miércoles, 19 de agosto de 2015

NOVELA: TRANSITO. CAPÍTULO XXXIII


                                  
                CAPÍTULO XXXIII

       La voz de la piscina leyó un comunicado, donde todo el equipo dedicaba el encuentro a José, su compañero y amigo, y de esa manera, ofrecían su más sentido pésame a la familia. Todo el público y los jugadores de ambos equipos, permanecían en pie, guardando tras la lectura, un minuto de silencio en su honor. Al cabo de ese tiempo, un estallido de bocinas inundó el recinto, como si de salvas a un héroe se tratase. En los ojos de algunas personas, entre ellos, los de Roberto y Pedro, se observaba la emoción, por aquel amigo desaparecido.

- ¡Chicos, al agua! – Les ordenó el entrenador,  rompiendo la tensión y emoción acumulada.

Comenzó el contacto con el agua y el balón, ante el estrépito de un público eufórico, con un solo deseo. Ver ganar a su equipo, una vez más. Eso significaría estar en la final.

Los encuentros se disputaban a un solo partido, no había vuelta atrás, o ganaban o se quedaban con un puesto que, aunque les alzase al podium, no sería el deseado, pues como todos, buscaban pasar a la historia de aquellos primeros juegos como ganadores y ver ondear con orgullo la bandera de su ciudad.

Otras ciudades, aquella misma mañana, como se había comentado durante  la entrevista a Iván, estaban decididas a  continuar con el legado. Quién sabe, si de esa iniciativa, surgida por otro acontecimiento más desagradable, potenciaría el deporte a una escala, que hasta la fecha era impensable y con ello, los deportistas se dieran a conocer en su disciplina, alcanzando aquellas metas, donde se codeasen con el olimpo de los que ya habían marcado historia.

Pero el momento era éste, y las expectativas que se habían propuesto estaban logradas, aunque para ello, tuviesen que estar lidiando con un asesino en serie.

La bocina y el silbato, dieron por comenzado el partido. Ambos equipos emprendieron una lucha frenética con el agua, el balón y sus contrincantes.

Iván, por supuesto, demostraba su temperamento y maestría, no ya sólo con el balón, sino esquivando a los hombres del equipo contrario.

Al comienzo del segundo tiempo, marcó un gol de los que hizo temblar a todos los presentes, vitoreado incluso, por la afición contraria.

Iván se hizo hueco entre sus compañeros tras los abrazos y felicitaciones, y haciendo alarde de su destreza en el agua, giró con todo su cuerpo, elevándose como si de un delfín se tratase en una magistral pirueta, para propinar finalmente, una sonora palmada. Sonrió hacia las gradas donde esperaba que María, viese el gesto prometido.

Si alguien padecía del corazón, aquel no era el lugar más indicado. Cada segundo era decisivo, por parte de ambos equipos. La piscina hervía por el calor que aquellos hombres desprendían con la movilidad de cada uno de sus músculos, que ya no luchaban con el medio acuático, pues hasta éste, se confabuló para que nada interfiriera su juego limpio. Su caminar, más que nadar, en el líquido elemento, proporcionaba un constante cruce de jugadores, en busca de la posesión del preciado balón. Los brazos surgían de las aguas, como las alas de un águila majestuoso en pleno vuelo, abriéndose camino, cuando lograban mantener el esférico en sus manos, deseoso de flirtear con la portería y levantar a todo el pabellón una vez más, en un grito de euforia.

Al sonido del silbato, finalizó el segundo tiempo. Los jugadores se acercaron a sus entrenadores respectivos. Iván solicitó al entrenador ser sustituido. No sentía el menor cansancio, pero una inquietud lo invadía, una desazón extraña se había apoderado de él desde el momento en que pisara el recinto que bordeaba la piscina.

- ¿Qué ocurre? ¿Te sientes mal? – Preguntó el entrenador.

- No, estoy bien, pero presiento que Mario está aquí. Es muy raro, no es la sensación que tenía al principio, cuando estábamos cerca el uno del otro. Es diferente. Ahora lo presiento internamente. Antes se exteriorizaba físicamente, no pudiendo controlarme. Pero lo sé, él está aquí, estoy seguro.

- Deberíamos avisar a la policía.

- Si me lo permites, bajaré al vestuario y desde allí llamaré a Óscar y Aurora. En esta zona, no tenemos cobertura, lo comprobé el otro día, pero en las gradas y el vestuario, sí.

- No tardes, el partido está muy igualado y necesitamos a un hombre como tú.

Iván salió en dirección a los vestuarios, no antes sin echar un vistazo a todas las gradas, buscando el rostro que él bien conocía. Ya en el vestuario, tomó su móvil y llamó a sus compañeros.

- Óscar, te llamo porque intuyo que Mario está en la piscina, no sé dónde, porque aunque he mirado a las gradas, no he visto a nadie que se parezca a él, pero sé que está. Lo he presentido, desde el mismo instante en que pisé la piscina.

- No te preocupes – contestó Óscar –, estamos todos dentro del recinto, hemos visto que salías, creíamos que te encontrabas mal y hemos enviado dos hombres para que te cubran. No debes de estar sólo, os lo hemos avisado a todos.

- No podía hacer otra cosa, alrededor de la piscina, no existe cobertura. Aquí no se atreverá a bajar, pero sé que está dentro, así que si podéis, aunque sea muy complicado, a la salida, que todo el mundo muestre su documentación.

- ¡Buena idea! ¡Cuídate chico, mis hombres van para allá!

Mientras colgaba el teléfono, sintió a su espalda que se cerraba la puerta.

- De poco te va a servir el haber avisado a tus amigos ¡Tú de aquí no sales!

Iván se encontró frente a un hombre muy diferente, al que esperaba reconocer. La transformación de Mario era muy buena y comprendió en aquellas breves décimas de segundo, porqué nadie lo había visto por la ciudad.

Con total serenidad, mantuvo la corta distancia que los separaba. Observó cómo en la mano derecha de Mario brillaba la hoja de aquel bisturí, que tanta sangre había derramado.

- ¡Estás loco! Lo sabes.  ¿Por qué estás haciendo todo esto? Si me vas a matar, al menos, ¡respóndeme!

- No tengo por qué darte explicaciones sobre mis actos, pero lo haré. Has sido el único que has sobrevivido, y bien que lo he lamentado todos estos días, porque tú esencia, es primordial para mi existencia.

Los motivos son sencillos. Sois prepotentes, arrogantes, egocéntricos y os consideráis héroes, en un mundo imperfecto. Donde una masa borreguil se desgañita vitoreando vuestros nombres, coleccionando vuestras imágenes o todo aquello que puedan comprar, para sentirse más cerca de vosotros. Abandonan sus trabajos y familias, por seguiros. Las conversaciones se hacen insoportables, cuando el único tema es deporte, deporte y deporte. Hasta los medios de comunicación, se centran cada vez más, en vuestro mundo irreal ¡Y qué hablar, de las cifras millonarias que se pagan! ¿Por qué? ¡Por nada! Por un puñado de niñatos, jugando a juegos infantiles.

- Tú también fuiste deportista, y sentiste el calor del público ¿Por qué no lo entiendes ahora? Para ti, estoy seguro, que no era un juego infantil porque bien sabes, que no lo es.

- ¿Entender? ¿El qué? ¿Ese afán de protagonismo? ¿De tener un minuto de gloria? ¡Por ello un hijo de puta, me separó de lo que más deseaba!

- Pero él tuvo su castigo… Los demás, incluyendo tus víctimas, no tienen la culpa de aquel accidente. Tú mejor que nadie sabes que no estamos exentos de lesiones y que muchos grandes deportistas, han tenido que abandonar sus sueños, por una de ellas. No eres una excepción, recuerda a muchos de los grandes.

- Pero yo no llegue a ser grande, de mí nadie se acuerda.

- Entonces, has enfocado mal tú ira. Desahogas esa cólera, en las personas que te han respetado y querido, no hacia un público que te ha olvidado y que tampoco tienen la culpa. Nadie es imprescindible en ningún lugar, y el deporte, sino lo sabes, deberías saberlo, tiene más amarguras, que alegrías. Tu odio no es porque sean deportistas, arrogantes y todas esas sandeces que has mencionado, sino por tu frustración de no ser uno de ellos. Tú eres: el arrogante, egocéntrico, orgulloso, prepotente y mal deportista. Tú no sabes lo que de verdad significa, el poder de sufrimiento, disciplina y muchas veces, la soledad, que acarrea esta vida. Tú no sabes…

Iván fue interrumpido al verse arrollado por Mario, quien se precipitó contra él esgrimiendo el bisturí. Como pudo, evitó el envite mortal, aunque recibió un pequeño corte en su pecho, debido a la hoja afilada con la que contaba el arma.

Los dos cayeron rodando por el suelo, Iván cogió con fuerza la mano de Mario con la que sujetaba el bisturí, éste, haciendo un giro de muñeca, le produjo otro corte esta vez, en el hombro.

- ¡Hijo de puta! – Le gritó mientras le golpeaba con la otra mano, a puño cerrado, en la cara ¡No me vas a matar!

Mario perdió el equilibrio por el impacto recibido de Iván, quien aprovechó para incorporarse y sentarse sobre su vientre. Bloqueó sus movimientos con las piernas, mientras, con sus dos manos, aprisionó sus muñecas y en un ataque de rabia, asentó un fuerte golpe con su cabeza sobre la de Mario.

Se levantó y observó como la sangre discurría por todo su torso.

- ¡Maldito asesino! ¡De aquí el que no sale vivo, eres tú!

Tras estas palabras, comenzó a patearlo por todo el cuerpo, haciéndolo rodar de un lado a otro. En un descuido de Iván, Mario consiguió engancharlo por uno de los tobillos y tirando de él, lo arrojó al suelo, ocasionándole varios cortes en la pierna en el transcurso de la caída. Iván aguantó el dolor profundo que le producían las heridas y mientras resbalaba en su propia sangre, consiguió darle una patada en la boca. Se incorporó  de nuevo con gestos de dolor. Con tremenda rabia y furia, golpeó el pecho de Mario con el pie,  éste soltó el bisturí e Iván lo recogió, se agachó aprisionando con una mano el cuerpo de Mario y  elevando la otra, donde mantenía con fuerza el bisturí, le miró a los ojos lleno de odio y a punto de clavarle el arma, se abrió la puerta del vestuario, penetrando en su interior, Alberto y Javier.

- ¡Detente Iván, déjanoslo a nosotros! No manches tus manos con su sangre.

Iván reconoció la voz de Alberto, uno de sus amigos. Se quedó por unos segundos inmóvil, mirando aquel bisturí que brillaba y dejaba caer algunas gotas de su propia sangre. Volvió sus ojos hacia los policías que, como estatuas, permanecían en su sitio, a sólo dos metros de ellos, con sus armas desenfundadas.

- No merece la pena Iván, tendrá su merecido. Si lo matas, quedará grabado para siempre en tú mente, aunque sea en defensa propia – Intentó convencerle Javier.

- ¡Tenéis razón! – Se levantó, y con el mayor desprecio del mundo, arrojó el bisturí al suelo, mientras escupía a Mario en cara.  En el torso de Iván discurrían algunos hilos de sangre provocados por el primer corte. La respiración resultaba muy agitada, motivada  por la ira contenida. Dirigió sus pasos hacia los dos policías – Esta escoria no merece que me condene. Basura de esta índole, nunca debió ser concebida.

Alberto se acercó y ayudó a Mario a levantarse. En un descuido del policía, mientras sacaba las esposas, Mario acertó a coger el bisturí del suelo, clavándoselo en el pecho al policía y arremetiendo de nuevo contra Iván. Alberto cayó al suelo. Iván se volvió ante el grito de dolor emitido por su amigo y en un intento frustrado, para evitar su muerte, el bisturí atravesó su  brazo.

- ¡Hijo de puta! – Gritó Iván cayendo de rodillas en el suelo.

Javier intentó detener a Mario, pero recibió un golpe en la cara, siendo desplazado hacia la puerta. Regresó de nuevo hacia Iván, quien continuaba de rodillas en el suelo aguantando los tremendos dolores. Se arrojó sobre él. Iván cayó de bruces, golpeando su cara contra las frías losetas. Mario aprovechó el momento para sacar con rapidez el bisturí del brazo de Iván e intentar asentar el golpe definitivo, cuando un sonido seco lo detuvo. Javier había reaccionado y disparado contra él. Mario se desplomó sobre el cuerpo de Iván.

Iván se deshizo de la pesada carga, lo volvió boca arriba, cogió el bisturí. Su respiración era agitada, sus ojos parecieron salirse de sus órbitas, por una parte por el dolor que le producían las heridas y de otra, el odio enfocado hacia aquel ser despreciable. Gotas de sangre cayeron sobre la cara de Mario, quien aún continuaba con vida, mirándole y retándole con aquellos ojos de asesino. Iván continuaba quieto, con la cuchilla mortal en sus manos, mientras por el rostro de Mario, seguía cayendo la sangre del cuerpo de Iván. Unas gotas llegaron a sus labios y él las introdujo en su boca.

- Ya tengo tú esencia – Habló con voz débil –  Moriré, pero me llevo tú esencia y seré inmortal. Hablarán de mí generación tras generación. Me conocerán en todos los puntos del planeta y nunca olvidarán mi hazaña. Pasaré a formar parte de la historia y siempre vinculado con el deporte.

- ¡Nadie y me aseguraré de ello mientras viva, te nombrará! ¡Nadie, te lo juro, sabrá nunca que has existido! Esta misma noche, cada retrato tuyo será quemado, tus datos personales desaparecerán de todos los archivos, perdiéndose en el olvido ¡Eso te lo juro, como me llamo Iván!

- No puedes hacer eso, yo me merezco estar entre los grandes, sino fuera así, volveré y me vengaré. Recuerda que mi espíritu siempre vivirá y podré volver cuando lo desee.

Iván miró el bisturí, sonrió y sin dudarlo, le rajó el cuello de lado a lado.

- ¡Esto es por mis amigos, y si tienes pelotas, vuelve! ¡Te estaré esperando hasta el final de mis días!

Iván dejó caer su cuerpo sobre el de Mario. Le cogió por la cabeza, que había doblado hacia un lado al recibir el corte, le miró a los ojos firmemente y pegó su cara a la suya.

- ¡Quiero escuchar como cesa tú respiración! ¡Quiero asegurarme que cuando me levante, estarás completamente muerto!

En el vestuario irrumpieron Óscar y Aurora, que habían sido avisados por Javier, quien contemplaba toda aquella escena de odio y dolor.

- ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí? – Preguntó Aurora.

- ¡Iván, Iván! – Gritó Óscar.

Iván se volvió hacia la voz de su amigo, levantándose lentamente. Todo su cuerpo estaba cubierto por la sangre de los dos. Se aproximó despacio, tambaleándose de un lado a otro, con la mirada perdida en el espacio, al llegar ante Óscar, se desplomó sobre él, sin perder el conocimiento.

- ¡Llamad a dos ambulancias, por Dios! – Gritó Aurora que se había acercado al cuerpo de Alberto, comprobando que aun respiraba.

- ¡Ya lo he hecho! – Contestó Javier - ¡Ya lo he hecho! - Fueron las únicas palabras que surgieron de su boca, ante aquella escena dantesca.

- Su nombre… su nombre…. Nunca debe ser recordado – Susurró en un aliento de voz  Iván, a su amigo.

- Tranquilo amigo. Así se hará.

Los camilleros  entraron y colocaron a Iván y Alberto  sobre las camillas, sacándolos a gran velocidad.

- Por fin ha terminado todo – Comentó Javier.

- Sí ¿Pero a qué precio? Uno de nuestros hombres gravemente herido e Iván…

- Lo siento – Se disculpó Javier – Todo fue demasiado rápido. Yo intentaba ayudar a Iván, mientras Alberto se encargaba de Mario ¡Quién iba a pensar…!

- Debemos olvidarlo – sugirió Óscar interrumpiendo a Javier –, debemos tranquilizarnos y olvidar.

- Iván ha prometido, antes de morir, que nadie lo recordará, que todo será borrado y que su nombre,  jamás será nombrado.

- Así se hará, amigo. Hoy en las noticias se hablará de que ha muerto el asesino en serie de los deportistas y que su nombre será borrado para siempre de la faz de la Tierra. No será enterrado, sino incinerado y sus cenizas se perderán en el olvido.

- Y... ¿Su familia?

- De eso, también nos encargaremos. No creo que nadie, y menos su familia, quieran recordar el horror vivido en esta ciudad. Todo se olvida con el tiempo, mientras en ese tiempo  no se rememore un pasado, que nunca debió de existir.

Óscar se giró con el rostro compungido y la mirada al suelo. Aurora se acercó a él sin hablar y ambos salieron de aquel vestuario de muerte. La mente de Óscar fue invadida por un deseo, que Iván no sufriera secuelas en su cerebro por lo vivido en aquellos dos encuentros con Mario. Demasiada sangre para olvidar. Demasiado odio acumulado, para que no sufriera consecuencias. Demasiada violencia, a la que él, no estaba acostumbrado. Era un auténtico superviviente, él único al que no pudo arrebatar su vida, pero sí su raciocinio, transformando su sentido pacífico en violento, hasta el punto de cortar el cuello a un hombre y el deseo de sentir, que su corazón dejara de palpitar. De alguna forma, todo aquello le repercutiría, o tal vez no. Iván estaba hecho de otra materia, que nunca comprendería. Lo que tenía muy claro, es que siempre estaría junto a él, si lo necesitaba.

                                                                                     FIN DEL CAPÍTULO XXXIII

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