lunes, 3 de agosto de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPÍTULO XXVI y XXVII




CAPÍTULO XXVI y XXVII

TERCER DÍA DE LOS JUEGOS


 La mañana se despertó espléndida, Iván había dormido apaciblemente, le resultaba difícil de creer que, a escasas horas de un importante partido, no se hubiese despertado en toda la noche. Pero así había sido. Permaneció durante unos instantes mirando a la ventana, por donde la luz del sol presagiaba un nuevo día de calor, para el disfrute de todos. El silencio aún en la casa, lo llevó a pensar en sus amigos policías. No los había visto desde hacía dos días, aunque intuía, que estaban más cerca de lo que él mismo pensaba. Estaba deseando reencontrarse de nuevo con ellos, los añoraba y sobre todo, sus “peleas” con Óscar. Le encantaba provocarlo y sabía que a Óscar, también le gustaba “enfrentarse" a él. Por otro lado, la dulzura de Aurora le hacía sentir bien. Eran una gran pareja y se alegraba de aquel día, en que juntó por primera vez sus manos, ante el asombro de ambos. Sí, fue un impulso, en parte meditado, en parte inesperado, pero que dio el resultado deseado. Juntos serían felices: Aurora, recobraría el deseo por vivir sin fantasmas y olvidarse del pasado que en sus ojos se reflejaba y Óscar, nunca más volvería a sentir dudas y miedos, por combinar, amor y responsabilidades. Otra pieza importante, pero odiada, penetró en sus pensamientos, ya que en aquellos dos primeros días, que él supiese, el asesino tampoco dio muestra de su cruel “trabajo”.  Estaba seguro, que si lo hubiera hecho, Óscar o Aurora, se lo comunicarían inmediatamente. Por lo tanto, todo iba bien, o tal vez no. ¿Mario se habría percatado de la trampa qué sus amigos le estaban tendiendo o por el contrario, su plan era tan maquiavélico y meditado, que aún, no era tiempo de mostrarlo ante un público, deseoso de sorprender.

Se levantó y comenzó con su ritual diario. Primero la ducha, luego, despertar a sus compañeros y mientras ellos se aseaban y preparaban sus bolsas de deporte, él dispondría los desayunos sobre la mesa. Les esperó, saciaron el apetito producido por las largas horas dedicadas al descanso y salieron en dirección al recinto de la piscina municipal.

Al llegar comprobaron como faltando más de tres horas para el encuentro, se habían formado dos largas colas para adquirir las entradas.  

- ¡Se va a llenar hasta la bandera! – Les comentó Juan
 
- ¿Y qué esperabas? Cualquier prueba deportiva que se celebra, tiene lleno absoluto, no íbamos a ser nosotros menos. Ha sido una buena idea convocar unos juegos de invierno. Estoy convencido, que tendrá su continuidad en otras ciudades en los próximos años. Los comerciantes y empresas publicitadas, tienen que estar encantados.
 
- Yo nunca he visto tanta gente por las calles. Los comercios están llenos y los hoteles y pensiones no tienen ni una habitación libre
 
 - ¡Entremos, que nos estarán esperando!
 
Traspasaron el umbral que les llevaría a los vestuarios, no antes sin mostrar sus bolsas y credenciales especiales, a los miembros de seguridad de las puertas. El entrenador y sus compañeros se encontraban charlando, esperando a que todo el equipo estuviese al completo. Se cambiaron y dirigieron sus pasos a la piscina. Allí recibieron las últimas órdenes del entrenador y jugaron un mini partido, que les sirvió para soltar los músculos, nervios y sentirse más seguros. Juego entre la seriedad y las bromas, que el propio entrenador provocaba para conseguir que sus chicos, estuvieran felices, contentos y completamente liberados de nervios. Sabía lo complicado del encuentro y deseaba que ellos, disfrutaran del partido, porque estaba seguro, que iban a ganar. Era el mejor equipo al que él había tenido el honor de entrenar. Sentía la responsabilidad y la disciplina en cada uno y sobre todo, el compañerismo, que entre ellos se dispensaban. Eran los mejores sin duda, por lo menos él así lo sentía y los quería como si fueran sus propios hijos. Se sentía orgulloso de cada uno, tan distintos y tan iguales a la vez. Como suele suceder en una familia.
 
Se retiraron de nuevo al vestuario en espera de la hora ansiada, de escuchar por la megafonía al que ya consideraban más que amigo y quien dejaba la garganta y el corazón, apoyando a sus chicos, como les llamaba.
 
La voz de la piscina, conocido por los habituales, había sabido levantar en más de una ocasión de las sillas a los seguidores, para que los jugadores se sintieran arropados y sacaran las fuerzas que tantas veces eran mermadas, por tragos involuntarios de agua, agarrones poco deportivos que algunos jugadores provocaban para agotar a su adversario, los nervios que surgían cuando el reloj implacable avanzaba sin piedad y el gol  que no llegaba a la portería. Sabía que ese día, toda la afición estaría allí, gritando, dejando el alma en las gradas para apoyar al equipo y con sus bocinas, romper los silencios no deseados
 
Se respiraba la tensión en el vestuario, los jugadores sentados y concentrados, cada uno con sus pensamientos, mientras, el entrenador, no dejaba de dar vueltas. Fuera empezaron a escucharse voces, lo que hizo que se detuviese y mirase el reloj.
 
- ¡Chicos, es la hora!
 
Se levantaron a la vez, se miraron y juntaron sus manos, encima de las del entrenador.
 
- Chicos, no es tiempo de deciros nada, sé de lo que sois capaces, y como siempre, quiero que salgáis, entretengáis a la afición, os divirtáis y si es posible, ganéis.
 
 - ¡Ganaremos! – Gritaron todos.
 
Soltaron sus manos y se dispusieron para salir
 
La voz de la piscina dio la bienvenida a todos los asistentes a la Gran Piscina Municipal. Presentó al equipo visitante y preparó su voz para recibir con honores, a los anfitriones. Tuvo que hacer un gran esfuerzo, para ser escuchado tras nombrar a los primeros jugadores. Un impresionante estruendo se apoderó del recinto y al nombre de Iván, todo tipo de bocinas, trompetas, bombos y un sinfín de utensilios con los que corear su nombre, resonaron. Iván intentó contener la emoción de volver a pisar una piscina, sintiendo el inmenso cariño que le dispensaban sus paisanos. Sus compañeros, lo rodearon entre aplausos y vítores, presentándole al público, como si de un gran gladiador, en la arena de un circo romano, se tratase. Los confetis, prohibidos para no manchar el agua de la piscina, habían sido sustituidos por globos con los colores de la bandera de la ciudad, que caían sobre los jugadores y público. La voz de la piscina, en un grito sobre humano, lanzó el nombre de Iván.
 
- Si señores, por fin podemos disfrutar otra vez en esta gran piscina, de un hombre, que con solo un partido, nos sorprendió a todos. Su valentía, su arrojo, su saber hacer y compañerismo, marcaron con él, una parte de la historia de este espectacular deporte. Iván, esperamos y deseamos, que hoy vuelvas a hacernos vibrar con tú magnetismo especial y que tus compañeros, se contagien de él.
 
Los minutos previos al encuentro servían de contacto con el líquido templado. Uno y otro equipo, ya en el agua, se aproximaron a sus orillas respectivas,  donde conversaron con sus entrenadores, hasta segundos antes del toque de silbato.
 
Cada hombre se situó en su lugar correspondiente, los números impresos en sus gorros, delimitaban su espacio inicial, y al toque de silbato, el esférico se puso en movimiento.
 
Iván era asediado una y otra vez, por los hombres del equipo contrario, cuando se acercaba con la fuerza de un huracán hacia la portería contraria, pero sus fuerzas no parecían mermar. Al final de los primeros siete minutos del primer tiempo, más de quince reales, el entrenador le preguntó cómo se encontraba y si deseaba ser sustituido. Él se negó, quería permanecer el mayor tiempo posible en la piscina y hacer saltar de sus sillas a la afición que les había ido a ver. Lo estaban consiguiendo, el marcador era favorable tres a uno y todos, en general, dejaban la piel en cada jugada: Ángel desde la defensa y Juan en la portería, recibían y defendían a los atacantes del otro equipo. Mientras que Carlos, José, Pedro y Roberto, junto a Iván, no dejaban de luchar por llegar y conseguir que el balón penetrase en aquella portería, pareciendo, en algunas ocasiones, hacerse más pequeña de sus verdaderas dimensiones.
 
Al final del segundo tiempo, Iván decidió salir de la piscina para que entrase uno de sus compañeros. Se sentía con fuerzas para continuar, pero sus amigos en el banco, también estaban deseando lucirse y demostrar de lo que eran capaces. Ellos se merecían disfrutar de esos momentos, se habían entrenado con la misma intensidad e ilusión que los titulares y estaba seguro, que ninguno de ellos olvidaría estos juegos. Todos, sin excepción, debían recibir el bautismo y así se lo hizo saber al entrenador, cuando estuvo junto a él. Éste le miró, le sonrió y dándole una palmadita, aprobó su propuesta.
 
Tras finalizar el tercer tiempo y con una ventaja de siete a cinco, el entrenador ordenó a Iván que volviese al juego. El público enloqueció de nuevo. Ambos se miraron, y el entrenador comprendió, que algunos jugadores, aún no habían sentido el placer de disfrutar unos minutos de aquel juego, con lo cual, realizó los cambios oportunos, sin que por ello, mermase el ritmo y la diferencia positiva en el marcador.
 
Los últimos sesenta segundos, fueron apasionantes, no porque existiese una corta ventaja, pues los marcadores se encontraban nueve a seis a su favor, sino porque hombres  que nunca se les había visto jugar, estaban demostrando su valía, su temperamento e ilusión por llevar al equipo, a una diferencia mayor. Iván reveló en todo momento su deportividad con sus compañeros, cediéndoles balones para intentar, por lo menos, llegar a la portería contraria y percibir los aplausos de su afición,  sin olvidar el detalle del juego limpio hacia sus contrincantes, que contagió a sus compañeros.
 
Al toque de silbato y final del partido, todo el equipo se introdujo en la piscina, con la alegría de la victoria por once a nueve. Iván se acercó al borde donde se encontraba el entrenador aplaudiendo emocionado. Iván se sumergió y sin dudarlo, en un movimiento rápido, arrojó al entrenador a la piscina, buscando que él también disfrutara junto a ellos, de aquella primera victoria. La voz de la piscina, se quedó sin habla. Completamente afónico y deseoso de hacerse escuchar, rompió su voz, con el gritó de victoria, por aquel grupo de jóvenes a los que deseaba ver siempre ganar y jugar como lo habían hecho.
 
Nadie quería irse. La afición estaba embriagada por el buen trabajo de su equipo, y éste, deseaba permanecer allí, disfrutando del momento que por fin, Iván sentiría junto a sus compañeros, quienes lo lanzaban por los aires, como si de un pelele se tratara. Todos eran  triunfadores, pero él, volvía a ganarse el respeto del equipo.
                               
                                                               CAPÍTULO XXVII

En el pabellón verde, denominado así por el color verdoso de las piedras que adornaban la fachada central, finalizaba la jornada de mañana, en la modalidad de gimnasia masculina. Mario, desde uno de los laterales, vestido con el uniforme de limpieza, había disfrutado de algunos momentos del buen hacer que aquellos hombres, ofrecieron en sus diferentes disciplinas. Dejando sudor, fuerza y elegancia, en sus movimientos precisos y estéticos.

Se dirigió con premura hacia el vestuario tres, desplazando el carro de tela que tenía asignado, antes de que el pabellón quedase vacío, pues en esos instantes sabía que la policía estaría entretenida  con quienes salían o pudieran entrar. Se imaginó que habría otros camuflados entre el personal del propio pabellón, por lo que tendría el máximo cuidado para no cometer ningún error. Caminó ágil pero con el pensamiento de que debía disimular al máximo su cojera. Al llegar ante la puerta del vestuario miró a su alrededor y  accedió al interior. Saludó a los que aún quedaban dentro, con la mirada al suelo, recogiendo con lentitud las toallas usadas que había por el piso y algunos bancos, introduciéndolas en el cesto de tela. Dos de los chicos terminaban de cerrar sus bolsas deportivas y otro aún continuaba bajo la ducha.

- ¡Te esperamos fuera! – Le gritó uno de ellos – Aquí dentro hace demasiado calor.

Mario disimuló evitando el contacto de sus miradas.

- ¡Ahora salgo! Esto es lo mejor después del esfuerzo. Nada como el agua caliente deslizándose por la piel y sintiendo como te relaja. Por mí, me quedaría horas.

- ¡Cualquier día te cuelas por el desagüe! – Uno de los chicos habló a Mario, que seguía sin mirarles – Yo que tú, lo sacaba a escobazos. Cuando se mete debajo de la ducha, no hay nadie que le saque.

- Os lo tenéis más merecido. Os deseo mucha suerte a todos.

- ¡Muchas gracias!

Los dos jóvenes salieron del vestuario. Se imaginó que aquellos dos chicos esperarían a su compañero en el pasillo por lo que debía ejecutar su trabajo con la mayor rapidez posible. Su nueva víctima estaba a punto de salir de debajo del agua. Se acercó muy despacio y cuando escuchó que el agua había cesado, sacó el cuchillo sustraído aquella misma mañana, del bar-restaurante,  y una bola de plástico que depositó en el suelo.  Esperó a que el chico diese el primer paso fuera de la ducha.

El joven salió secándose la cabeza con la cara cubierta por la toalla. Mario le sorprendió por detrás, asentándole la primera cuchillada en la espalda, mientras le tapaba la boca. El muchacho cayó de rodillas, acto que aprovechó para, en un movimiento rápido y preciso, cortarle el cuello. Sin vacilar, pero con cuidado de no mancharse, lo tumbó boca arriba y le extrajo los ojos.  Tomó la bola de plástico que había dejado en el suelo y la colocó en la mano izquierda del chico, cerrando sus dedos, para que quedara sujeta en su interior.

Se incorporó dirigiéndose hacia el lavabo, abrió uno de los grifos, se deshizo de los guantes de látex y se lavó con premura, se secó las manos en una de las toallas del cesto y se colocó de nuevo otros guantes. Cogió una bolsa que llevaba en uno de los bolsillos e introdujo en su interior, con sumo cuidado para no manchar dicha bolsa de sangre, los ojos de joven, el cuchillo y los guantes usados, anudando la bolsa. Guardó la bolsa entre las toallas. Se miró comprobando que no tenía manchas de sangre en su ropa y se quitó de nuevo los guantes que introdujo en una nueva bolsa de plástico, que guardó en uno de sus bolsillos. Suspiró, se permitió un par de segundos para ver como aquel cuerpo se iba desangrando, manchando todo el suelo con el líquido viscoso rojizo. Se caló la gorra hasta los ojos y salió. Se atrevió a hablar a los dos chicos mientras se iba, con suma frialdad.

- Vuestro amigo ya se está vistiendo.

- Es un pesado. El próximo día no le esperamos.

Caminó con premura recorriendo el pasillo. Se encontró en el camino con varios policías y otros compañeros del servicio de limpieza, saludándose sin detenerse. Llegó al cuarto de limpieza, vació el cesto lanzando las toallas a un gran contenedor, donde ya había un buen número de ellas usadas. La bolsa de plástico la introdujo en su bolsa de deportes.  Se cambió de ropa. Con cierta premura se dirigió a la puerta de salida, cuando al fondo le pareció escuchar voces. Sonrió a los miembros de seguridad entregándoles la tarjeta, tras las comprobaciones oportunas, abandonó el edificio. Fuera de las miradas de quienes estaban en su interior, contempló como las puertas se cerraban siendo fuertemente golpeadas.

- La próxima vez tienes que ser más rápido. Han estado a punto de cogerte – Se dijo para sí mismo. Con la bolsa de deporte en la mano, se perdió por una de las calles laterales.

Los dos jóvenes deportistas al ver que su compañero seguía sin salir del vestuario, habían decidido  entrar en su búsqueda. Fueron ellos quienes alertaron a los policías de la existencia del asesinato de su amigo. Inmediatamente todos se dirigieron al lugar del acto macabro, no sin antes asegurar que todas las puertas quedaban bien cerradas. Registraron todo el pabellón y verificaron que el personal presente, tenía sus credenciales en regla. Llamaron al forense y a una ambulancia. Después de varias fotografías, el comisario se inclinó sobre el cuerpo del chico, observó que en una de sus manos contenía algo. Avisó al forense científico y éste se colocó unos guantes y separó con cuidado los dedos del chico, tomó la bola de plástico y la separó por la mitad, sacando de su interior un papel enrollado. Lo leyó.

- ¡El muy hijo de puta! No me lo puedo creer. Nadie puede tener una mente tan retorcida ¡Nadie!

- ¿Qué pone? – preguntó el comisario.

- Toma, léelo y dime que no estoy soñando. Qué esto no es una maldita pesadilla.

El comisario que llevaba guantes de látex puestos,  tomó la nota en sus manos y la leyó en silencio.

- Por favor, dinos lo que pone en voz alta – Rogó un compañero.

- Está bien, ha escrito lo siguiente:

 
                    Los ojos muestran la esencia
                    De lo bueno y lo malo
                    De lo feo y lo bello
                    Lo perfecto e imperfecto
                    Sin ellos, nada de esto existiría”

- ¿Cómo ha podido entrar? ¿Alguien ha visto algo? – Preguntó el comisario – Sin la menor duda es él, pero... No comprendo como ha podido llegar hasta los vestuarios, sin ser advertido por alguno de nosotros. Ha tenido que...

- Señor – Se acercó uno de los policías interrumpiéndole –, hemos interrogado a los dos compañeros que  lo descubrieron y nos han comentado que la única persona que vieron entrar en este vestuario ha sido un chico de la limpieza, que habló con ellos unas palabras y que estuvo dentro un rato, mientras su compañero se duchaba, recogiendo toallas sucias del suelo. Les resultó muy agradable, les había deseado suerte, en la competición.  Nada les hizo sospechar.  Luego salió antes que su amigo y se despidió diciendo que se estaba terminando de vestir.

- ¿Qué aspecto tenía? ¿Le vieron la cara?

- No, por lo visto llevaba una gorra muy calada, tapando su rostro. De lo que si se dieron cuenta es que cojeaba.

- ¡Es él, sin duda! – Intervino Aurora –  ¿Pero cómo ha conseguido el uniforme y entrar? Me hace sospechar que otro cadáver anda por ahí oculto, en algún lugar de la ciudad  ¿Cómo ha conseguido evadir la vigilancia en el trabajo y su casa?

El comisario sacó su teléfono y marcó. Tras unos segundos, mantuvo una conversación algo acalorada con uno de sus compañeros.

- ¿Qué ha pasado? – Preguntó Aurora.

- No lo han visto salir de casa desde ayer por la tarde, que entró con unas bolsas de comida en las manos.

- ¿No ha ido a trabajar esta mañana? – Interrogó otro policía.

- No. Desde ayer por la tarde no ha salido de casa.  Nos figuramos que tenía el día libre porque dejó la casa  pasadas las cuatro de la tarde, entró en dos comercios cercanos y los abandonó con dos bolsas de comida. Desde entonces no ha vuelto a salir. Les he ordenado que llamen a su casa y se cercioren de que está en el interior.

El teléfono del comisario volvió a sonar, lo cogió y habló con su interlocutor. Elevó la voz ordenándole que fuese al centro comercial y preguntase por él, luego, colgó violentamente.

- No está en casa – Lanzó un bufido – De momento – les  miró a todos –, debemos ser cautos, aquí no ha ocurrido nada, si los deportistas se enterasen, con todas las medidas de seguridad que tenemos a nuestro alcance, se provocaría el caos y todo el plan fracasaría ¿Estamos todos de acuerdo?

Ninguno habló, simplemente asintieron con la cabeza. Nadie podía comprender lo sucedido, pero el mal estaba hecho y no tenía solución.

- Quiero aquí a los  dos chicos que encontraron el cadáver – gritó el capitán de la policía científica –, tengo que hablar con ellos – Dos hombres salieron con rapidez por ellos –  No nos podemos permitir un error tan garrafal como el sucedido hoy. Esto se llama negligencia grave ¡Muy grave! – Miró al comisario con cara de pocos amigos – Afortunadamente hasta la tarde no habrá más competiciones en este pabellón. Llévese a sus hombres a la comisaria y…

- Lo haré señor – Suspiró con pesar – Le pido disculpas en nombre de mis hombres.

- No sólo han cometido el error sus hombres, también los míos. Algunos debían de estar más cerca que los suyos. Pero no podemos volver a errar ¡Joder! Teníamos todo bajo control.

El vestuario fue desalojándose, el forense ordenó introducir al chico en la ambulancia, por una de las puertas traseras del pabellón para no ser visto y ser trasladado al tanatorio. El comisario, acompañado por Aurora y sus hombres, abandonaron el pabellón. Uno de los chicos de la limpieza recogió toda la sangre que se encontraba vertida por el suelo, dejando el lugar, como si nada hubiese sucedido, mientras, el capitán de la policía científica se entrevistaba con los dos deportistas en una sala contigua.


                                                                                   FIN DEL CAPÍTULO XXVI y XXVII


       

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