano y con la otra le asentó varias puñaladas en el corazón – Siento mucho que seas tú, me resultabas simpático, pero el uniforme y  la tarjeta, me serán de gran ayuda.

   Salió del coche con suma tranquilidad, cerró la puerta y fue hacia la del conductor. Abrió y empujó el cuerpo inerte del chico hacia el otro lado. Se sentó, arrancó y se dirigió al puerto. Allí, y protegido por la soledad del lugar, colocó de nuevo al chico al volante, sacó su cartera, de uno de los bolsillos del pantalón, comprobando que llevaba consigo la famosa tarjeta, seguidamente abrió el maletero, extrayendo la bolsa con el uniforme. Comprobó que el freno de mano estaba quitado y la marcha en punto muerto. Cerró bien todas las  puertas del coche dejando abierta la ventanilla del conductor y suavemente, fue deslizándolo hasta el final, dejándolo caer. Esperó pacientemente para asegurarse que desaparecía en las profundas aguas.

   Terminada toda aquella parafernalia, y el minuto de silencio que le dedicó, volvió tranquilamente a la ciudad, muy despacio, no tenía la menor prisa. Miró a la gran luna y la sonrió.

   - Eres la única testigo y tú impotencia muda, es aún mayor que la mía por volver a jugar – Miró la tarjeta de entrada al pabellón y la besó – Eres mi pasaporte para la fama.

 
                                                                   FIN DEL CAPÍTULO XXIV y XXV
 



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