miércoles, 12 de agosto de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPÍTULO XXX y XXXI




          CAPÍTULO XXX y XXXI


            Sobre las seis y media de aquella tarde, Mario se desperezó estirándose en la hamaca mientras se le dibujaba una sonrisa  en el rostro, provocada por los sueños vividos. Se levantó dirigiéndose hacia aquella ventana indiscreta, desde donde observaba el movimiento de aquellos deportistas.

La mayoría de ellos, habían abandonado ya el parque. Poco más de media docena continuaban dando vueltas por un circuito imaginario y otros tres, ataviados con pequeñas mochilas, finalizaban la jornada.

Sintió la imperiosa necesidad de bajar, de acercarse a ellos, rastrear la oportunidad que le brindase continuar cumpliendo con su deber. Necesitaba de sus esencias, de su sangre, como el vampiro, para nutrirse de ellos, para seguir alimentando su energía vital. Sentía el hambre de poder alcanzar lo que nunca llegó a poseer, por culpa de aquella lesión, y estaba dispuesto a ello. Con sus vidas, recobraría la suya y sería inmortal.

Cerró la ventana y colocándose de nuevo la camiseta y camisa, bajó. Caminó tranquilamente, como un viandante más, buscando el relax que proporcionaba el lugar. A medida que se aproximaba, todo su ser recibía una descarga de excitación que él mismo atribuía, al percibir aquellas vidas, aquellas que debían unirse a las que ya formaban parte de la suya.
 
Mientras sus pasos le encaminaban al lugar deseado y asegurándose de no ser visto, se enfundó los guantes de látex, introduciendo luego sus manos en los bolsillos. Su mano derecha, agarró con fuerza el bisturí, esperando el momento crucial.
Apoyada sobre uno de los árboles, se encontraba una pequeña mochila. El grupo dejó de entrenar y decidieron volver a sus casas, dando un paseo apacible. Entre ellos, se hallaban los dos chicos que le pidieron agua aquella mañana, y en sus manos reposaba la botella vacía. Uno de ellos al ver a Mario, se acercó y le saludó.
- Hola, te íbamos a llevar  la botella. Muchas gracias.
- ¡No os preocupéis! He salido a dar un pequeño paseo. Podéis dejarla en la puerta del portal, yo la recogeré a la vuelta.
- ¡Muchas gracias por todo!
- No hay motivo para ello. Mañana si necesitáis agua, ya sabéis donde vivo.
- Gracias de nuevo – El chico miró hacia atrás comprobando que uno de sus compañeros aún no estaba con ellos y le gritó - ¡Eric, date prisa!
- ¿No le esperáis?
-  Tiene buenas piernas, ya nos alcanzará.
Se despidieron de él y Mario continuó su paseo, acercándose al único que quedaba en el parque. El chico se había acercado a su mochila, abriéndola y sacando de ella una pequeña toalla y una chaqueta de chándal. Desnudó su torso y guardó la camiseta mojada. Con suma tranquilidad secó su cuerpo, mientras Mario llegaba a su altura, con paso lento.
- Tus compañeros dicen que te des prisa.
- Siempre están igual, nunca me han gustado las prisas para nada y menos cuando he terminado de entrenar. Es un momento para recuperar, respirar a gusto y sentir el esfuerzo realizado.
- Yo también he sido deportista y al igual que a ti, me gustaba experimentar esa sensación – Mario miró hacia atrás, comprobando que sus amigos se alejaban.
- ¿Ya no lo practicas?
- No, tuve un accidente y ahora sólo voy al gimnasio de vez en cuando, para mantener un poco la forma.
- Si me quitasen el deporte, mi vida no tendría sentido.
El chico guardó su toalla en la mochila y la cerró. Se incorporó y se colocó la chaqueta del chándal, dejando su pecho al descubierto. Mario observaba cada movimiento que realizaba, sin dejar de mirar hacia atrás, donde sus compañeros ya habían desaparecido. Agarró el bisturí y respiró con fuerza. El joven se agachó para coger de nuevo la mochila y al levantarse, sintió la punzada que atravesaba su corazón. Todo su pecho se llenó de sangre al momento, cayendo al suelo desplomado mientras apretaba con sus manos el lugar de la herida, sin emitir el menor sonido. Mario dejó el bisturí en el suelo y cogiéndolo por las piernas, le arrastró a la parte del parque donde los árboles les ocultaban. Volvió con rapidez y tomó la mochila y el bisturí. Observó que alguien se acercaba y se ocultó entre los arbustos, desde donde siguió los pasos de dos de sus amigos, que volvían en busca de su compañero, mirando a uno y otro lado y gritando su nombre varias veces.
- Mejor será que nos vayamos, seguro que conoce otro camino y llega antes que nosotros.
- No sé, deberíamos seguir buscando ¿Y si está en peligro? – Intervino el otro amigo – Nos lo dejaron bien claro. Nadie debe de estar sólo en la calle. Hay un asesino suelto y cualquiera de nosotros, corre un grave riesgo. Cualquier error, si ese loco está cerca, sería irreparable. Hemos sido unos inconscientes, no esperando a que él se cambiara. Total, eran tan solo unos minutos.
- No te preocupes Albert, Eric sabe cuidarse bien. Además, aquí no hay nadie. Durante todo el día, los únicos desconocidos que hemos visto, han sido cuatro vecinos paseando a sus perros.
- No sé, no sé ¡Mierda! ¿Dónde se ha metido?
- Tranquilo, igual ya está con el resto.
Regresaron, reuniéndose con el resto del grupo. Albert siguió mirando hacia los lados. Esperaba que en cualquier momento apareciera su amigo y liberara la angustia, que en aquel instante sentía.
- ¿Dónde está Eric? – Preguntó uno del grupo.
- No lo sé, allí no estaba – Contestó Albert – Estoy preocupado, no debemos quedarnos nunca solos, y menos en un lugar como éste, alejado de la ciudad y solitario. Ese mal nacido nos puede sorprender, en cualquier sitio.
- Este cabrón, con lo bromista que es, seguro que ha escogido algún atajo y quien nos asusta,  es él a nosotros. Así que prepararos, porque en cualquier momento o nos salta de un árbol, o nos sale entre algún coche, de los que están por aquí  aparcados.
Mario se aseguró de que todos se alejaban del parque y dejaban atrás, el pequeño espacio de bosque que debían atravesar. Volvió su mirada hacia Eric y sin perder tiempo, lo desnudó por completo. Cogió de nuevo el bisturí y profundizó en la herida realizada. De nuevo brotó sangre en abundancia, inclinó su boca hacia la herida y bebió de ella “Exquisita” Se dijo para sus adentros, continuando con sus pensamientos – “Es una pena que no pueda llevármela a casa, debí coger la botella” Sacó de la mochila del chico la toalla y se limpió el rostro y los guantes. De su bolsillo izquierdo extrajo una bola de plástico que depositó en el suelo. Abrió la boca del muchacho, recogió el bisturí y le cortó la lengua, introduciendo en su interior, la bola mensajera. Enrollo los guantes en la toalla y se volvió, en dirección a la urbanización.
            Hacia las diez de la noche, dos parejas de policía realizaban su ronda por el parque, comprobando que ningún vagabundo, borracho o drogadicto se encontrase en él. Desde que se construyera la urbanización, buscaban que aquel parque, estuviera siempre cuidado y protegido.
Uno de ellos descubrió las manchas de sangre que Eric había dejado al ser arrastrado, alertó a sus compañeros y siguieron aquel rastro. Tras un árbol encontraron el cuerpo de Eric, sin vida y encharcado en su propia sangre.
- ¡Dios mío! ¿Esto no va a acabar nunca? – Comentó uno de ellos.
Tras el levantamiento del cadáver y su traslado al tanatorio, en completo silencio, para no alertar a los vecinos de la urbanización, se le practicó la autopsia, extrayendo la bola de plástico de la boca. Una vez examinada por el equipo de la policía científica, se la entregaron al comisario.
- ¡Toma, hazlo tú! – Le dijo a Óscar – Ya estoy cansado de leer estas malditas notas.
Óscar tomó la bola, la separó en dos y leyó la nota en voz alta:
 
                                                        “En los sonidos y en la voz
                                                          Se encuentra la esencia de:
Las mentiras y los engaños,
 
Los flirteos y desprecios

Los elogios y humillaciones
Porque en la palabra se halla,
        La vergüenza que debe ser callada”

- Continúa en la misma línea – Comentó Óscar devolviendo la bola y la nota al comisario – Además de matar, desmiembra metódicamente a los chicos, queriendo dar sentido a sus crímenes.
- Lo he estado pensando – Intervino el comisario –, no ha dejado huellas, ni la menor pista. Pero creo que deberíamos detenerlo.
- ¿Con que acusación? – Preguntó Óscar – Todos estamos convencidos que es él, pero sin pruebas, no tenemos nada. Si lo detenemos, en menos de veinticuatro horas estará en la calle y confirmando de que lo estamos siguiendo. Dejaría de matar y con ello, todo el plan fracasaría.
- Esta vez es posible que sí – Intervino el forense científico, mostrándoles una pequeña bolsa de plástico transparente – Hemos encontrado algunos pelos muy cortos, posiblemente de barba, al lado de su herida, y no coinciden con los de la víctima, al menos en un primer examen. Debemos esperar al resultado del ADN, lo tendremos aquí en veinticuatro horas. Si es posible menos.
- Si eso es cierto – sonrió excitado el comisario mientras miraba la bolsa –, lo tenemos cogido por los huevos. Recuerdo que en su ficha,  figuraba que era donante de sangre ¡Ésa sí es una buena prueba! Esperaremos por tanto, que transcurran las veinticuatro horas, sino…
- Tranquilo comisario, estoy convencido de que sí son de él, pero… ¿Cómo han podido llegar pelos de su barba hasta la herida? A nos ser… No creo que…
- ¿Qué es lo que está pensando? – Preguntó el comisario.
- ¡Que beba de la sangre de sus víctimas!
- Ha leído y visto demasiadas novelas y películas de vampiros. Con todos mis respetos. Nadie sería capaz de algo así ¿Qué placer puede encontrar en beber la sangre de esos chicos?
- Y… ¿Qué placer puede encontrar nadie en segar indiscriminadamente  la vida de jóvenes, que su única aspiración es vivir de una forma sana, disciplinada y con el único sueño, de llegar algún día a lo más alto?
- Tiene razón, ni su pregunta, ni la mía, tienen una respuesta razonable. Le pido mil disculpas.
- Comisario, no se preocupe más, esta vez lo vamos a conseguir. Estoy deseando que llegue la hora de tener a ese hijo de puta, delante de mí. Aunque no sea ético, lo primero que voy a hacer, es escupirlo a la cara.
- Tendrá su merecido, no lo dude. Hay algo que no comprendo, la fotografía la han reconocido muchas personas, sabemos que continúa en la ciudad, porqué sigue asesinando y nadie es capaz de decirnos, dónde lo han visto en las últimas horas.
- Tal vez, su aspecto no sea el mismo – Contestó uno de los policías y mantuvo unos segundos de silencio, como esperando captar la atención de todos – Si ha cambiado de domicilio, también ha podido alterar de imagen. No debemos descartar la posibilidad que él sepa, que nosotros conocemos su identidad y más ahora, con todas esas fotos por la ciudad repartidas. Lo que sí me preocupa, es con la rapidez que está asesinando, incluso, que lo haga a plena luz del día.
- Continuemos con la búsqueda, y esperemos los resultados del laboratorio. Como máximo, serán veinticuatro horas y recemos, para que en esas horas, no cometa otro asesinato. Salgamos de aquí amigo mío, este lugar empieza a ser demasiado habitual en nuestras vidas y su olor me resulta muy difícil de olvidar. Hasta en mis sueños, me paseo entre estas paredes.
Se despidieron del forense científico y de sus ayudantes, abandonando aquel lugar de muerte.



                                                             CAPÍTULO XXXI
            A las siete de la mañana, el teléfono personal del comisario lo despertó, éste se incorporó y tomándolo de la mesilla de noche, contestó, con voz aún adormilada.
- ¿Dígame?
- Comisario – se escuchó al otro lado del auricular –, los pelos encontrados en el cuerpo del chico,  coinciden con el hasta ahora, presunto asesino.
- ¿Están seguros? – Preguntó con ansiedad – No  quiero el menor descuido.
- Estamos completamente seguros. Hemos estado toda la noche realizando pruebas, repitiéndolas una y otra vez. Todas ellas, sin la menor equivocación, demuestran que pertenecen al hombre que están buscando. No existe la menor duda.
- ¡Muchas gracias! Envíen por favor el informe por E-mail a la comisaría. Comuniquen a los chicos, que en  media hora, estaré con ellos, que estén preparados ¡Por fin lo tenemos! ¡Gracias de nuevo, por el esfuerzo realizado!
- Ha sido un placer. Les daré a los chicos, el día libre para que descansen, se lo tienen bien merecido.
El comisario se levantó a gran velocidad de la cama, se vistió y sin a penas desayunar, se dirigió a la comisaría. Cuando entró, comprobó que el correo había llegado, al observar la cara de alegría de sus compañeros.
- Comisario… – Gritó uno de ellos, acercándose a él con el informe en las manos.
- Lo sé chicos, me han despertado con la noticia, es un gran día. Ahora sí, preparad todas las fotos con su nombre, que figure como texto “Muy peligro, se busca por asesinato. Puede haber cambiado de aspecto físico” y añadir el número de teléfono de contacto. Qué antes de una hora estén repartidas por toda la ciudad: comercios, bares, restaurantes, portales, en cada una de las farolas y papeleras. Haced algunas a tamaño póster y que figuren a la entrada de los pabellones y piscinas ¡Que no quede un solo rincón, sin que su careto sea visto! Esta vez, el muy cabrón, no podrá escapar.
Todos como un solo hombre, se pusieron al trabajo. En los ordenadores, a través de la red, distribuyeron la foto con el texto sugerido por el comisario. Cada diez minutos, las emisoras de radio y televisión, informarían y mostrarían el rostro del “asesino de los deportistas” Así mismo, se lanzó una edición especial del periódico de la ciudad, de forma gratuita, que en menos de dos horas, estaba en la calle. La ciudad fue invadida por aquel rostro, en todo tipo de carteles.
El teléfono de Óscar sonó y tras descolgarlo, escuchó la voz de su amigo Iván.
- ¡Hola chico! ¿Cómo estás?
- Muy bien Óscar, pero... He visto los carteles que habéis pegado por toda la ciudad ¿Qué ocurre?
- Por fin sabemos que es él. Encontramos unos pelos en la última víctima y coinciden con su ADN.
- ¿Qué víctima? ¿Ha habido más muertes, después de José? – Preguntó con cierto nerviosismo.
- ¡Tranquilo amigo! Sí, hubo otra muerte ayer por la noche en el parque, pero lo importante es que ahora, estamos seguros de la identidad del asesino.
- Pero… ¿No os dais cuenta del parecido que hay entre él y yo? Además, en el texto decís, qué ha podido cambiar de aspecto, y eso mismo he hecho yo.
Óscar permaneció en silencio, su amigo tenía razón, no habían reparado en ese detalle. Todo el mundo estaba acostumbrado a su nueva imagen. Miró a Aurora.
- ¿Qué pasa? – Preguntó ella.
- Es Iván – Tapó el auricular – Está muy nervioso por las fotos, se reconoce en ellas y tiene miedo de qué piensen en él, como el asesino.
- ¡Joder! Tiene razón.
- Iván – volvió Óscar al auricular –, perdona, estaba hablando con Aurora ¿Dónde estás?
- En casa. Salí a comprar unos bollos y leche para desayunar y me quedé de piedra cuando vi las fotos por toda la ciudad. Incluso, creo que algunas personas me han reconocido. No lo sé, estoy muerto de miedo, después de todo lo sucedido, me pueden linchar. Piensa que llevo en la ciudad unos meses y que anteriormente, nadie me conocía, y aunque la foto, sea la de Mario, la duda es razonable y ante el dolor y la cólera, que ese mal nacido ha provocado, no existe entendimiento.
- Tranquilo, no te muevas de ahí. Aurora y yo vamos para allá ahora mismo, entre los tres buscaremos una solución – Colgó el teléfono y se dirigió al comisario.
- Señor, me ha llamado Iván y…
- Estará contento ¿Verdad? – Le interrumpió.
- No precisamente señor ¿Recuerda que Iván y Mario eran como dos gotas de agua y cambiamos su imagen, para que pudiese vivir tranquilamente en la ciudad? El motivo de su llamada, es que no se atreve a salir de casa, cree que lo han reconocido y teme un linchamiento.
- ¡Hostias! No me había percatado de…
- Eso mismo he pensado yo, cuando me lo ha contado. Debemos buscar una solución y muy pronto. Tiene razón en sus palabras, que aunque la foto publicada sea la de Mario, la ceguera por el odio al asesino, lo puedan llevar hasta él.
- Y encima hoy juegan. Debemos extremar la máxima seguridad para que no le ocurra nada. Ese chico, es como un hermano para todos, nos ha ayudado mucho desde el primer día, sin ningún tipo de interés.
- He quedado en ir a su casa ahora con Aurora, si nos lo permite.
- Por supuesto, tranquilizadle y que no tenga el menor temor. Nosotros sabemos quién es él y su comportamiento en esta ciudad.
Aurora y Óscar salieron de la comisaría en dirección al domicilio de Iván. En el recorrido, comprobaron el impresionante trabajo realizado por los compañeros y ayudantes. Ni un solo rincón, ni comercio, ni una sola farola, dejaba de mostrar aquella foto. Comprendía el temor de su amigo y el deseo de los habitantes de la ciudad, por encontrar al maldito asesino. Su rostro figuraba, sin ningún pudor, con aquel eslogan “Muy peligroso, se busca por asesinato...” Por fin, había llegado el gran día. Era el momento de actuar, templando los nervios, para no cometer el menor error. Los viandantes se detenían para leer y ver aquellas fotos. Hablaban entre ellos y en la mente de Óscar, el deseo que ninguno reparase, en su amigo Iván.
                                                                               FIN DE LOS CAPÍTULOS XXX y XXXI

 


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