lunes, 10 de agosto de 2015

NOVELA: TRANSITO: CAPITULOS XXIX


   CAPÍTULO XXIX 

CUARTO DÍA DE LOS JUEGOS

  Mario había alquilado un apartamento a las afueras de la ciudad. Consideró que era mejor no tentar a la suerte, volviendo a su casa. Intuía que la policía estaba sobre la pista, pensó que de alguna forma, su única víctima viva lo podía haber reconocido, por eso había decidido en primer lugar cambiar totalmente su aspecto físico y luego abandonar su piso habitual. Hasta ahora, el plan le estaba funcionando con gran éxito para él.

    Se encontraba en la cocina. Sobre la encimera tenía una olla en la que estaba incorporando los últimos  ingredientes para hacer un sofrito, se volvió hacia el fogón, donde sobre una tabla de madera, se encontraba un corazón, aún sangrante.
 
    - ¡Será perfecto! – Comentó en voz alta mientras con un gran cuchillo, comenzó a trocear aquel músculo – Nada como alimentarme con uno de sus órganos. Sentiré en mi interior mayor  placer que el que la sangre me provocaba, al ser bebida – Apretó con fuerza aquel órgano musculoso – Aún puedo sentir su calor y los latidos antes de ser desgarrado de su interior, y que por fin el maldito cuerpo, dejase la vida, para pertenecer a la mía.

    Cuando por fin toda la tabla estaba cubierta de pequeños trozos, los llevó a la olla y lo rehogó con las verduras antes vertidas. Añadió agua, una hoja de laurel y dos pastillas de caldo de carne, dejándolo a fuego medio para que se fuese cociendo. Abrió el frigorífico sacando de él una cerveza, tras destaparla, se dirigió a la terraza mientras la bebía a pequeños tragos.

    Su torso desnudo recibió el azote del viento fresco que soplaba aquella mañana. Cerró los ojos recibiéndolo, con sumo agrado. Se sentó en la hamaca y continuó tomando su cerveza, mientras contemplaba el paisaje que ante él se presentaba.

    La urbanización, la más alejada de la ciudad, tenía como orgullo mostrar desde sus terrazas individuales, la belleza y esplendor de la naturaleza. Desde la que se encontraba Mario, posiblemente una de las más privilegiadas, se observaba un gran bosque de hayas, algunas de las cuales parecían querer tocar el cielo con su majestuosa altura. Sus ramas, ayudadas por el viento, ofrecían su saludo a los habitantes, que desde hacía poco más de dos años, pasarían a formar parte de su entorno virgen y natural.
 


     El sol en  aquellas horas, se filtraba entre sus copas redondas y espesas, así como entre sus gruesos troncos grises de donde brotaban formas fantasmagóricas, que sólo la imaginación individual de cada uno, sabrían representar y recrear, tal vez, en personajes mitológicos como los descritos sobre el papel, por la mente de escritores en historias maravillosas, que muchas personas habían creído e incluso, aseguraban haber visto.

    Disfrutó de aquellas sensaciones durante un largo periodo de tiempo, luego se incorporó y volvió con paso lento al interior de la cocina. Un olor que le resultó agradable le invadió y aspiró profundamente.

    - ¡Hoy voy a comer bien! – Dijo – Me dará las fuerzas suficientes para poder continuar con mi trabajo, hay mucho que hacer y poco tiempo. Así todo, tal vez hoy descanse. No hay prisa, aún quedan varios días y las prisas nunca fueron buenas para nada.

    Destapó la olla, cogió una cuchara de madera y probó el guiso. Lo paladeó, dejando que se deslizase suavemente por su lengua y luego por el resto de la boca, saboreando y disfrutando de los aromas que emanaban de aquel pequeño trozo de carne y su caldo correspondiente, hasta que por fin lo tragó. Sintió entonces un escalofrío de placer, que recorrió toda su columna vertebral.

    - Está en su punto, lo dejaré un rato que repose para que su sabor se acreciente aún más. Necesito un buen vino ¡Sabía que algo se me olvidaba! – Se dirigió a su habitación y cubrió su torso con una camiseta y una camisa de franela de cuadros verdes, que dejó sin abrochar. Buscó las llaves y salió del apartamento.

    Caminando hacia la parada de autobús, se cruzó con algunos deportistas corriendo en grupo, alejándose de la ciudad, en busca de aire puro. Se volvió para mirarlos, mientras introducía su mano derecha en el bolsillo. Sonrió al sentir el frío del acero, de su compañero de fatigas.

    - Que lástima que ninguno vaya descolgado, sería una buena oportunidad para continuar con el trabajo. Pero tú no te preocupes – continuó acariciando el frío y mortífero acero –, pronto sentirás de nuevo, el calor de la piel de uno de ellos. Sé que disfrutas con mi trabajo, aunque no entiendas el verdadero significado de por que lo hago.

    Tomó el autobús que lo llevaría al centro de la ciudad. Al llegar a su destino, se encaminó a una pequeña tiendecita donde habitualmente compraba, no muy cerca de casa. Le gustaba el trato que dispensaba aquella viejecita. Introdujo en una bolsa una botella de vino tinto,  de una buena cosecha, una barra de pan y algunos paquetes de frutos secos. Pagó y volvió de nuevo a la parada de autobús. Se entretuvo mirando por la ventanilla, contemplando el discurrir de la gente por las calles y el transitar de los coches. Al llegar a su lugar de partida, encaminándose de nuevo a casa, se encontró más jóvenes entrenando. Su cuerpo comenzó a experimentar aquella sensación de nerviosismo, que no podía dominar. Sólo una idea golpeaba su cerebro “Necesito otro cuerpo que alimente mi esencia”

    Entró de nuevo en la casa, posó sobre el fogón el paquete de papel con los productos comprados y se dirigió con avidez a una de las ventanas que mostraba aquel parque verde, entre frondosos árboles, donde todos aquellos chicos se habían reunido.

    Los contempló. Podía percibir la energía que emanaba en el ambiente, distinguir el olor corporal que producía el sudor por el esfuerzo realizado, escuchar los latidos de sus corazones cansados y ansiosos de competición, incluso, en aquellos apretones de manos musculosas, que se ofrecían unos a otros en las presentaciones, el tacto de sus pieles y el calor que desprendían.

    Se volvió hacia adentro. Escuchó una voz, regresando de nuevo a la ventana. Dos chicos que lo habían visto asomado, se habían acercado para pedirle agua.

    - ¡Por supuesto, subid, es el primero A! – Les gritó.

    Abrió la puerta y los dos chicos entraron en el interior. Él sacó una botella de cristal con agua fresca, que guardaba en el frigorífico.

    - Aquí tenéis. Os la podéis llevar.

    - ¿No tiene un envase de plástico?, es que…

    - No os preocupéis, luego me la traéis. A propósito ¿Cómo va la clasificación?

    - Por equipos, estamos los segundos.

    - Me alegro, espero veros en lo más alto, y será mejor que sigáis entrenando, os vais a quedar fríos.

    - Gracias por el agua, luego le traemos la botella. Por alguna razón hoy la fuente no funciona.

    Los chicos se marcharon. Mario volvió a desnudarse de medio arriba, dejando sobre uno de los sillones del salón la camiseta y camisa. Se dirigió de nuevo a la cocina, destapó la olla y probó su contenido. Al comprobar que se había quedado frío, encendió el fuego y lo calentó. Cogió un plato hondo y se sirvió una abundante cantidad. Lo llevó hasta la mesa, colocó una fuente con frutos secos y patatas fritas, una copa, un trozo de pan y la botella de vino tinto. Encendió la televisión, sintonizando el canal para ver los juegos. Tomó su tenedor y pinchó un trozo de carne, lo ingirió y lo degustó con sumo placer. Luego, lo acompañó con un sorbo de vino que paladeó, aprobando su elección.

    Afuera, el sol brillaba con gran intensidad, el viento frío con que había comenzado el día, dio paso a una brisa agradable. A través de la ventana abierta, se escuchaban los gritos de los deportistas apoyándose y animándose los unos a los otros, mientras, en el televisor las pruebas de atletismo daban algunas sorpresas, batiéndose récords nacionales y despuntando algunos hombres y mujeres, que hasta esas fechas, eran bastante desconocidos.

    El almuerzo había finalizado, tomó el último trago de vino y se levantó, recogió el servicio utilizado y lo dejó en el fregadero, se lavó las manos y se tumbó en la hamaca de la terraza, quedándose profundamente dormido.

    En sus sueños se vio compitiendo entre sus amigos, sus compañeros de juego, vistiendo de nuevo, aquel calzón y la camiseta de la selección.  En aquel césped donde sus botas se deslizaban, con la suavidad del terciopelo. Donde el balón jugaba con sus pies y acercándose a la portería, sentía el fervor de la afición gritando su nombre, mientras el esférico penetraba suave pero enérgico entre aquellos barrotes, fundiéndose tras la red. Los seguidores enloquecían, las pancartas con su nombre volaban al viento, los bombos y otros instrumentos, creaban sinfonías evocando el triunfo, en aquel terreno de juego. Los abrazos con sus compañeros, el sentir el calor de la piel, los latidos de sus corazones y la alegría que brotaba de las palabras que unos a otros se otorgaban. Era la unidad, la complicidad de jóvenes deseosos de ofrecer lo mejor que llevaban dentro y con su esfuerzo y ganas, demostrar de lo que eran capaces y que aquél público, disfrutara, durante los instantes que duraba la lucha por ser el mejor. De los momentos de evasión que buscaban tras la fatiga del trabajo o el estrés acumulado de días, donde la presión les atenazaba, sin dejarles ser libres. Evasión que liberaba los sentidos. Emoción que conmocionaba el espíritu, entrega y dedicación, que despejaba las mentes, para luego, volver a enfrentarse a la rutina diaria.  Pero ellos, estaban libres de aquel escenario de la vida rutinaria, ellos eran deportistas, seres privilegiados, nacidos para el entretenimiento y aclamados como héroes, del mismo modo que en la antigüedad, donde artistas plasmaron sus cuerpos perfectos en pinturas y esculturas, dejando al mundo, la herencia de otra categoría de hombres, que rozaban con sus dedos, las puertas del Olimpo.

    Iván y varios de sus compañeros permanecían sentados en el salón viendo los juegos a través de la televisión. Ninguno de ellos parecía tener la menor intención de hablar. Sólo el ruido producido por los cascos de pipas o las palomitas, que devoraban con ansiedad, rompía la monotonía de aquel silencio no deseado.

    Pedro se levantó en dirección a la cocina e Iván lo siguió. Éste abrió el frigorífico y sacó de él una cerveza.

    - Yo también bebo – Le comentó Iván.

    - ¿Qué ocurre aquí? No hemos salido desde anoche de casa para nada.

    - Yo lo he propuesto varias veces y ninguno se ha movido de los sofás.

    - ¡No lo aguanto! Hay demasiada tensión acumulada en esta casa. Necesito salir, mañana tenemos el siguiente partido y ni siquiera nos hemos acercado  a la piscina.

    -  Y que vamos a hacer mañana ¿Pedir un coche blindado y veinte guardas de seguridad al lado nuestro? No, yo he sido víctima de ese cabrón y no pienso acojonarme por eso. Si en mi destino está el morir en sus manos, nada ni nadie lo va a remediar. Así que yo por lo menos, voy a salir un rato, lo necesito, quiero ver la poca luz del día que queda y respirar el aire, aunque sea el monóxido de carbono que despiden los coches. Necesito ver gente, escuchar el ruido de la ciudad ¡Necesito sentirme vivo, joder!

    - Pues vamos, somos dos los que queremos salir, así que ¡A la puta calle!

    No lo pensaron dos veces, se fueron al salón y se lo comunicaron al resto. En un principio, parecieron no inmutarse, hasta que Juan mirando  a Iván, se levantó.

    - ¡Que cojones! Estamos aquí como animales enjaulados, acojonados por un cobarde que ataca cuando estamos solos. Somos seis y todos estamos deseando salir un rato ¡Pues a la mierda! Yo también os acompaño.

    Aquellas palabras, parecieron despertar las mentes de los demás y se levantaron de inmediato.

    - ¡Tenéis razón! – Intervino Carlos – Plantemos cara a esta situación. Además, deberíamos ir a la piscina, es posible que el entrenador esté esperando.

    - No lo creo, sino hubiera llamado – Comentó Iván - Seguramente él también sabrá lo sucedido y estará tan hecho polvo como nosotros. El partido lo tenemos por la tarde, aprovecharemos la mañana y entrenaremos.

    - Me gustaría quedarme esta noche aquí – Sugirió Carlos.

    - Si lo deseáis, podéis quedaros todos. Ahora salimos, compramos algo para cenar, o cenamos fuera, como queráis y luego venimos, descansamos y mañana será otro día ¿Qué os parece? En esta casa, hay sitio para todos.

    - Me parece una buena idea – Afirmó Juan.

    - ¡Pues saliendo, que es gerundio! Sólo tenemos que decidir si cenamos en casa o fuera – Continuó Iván.

    - Casa Antonio nos lo pone en la mesa y no tenemos ni que manchar, ni cocinar. Por mí cenamos fuera – Sugirió Carlos.

    Iván permaneció con la puerta abierta hasta que el último de sus amigos salió. Luego, como esperando a su compañero, al que nunca volverían a ver, se quedó unos segundos inmóvil. No podía creer lo sucedido, se sentía terriblemente afectado, pero sus amigos no debían notarlo. Era preciso continuar, seguir luchando, cumplir la promesa que él mismo se hiciese y conseguir atrapar al instigador de todo aquel plan. Solo era cuestión de tiempo. Aquellos juegos, se idearon como trampa y como el buen cazador sabe, la paciencia, es una virtud y la presa, tarde o temprano, termina cayendo en el engaño y este animal, no iba a ser menos. Él también cometería la torpeza aún sabiendo que se trataba de una trampa, porque tal vez así lo intuía. Su arrogancia y el deseo de enfrentarse al peligro para luego reírse de él, provocaría el error estúpido, pero deseado por todos. No era perfecto, aunque su plan si lo había sido hasta la fecha. Tan meticuloso y ordenado en cada asesinato le provocaba un escalofrío extraño, que recorría toda su columna vertebral. Esperaba y deseaba, con todas sus fuerzas, estar el día de su detención y poderlo escupir a la cara ¡Dios Santo! Lo que peor llevaba, es que fuera su propia imagen física, que fuesen como dos gotas de agua, aunque él ahora, no se pareciera tanto, gracias a la transformación pensada por sus amigos.

                                                                            FIN DE LOS CAPÍTUOS XXIX

   

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