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lunes, 6 de julio de 2026

HALF MAN: CRÍTICA DE SERIE

Half Man, creada por Richard Gadd y dirigida por Alexandra Brodski y Eshref ReyBrouck.

Hay ficciones que no se ven con comodidad; se sufren en la piel, se graban en la memoria y atraviesan el alma, sin olvidar que nuestro sistema nervioso permanecerá siempre alerta. Tras el arrollador e histórico éxito de la también miniserie Mi reno de peluche —que logró una importante cosecha de premios en 2025, entre ellos 2 Globos de Oro y 4 Emmy—, el creador escocés Richard Gadd regresa con Half Man, un demoledor y nuevo fenómeno que eleva la apuesta dramática hacia terrenos verdaderamente devastadores en una coproducción de la BBC y HBO.

La historia nos traslada a un pequeño y aislado pueblo escocés. Allí seguimos las vidas de Lori (Neve McIntosh) y Maura (Marianne McIvor), una pareja de mujeres que han criado juntas a sus respectivos hijos varones de matrimonios anteriores. El hijo de Lori es Niall (Jamie Bell), un joven profundamente reprimido, sensible y marcado por un complejo de victimismo que deviene en una sutil masculinidad tóxica pasiva. En el polo opuesto se encuentra Ruben (Richard Gadd), el hijo de Maura: un torbellino impulsivo, violento y dominado por una imperiosa necesidad de control y codependencia absoluta.

La mecha narrativa no tarda en encenderse, pues lo hace al poco de iniciarse la trama, cuando Ruben irrumpe de forma inesperada y no deseada en la boda de su “hermano” Niall. A partir de ese estallido inicial, donde vemos como las respiraciones se detienen y las miradas fusilan al recién llegado, la trama se fragmenta de manera formidable a través de potentes flashbacks que nos retrotraen hasta cuatro décadas atrás. Nos adentramos así en algo más de seis horas de pura angustia cinematográfica, pero sin duda muy adictivas. Es como un ejercicio de puro masoquismo televisivo. Una inmersión implacable en una toxicidad de un calibre inimaginable, donde el espectador es testigo de una verdad incómoda y autodestructiva: si su anterior propuesta nos dejó un sabor agridulce, esta nueva obra directamente nos rompe por dentro capítulo a capítulo.

El verdadero corazón de Half Man reside en el brutal duelo interpretativo entre Jamie y Richard. Lo que impacta desde el primer instante es la tremenda naturalidad y la absoluta entrega física y emocional de ambos actores. A través de un magnífico guion, el espectador va descubriendo poco a poco sus complejas personalidades, sus profundas contradicciones, sus complejos y sus rivalidades soterradas. En sus miradas se puede leer, de forma nítida en esos primeros planos, el miedo, el odio, el rencor e incluso un retorcido amor. ¿Fraternal o algo más? Sus palabras no son simples diálogos; son puñales diseñados para causar el mayor dolor posible, penetrar en el alma del otro y demolerla por completo. Es un juego del gato y ratón tan retorcido que nos deja sin aliento ante la pantalla. Es inevitable odiarlos cuando muestran su peor afán de destrucción, pero también amarlos cuando se vuelven vulnerables, mostrando su realidad. Sin embargo, esa humanidad es un espejismo: su vulnerabilidad dura apenas lo mismo que el batir de alas de una mariposa frente a un torbellino.

La miniserie realiza una radiografía perfecta de la masculinidad tóxica y, me atrevería a decir que sobrepasando muchos límites. Son dos vertientes opuestas que se retroalimentan. Por un lado, la pasividad maquiavélica de Niall. Su toxicidad nace de la envidia pura y de una profunda codicia; se autopercibe como un pobre infeliz y está convencido de que su “hermano” tiene, injustificadamente, todo lo que él merece. Niall utiliza su inteligencia de forma retorcida para crear situaciones incómodas y aterradoras, buscando dañar y traicionar a Ruben, e incluso aprovechándose de la situación familiar cuando surgen deudas económicas. Por otro lado, Ruben es la fuerza bruta. Un hombre de físico imponente que traspira testosterona por cada poro de su piel, pero cuyo machismo recalcitrante esconde una profunda frustración interna. Ruben descarga su violencia para camuflar sus propios complejos e inseguridades como hombre, sintiéndose desarmado ante la realidad de su hermano. Entre ambos personajes flota una tensión constante y una sexualidad latente muy perturbadora. Son dos polos opuestos atrapados en una atracción destructiva, dolorosa y oscura; una oscuridad tan abrasadora que hasta la propia noche temblaría; un vínculo enfermizo donde el amor y el odio se confunden en un juego donde la única salida posible parece ser la autodestrucción mutua. ¿Llegarán a tal estado o la cordura les frenará?

Mención aparte merecen las madres de ambos, Lori y Maura, que también tienen mucha tela que cortar en este relato. La ficción no se conforma con la toxicidad de los hijos; la madre de Niall demuestra ser una figura de una pasividad dañina, mientras la madre de Ruben arrastra su propia dosis de conflicto, aunque el guion logra de forma brillante que te apiades de ellas, aunque luego, te haga reflexionar si merecen o no el perdón.

A nivel técnico, la dirección de Alexandra Brodski y Eshref ReyBrouck es impecable. Logran mantener una atmósfera asfixiante y un ritmo milimetrado a lo largo de sus seis episodios, estructurados de tal forma que cada final de capítulo te deja con una necesidad imperiosa de más. En este apartado estético, resulta de justicia alabar la sobriedad de la fotografía de Carlos Catalán y Frederic Van Zandycke, junto a la perfecta elección de sus planos, cuyas luces, sombras y encuadres envuelven al espectador en el aislamiento claustrofóbico de ese pequeño pueblo escocés.

Pero si hay un elemento que termina por redondear esta experiencia sensorial es, sin duda, su impactante banda sonora. La música de Evgueni Galperine y Sacha Galperine. La música en Half Man duele tanto como las propias interpretaciones. No es un simple adorno de fondo; es una composición atronadora que acrecienta el drama, el sentir de los latidos de los corazones o la obnubilación de las mentes; elevando la tensión a niveles insoportables y dejando al desnudo las miserias de sus personajes. En ocasiones, la melodía se adelanta de forma sutil a los acontecimientos, preparándote para el golpe, y luego te taladra el cerebro y los sentidos cuando estalla el momento, ya sea esperado o completamente inesperado. Una genialidad técnica que se complementa con unos giros argumentales potentes de los que es mejor no hablar para no arruinar la experiencia al espectador.

En definitiva, Half Man no busca agradar al público, sino confrontarlo. Es una miniserie cruda, implacable en su violencia psicológica, redonda en su ejecución y abrasadora en sus interpretaciones. Gadd demuestra que lo suyo no fue un éxito puntual, entregándonos una de las ficciones más desgarradoras, potentes y dolorosamente adictivas de la televisión actual. Un viaje turbio que te mantiene con las pulsaciones al límite y del que es imposible salir ileso. Preparen su sistema nervioso, cuando le den clip a esta serie.

Mi nota es: 8,5

REPARTO: Richard Gadd, Jamie Bell, Mitchell Robertson, Stuart Campbell, Neve Mclntosh, Charlie de Melo, Tim Downie, Anjli Mohindra, Tom Andrews, Marianne Mclvor, Amy Manson, Sandy Matchelor, Kal Sabir, Kate Robson-Stuart, Ruchika Jain, Russ Bain, Bilal Hasna, Julie Cullen, Paul Antony-Barber, John Scougall, Adam McNamara, Simon Chandler, Stuart McQuarrie, Euan Macnaughton, Colin McCredie, Gordon Brown, George Anton, Jason Alan Staines, Paul Tinto, Rowan Mclntosh, Carol Ann Crawford, Anthony Strachan, Cara Kelly, Ewan Black, Nebli Basani, Brian Alexander, Andrew Watson, Martin Docherty, Piers Ewart,  Paul Giddings, Gemma Laurie, Craig McDonald-Kelly, Lucas Kelly y Martin Donaghy.

PRODUCTORA: BBC Studios// HBO // Mam Tor Productions// Screen Scotland// The Forge Entertainment// Thistledown Pictures.

jueves, 2 de julio de 2026

COSAS QUE NO OLVIDARÉ: CRÍTICA DE CINE

Hay gestos cotidianos que encierran la inmensidad de una vida entera. Un padre que se desliza la maquinilla por la barba cubierta de jabón, mientras su hijo de 11años, imberbe también tiene jabón en la cara y lo imita con una cuchara frente al espejo; en apariencia es una estampa rutinaria más. Sin embargo, en Cosas que no olvidaré (Per te), el director Alessandro Aronadio – quien firma el guion junto a Ivano Fachin y Renato Sannio – convierte esa complicidad padre/hijo en el prólogo de una dolorosa cuenta atrás.

En esta escena inicial vemos como un padre, Paolo (Edoardo Leo) enseña a su hijo a afeitarse, cuando a pelo y cuando a contrapelo. Mientras él lo hace con la maquinilla, su hijo Mattia (Javier Francesco Leoni), lo reproduce con una cuchara. Paolo tiene 40 años, está casado con Michela (Teresa Saponangelo) a la que ama con todas sus fuerzas, al igual que a su hijo. Lo son todo en la vida para él. Nos explica que nunca había olvidado nada, pero que ahora no recuerda cosas tan normales como el lugar donde ha dejado el coche aparcado, dejar las llaves puestas por dentro de la cerradura – un despiste tan habitual en cualquier hogar – e incluso la dirección de su trabajo; y que ahora, frente a su especialista recibe la noticia de que padece una variante rara de Alzhéimer precoz y que en unos meses es posible que no recuerde nada. Tras muchas lágrimas después…

El verdadero triunfo de Cosas que no olvidaré no radica en la búsqueda de la lágrima fácil – aunque desde que conocemos la noticia el corazón y el alma empiezan a encogerse –, sino en el diamante en bruto que se irá puliendo a través de la autenticidad con la que se construyen las rutinas familiares y el estudio de sus personajes. La película acierta de pleno al proponer un tierno e inteligente juego de contrastes psicológicos y emocionales entre sus tres protagonistas principales. Frente a un Paolo innatamente soñador, que se resiste a sepultar su sentido del humor bajo el peso implacable del diagnóstico médico, el guion opone el realismo inquebrantable de su entorno más cercano: su esposa Michela y su hijo Mattia. Es ella quien ejerce de brújula moral y pragmática en el relato; lejos de amparar el escapismo de su marido, le exige con firmeza que deje de camuflar la realidad y asuma el peso definitivo de compartir la verdad con su hermano, con quien lleva años enfadado, y su propio hijo.

Las situaciones cotidianas del trío esquivan con elegancia el melodrama en el que tantas cintas caen gracias a la solidez de sus pequeños detalles cotidianos y las chispas de humor tan bien gestionadas entre los diálogos. Aunque en alguna ocasión se escapa una carcajada, fruto en parte de la tensión emocional, enseguida queda velada. Una escena que serviría de ejemplo es cuando Michela lamenta con amargura no recordar la última vez que salieron a cenar juntos, la réplica de Paolo es una mirada impregnada de amor absoluto acompañada de un rotundo «yo sí». Un destello de lucidez tan sutil como trágico que funciona como una síntesis de la propia enfermedad: el dolor silencioso de saberse el único guardián de un pasado compartido que ya se ha evaporado para su compañera de vida.

Aronadio maneja el montaje con destreza para hacernos viajar por las imágenes de lo que un día se dijeron siendo novios, fundiendo las promesas del ayer con el presente. Sin embargo, la realización introduce un recurso visual devastador en su intimidad: esos instantes en los que la fotografía emborrona el rostro de Michela ante los ojos de Paolo. Es ahí donde el protagonista despliega uno de sus mayores actos de amor protector, disimulando para no inquietarla ni hacer que lo note, transformando su terror privado en un secreto tan humano que raya la heroicidad. Esta entrega total alcanza su cota máxima cuando Paolo, queriendo evitarles un sufrimiento futuro, le pide en la cama del hotel que lo interne en un hospital cuando llegue el momento crítico para que ella y el pequeño Mattia vivan sus vidas en libertad. La respuesta de Michela, la dejo para que la descubráis. Solo puedo suscribir que el amor en este film no es una opción voluble, sino un compromiso inquebrantable ante la peor de las tormentas. Un amor nada dulzón al igual que el drama. Ambos interactúan con la delicadeza que provoca el batir de las alas de una mariposa.

La obra va colocando cada pieza con precisión, sin prisas, confeccionando un puzle de vida, sabiendo que alguna de esas piezas no las volverá a recordar jamás, por eso lo más importante lo anota en una libreta. Uno de esos momentos es cuando toma la drástica resolución de aparcar sus obligaciones profesionales para entregarse por completo a los suyos, dividiendo sus jornadas en un pacto sagrado donde su menguante tiempo se oxigena a través de dos pulmones bien diferenciados. Por un lado, el pulmón diurno es su hijo Mattia, con quien comparte un tierno viaje de aprendizaje mutuo en plena naturaleza, accidentadas clases de conducción y confidencias en la antigua habitación infantil que compartía con su hermano. Es allí donde, bajo el influjo nostálgico de Rocky (1976), Paolo verbaliza su realidad mediante una potente metáfora: que no importa cuántas veces caigamos, lo verdaderamente crucial es levantarse ante la adversidad.

Por otro lado, el pulmón nocturno es su esposa Michela, con quien Paolo se desvive por mantener viva esa chispa de amor que nunca ha dejado de arder. Esta resistencia romántica se traduce en sofisticadas escapadas, íntimas conversaciones en la habitación de un hotel, cenas de enamorados y una desgarradora salida a la ópera. Allí, bajo los acordes del demoledor aria “E lucevan le stelle” de Tosca de Puccini, la música funciona como un hermoso espejo de su propia realidad. En paralelo, el film gana enteros gracias a la visita de Paolo a su hermano, un secundario imprescindible que inyecta la dosis precisa de realismo a una historia que necesita ser cerrada entre ambos. Entre aquellas paredes se habla del miedo y el hijo, en la intimidad de la habitación tras ver la película ya mencionada, le dice al padre «una vez me dijiste que lo importante no es tener miedo, porque a los demás les pasa, sino qué haces con ese miedo»

Vamos a ir finalizando y para ello comentaros que sostener un largometraje de estas características sin caer en la caricatura lacrimógena y el tedio, requiere de un actor en estado de gracia, y Edoardo Leo firma aquí el papel quizás más complejo y maduro de su carrera. Su interpretación es un recital de contención y verdad física; Leo expresa a la perfección el doloroso calvario de las transiciones de la enfermedad. El espectador asiste impotente a su frustración rabiosa entre sus miradas lánguidas, tristes y esperanzadoras a la vez que sus silencios atronadores, al verse incapaz de controlar la disolución de su propia mente y, finalmente, a una conmovida resignación. Su mirada refleja con una lucidez trágica cómo las páginas de su identidad se van borrando irremediablemente. A su lado, Teresa Saponangelo y el joven Javier Francesco Leoni sostienen la réplica con una naturalidad que desarma y duele, huyendo de los vicios del melodrama pastiche.

En el apartado técnico, la película se beneficia notablemente de una sobria fotografía de Andrea Reitano, captando la luz de la existencia y aquellos planos que retratan la cotidianidad pasando a nuestro lado, complementada por una partitura musical de Santi Pulvirenti, que sabe abrazar el silencio en los momentos más punzantes y pasar de puntillas para no alterar el ecosistema que se ha formado a lo largo de la narración. Fotografía y partitura maduras y profundamente humanistas, que celebran el compromiso de la familia. Una obra que araña el corazón pero que, lejos de hundir al espectador, lo saca de la sala entre nubes al reconectarlo con el valor del tiempo presente y de saber vivirlo con intensidad, pues nunca sabemos cuándo la oscuridad de una forma u otra, aparecerá.

MI NOTA ES: 8

ESTRENO EN ESPAÑA: 3 de julio.

REPARTO: Edoardo Leo, Teresa Saponangelo, Javier Francesco Leoni, Eleonora Giovanardi, Giorgio Montanini, Guia Jelo, Daniele Parisi y Alessandro Giallocosta.

PRODUCTORA: Lungta Film

DISTRIBUIDORAS EN ESPAÑA: Bteam Pictures y Bosco Films.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: Alessandro Aronadio, estudió en la Universidad de Palermo, graduándose en Psicología y continuó especializándose en dirección en la Escuela de Cine de Los Ángeles a finales de 2002. Se inició con los cortometrajes: “The Story of Adam & Eve”, “Hollywood Stories” ambas en (2002), “Glorybox” y “Lost D.” en (2003) y “Roman Holiday” (2008). En el largometraje debutó con: “Due vite per caso” (2010), “Orecchie” (2016), “Io c´è (2018), “Ya era hora” (2022) y este año llega a las pantallas españolas “Cosas que no olvidaré” (2025). Cuenta también con el video musical “Brain” (2007).

miércoles, 24 de junio de 2026

LETRAS ROBADAS: CRÍTICA DE CINE

 

La coproducción entre Irlanda y Estados Unidos, Letras Robadas está dirigida por John Carney, quien comparte guion con Peter McDonald. “Esta canción cambió mi vida”

Rick Power (Paul Rudd) es el cantante de un grupo musical de cinco miembros que se dedica a amenizar bodas. Durante una de estas celebraciones, descubren que entre los invitados se encuentra la gran estrella del pop del momento, Danny Wilson (Nick Jonas). A petición de los novios, Rick invita al famoso cantante a subir al escenario ante la algarabía de todos los presentes. Danny demuestra ser un joven simpático y acepta cantar junto a él, convirtiendo la velada en un éxito absoluto.

La noche se vuelve aún más especial cuando, mientras Rick pasea por los jardines de la mansión, Danny lo llama. Ambos entablan una animada conversación de colegueo sobre música y lo que les inspira componer. Durante la misma, Rick le desvela la letra de una canción íntima. Como todas sus composiciones, la escribió pensando en su mujer, Rachel Power (Marcella Plunkett), con quien tiene una hija adolescente, Aja Power (Beth Fallon). Danny le entrega su tarjeta y se despiden.

Pasan unos meses y, mientras camina por un centro comercial, Rick escucha un tema en los altavoces: es la canción que él había compuesto y que Danny le ha robado. El tema se ha transformado en un éxito mundial. Mientras su familia lucha día a día para sobrevivir, Danny se está forrando gracias a las reproducciones en internet. Indignado, Rick decidirá viajar junto a su inseparable compañero Sandy (Peter McDonald) para buscar a la estrella pop y reclamar lo que es suyo.

Pensaba comenzar con las interpretaciones de los personajes, que tanto me han atrapado, pero esta vez he decidido que sea él, John Carney, quien abra la reseña, pues su dirección es sumamente acertada al apostar por una propuesta cinematográfica “blanca”, de esas que hoy en día escasean y se echan tanto de menos, pues resultan ideales para disfrutar en familia. El guion esquiva con elegancia el melodrama facilón o los golpes bajos, manteniéndose libre de palabras malsonantes o de giros innecesarios. Incluso en sus momentos más dramáticos, la historia se acepta con agrado porque no busca manipular al espectador, sino presentar con honestidad las realidades que ambos protagonistas viven en sus carnes, aunque estoy seguro que en el mundo de la industria, son más descarnadas. No hay villanos con maldad en esta función, solo el retrato humano de dos caminos opuestos que chocan de frente.

El gran pilar que sostiene este filme es, sin duda, el excelente duelo interpretativo de sus protagonistas. El buen rollo entre Paul Rudd y Nick Jonas, aun interpretando a dos rivales en pleno conflicto, es fantástico. Se nota desde el primer minuto que ambos se están divirtiendo en la pantalla junto al resto del reparto, algo que de forma innata contagia una energía positiva al espectador. Esta química tan especial permite que la trama fluya y transite por momentos memorables, incluyendo la secuencia de la pelea en la fiesta, que resulta de lo más rocambolesca y divertida. Rudd aporta su habitual carisma impregnado de una emotiva vulnerabilidad, mientras que Jonas sorprende gratamente al encarnar con total naturalidad las luces y las sombras de una gran estrella del pop actual, en ocasiones presionada por quienes tiene alrededor: los verdaderos chupasangres. ¿Cuántos artistas han caído en esas redes especulativas?

Como es de esperar en el cine de Carney, la música se convierte en el mejor compañero de viaje a lo largo de la cinta, dotando al metraje de una fluidez, armonía y entretenimiento encomiables que logran hacerte tararear para tus adentros y mover los pies en la butaca. – No sé a vosotros, al menos a mí sí. – Es una banda sonora juguetona, compuesta por John Carney y Gary Clark, reflejo fiel de la actitud de sus propios personajes. A esta vibrante atmósfera  musical se suma la acertada fotografía de Yaron Orbach, que, aunque nos regala algunas magníficas escenas en exteriores como jardines, carreteras y otros espacios; deslumbra principalmente al retratar los espacios cerrados. La cámara se mueve con maestría entre la espectacularidad de los estadios repletos de fans y la elegancia de los salones de boda, deteniéndose en la intimidad de los estudios de grabación o en esa gran mansión de amplios ventanales desde donde vemos componer, meditar y tocar a Danny. Sin embargo, tras la fachada del éxito comercial y las reproducciones en internet, el filme esconde un latido emocional mucho más íntimo. El enfado de Rick ante el plagio no nace de la codicia ni del deseo de fama, sino del valor sentimental de un recuerdo privado hecho canción; a mi juicio, lo que de verdad te hace abrazar la película de principio a fin.

Resumiendo, toda esta marea de emociones contenidas estalla en su tramo final, gracias a un montaje en paralelo verdaderamente excepcional. Estamos por tanto, ante un filme sumamente entretenido y palomitero que nos invita a reflexionar sobre los entresijos de la industria de la música desde una perspectiva quizás demasiado bucólica; un detalle menor que al espectador apenas le importará, pues lo que realmente busca – y encuentra – es todo lo que rodea a esta entrañable obra: grandes composiciones, interpretaciones magníficas, un ritmo que hace pasar un rato formidable y, por encima de todo, la honestidad de una propuesta que ofrece exactamente lo que promete: diversión para una tarde o noche de verano.

Mi nota es: 8,5

ESTRENO EN ESPAÑA: 26 de junio.

REPARTO: Paul Rudd, Nick Jonas, Jack Reynor, Havana Rose Liu, Rory Keenan, Sophie Vavasseur, Peter McDonald, Kelly Thornton, Paul Reid, Juliette Crosbie, Marcella Plunkett, Mae Higgins, Beth Fallon, Kate Moon, Martha Breen, Peter McGann, Donncha O´Dea, Ebimie Anthony, Caelum Frazer, Ruby Dunne, Sionnan Dunne, Márcio Wille, Hristiyana Yotova, Ian Dillon, Tudor Stefan, Keith McErlean y Naoimh Whelton.

PRODUCTORA: Screen Ireland// Fís Éireann/Screen// 30West// Treasure Entertainment// Likely Story.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Diamond Films.

FILMOGRAFÍA DEL DIRECTOR: El guionista, productor y director se ha especializado en películas de drama musical. Estudió en el De La Salle College Churchtown y en el Synge Street CBS. Fue bajista de la banda de rock irlandesa The Frames entre 1991/93. Además de contar con la dirección de algunos videos musicales, debutó en el largometraje con “November Afternoon” (1996) continuando con “Park” (1999) y “Al límite” (2001), “Once” (2006), “Zonad” (2009), “The Rafters” (2012), “Begin Again” (2013), “Sing Street” (2016), “Flora y su hijo Max” (2023) y “Letras robadas” (2026). También cuenta con el cortometraje “Zonad” (2003). El programa especial para televisión “Bachelors Walk Christmas Special” (2006) y capítulos para series como: “Bachelors Walk” (2001/03), “The Modest Advewntures of David O`Doherty” (2007), “Modern Love” (2019/2021), “Maravillas modernas” (2024).

martes, 9 de junio de 2026

UN TALENTO ÚNICO: CRÍTICA DE CINE

La coproducción entre Canadá y Estados Unidos, Un talento único está dirigida por Daniel Roher quien comparte guion con Robert Ramsey. “El mi bemol está desafinado”

Harry Horowitz (Dustin Hoffman) es afinador de pianos en Nueva York y tiene como aprendiz a Niki White (Leo Woodall). Niki, en su día se vio obligado a abandonar la música cuando comenzó a padecer una severa hiperacusia que le impedía tocar, lo que le forzó a usar protectores auditivos constantemente para tolerar los ruidos extremos. Un día, Harry olvida la combinación de su caja fuerte; gracias a su agudo oído, Niki logra descifrarla,  descubriendo así un don innato para la cerrajería.

Una noche, mientras trabaja en la residencia de un cliente adinerado afinando el piano del gran salón, escucha ruidos extraños que provienen de la parte superior de la vivienda, interrumpiendo el asalto de una banda de ladrones liderada por Uri (Lior Raz). Tras un tenso encuentro, Niki decide ayudarles a abrir la caja fuerte para poder proseguir con su trabajo. Fascinado por su habilidad, Uri le ofrece sumarse a su equipo si de verdad quiere ganar dinero, dejándole su tarjeta y un fajo de billetes sobre el instrumento. Cuando el destino de Harry y su familia se complica críticamente, Niki se verá en la encrucijada de tomar una decisión drástica. Un punto de no retorno del que es mejor no desvelar más.

Un drama musical e íntimo cuyos silencios destrozan el alma y suplican piedad. Tal vez así es como se debería resumir esta obra dolorosa, triste y vivida en una soledad exigida por una vida artística frustrada; y lo primero que evocó mi mente mientras desfilaban los créditos finales: la necesidad de hacer especial hincapié en el abrumador y desolador diseño de sonido, el cual se convierte en un personaje más de la trama, un personaje demoledor. La dirección de Daniel Roher utiliza el contraste auditivo no solo como un elemento técnico, sino como el reflejo del aislamiento psicológico de Niki, brillantemente interpretado por un Leo Woodall, que sostiene la tensión con la mirada y los silencios mencionados. Hay instantes que creemos leer su mente y sufrimos como lo hace él.

Más allá de su impecable apartado técnico, el verdadero motor de la historia reside en su faceta humana y en su reparto de gran nivel. Destaca la entrañable y conmovedora presencia de un veterano como Dustin Hoffman en el papel de Harry Horowitz. Aunque sus apariciones son medidas – pasando gran parte del metraje postrado en la cama de un hospital –, Hoffman nos aporta la calidez, claridad y sapiencia de toda una gran carrera, pero también la fragilidad y la vejez que irremediablemente pasa factura. Junto a una magnífica Tovah Feldshuh como la dulce y resignada Marla, construyen un refugio emocional para Niki. La relación es tan fraternal, como esos “padres” que adoptan a un “hijo”, que justifica la desesperación del joven por salvarlos de las deudas. Niki vive envuelto en un manto de fantasmas que parecen ahogarlo y de sombras pesadas que no le dejan ver el camino que tanto desea continuar, impidiéndole en un principio dar el paso con Ruthie (Havana Rose Liu), a pesar de las insistencias de Harry. La escena que, a mi juicio, une y extrae la esencia más humana a los cuatro personajes es la que transcurre en el hospital. Allí, un viejo y olvidado piano en uno de los pasillos dará vida, aliento y sentido a la humanidad latente en ellos y a su claro amor por la música. Pero, siempre hay un pero, si la luz es ocultada por algunas sombras, es ese momento cuando el mal hace acto de presencia, en este caso el villano Uri, interpretado por un imponente Lior Raz, quien dota a su personaje de una amenaza latente, peligrosa y carismática, quien intentará doblegar al protagonista.

Un talento único se cocina a fuego lento, como los buenos platos, ofreciendo un drama pausado y doloroso que maneja el ritmo con precisión quirúrgica. Su narrativa profunda expone la crudeza de las malas decisiones, aunque estas puedan estar falsamente justificadas, pues son las que se toman ante la desesperación y la falta de pensar antes de actuar cuando la vida se pone del revés y la sociedad se empeña en cerrarte todas las puertas y ventanas justo, cuando precisas respirar. A través de la opulencia de los clientes adinerados de Niki, la cinta lanza una sutil pero afilada crítica social basada en la ley de la utilidad marginal decreciente: cómo aquellos que lo poseen todo dejan de apreciar el verdadero valor de las cosas, asumiendo con arrogancia que cualquier contratiempo o negativa se soluciona vaciando el talonario; un mensaje que queda claro durante una conversación y que, sin duda, nos provoca la reflexión.

En este ecosistema donde afinar un piano significa intentar crear armonía en mitad del caos – una tarea que obliga a aceptar la imperfección –, el conflicto exterior termina por dinamitar la burbuja del protagonista. El punto álgido de la tensión no llega solo por la amenaza criminal que busca alterar nuestro sistema nervioso, sino por la devastadora falta de empatía humana. Un ejemplo, muy latente en nuestra sociedad individualista está presente en la discusión que mantienen Niki y Ruthie, la cual no os voy a desvelar, pero que nuevamente Daniel Roher y Robert Ramsey, nos sumergen en una reflexión no deseada pero necesaria; no solo de ser escuchada, sino también vista, y que plantea una doble pregunta incómoda. ¿Quién es realmente el egoísta en una relación? ¿El que calla sus problemas para no cargar a los demás, o el que se atreve a juzgar la vida del otro desconociendo su realidad?

Resumiendo, Un talento único se alza como una de las sorpresas más gratas, desgarradora y estimulante de la temporada cinematográfica. No sería justo cerrar esta crítica sin aplaudir la partitura melancólica y precisa de Marius De Vries y Will Bates, cuyas notas lloran y reflexionan en silencio y acompañan con sutileza a una fotografía inmersiva, franca y sin artificios en la mirada de Lowell A. Meyer. Roher rubrica un filme que transita entre el drama intimista y la tensión del thriller descarnado. Una obra redonda en sus interpretaciones y demoledora en sus mensajes que bien se merece…

Mi nota es: 8,5

ESTRENO EN ESPAÑA: 12 de junio.

REPARTO: Leo Woodall, Havana Rose Liu, Dustin Hoffman, Lior Raz, Tovah Feldshuh, Jean Reno, Gil Cohen, C.S. Lee y Nissan Sakira.

PRODUCTORA: Black Bear// Elevation Pictures.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Diamond Films España.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: Daniel Roher, se graduó en la Etobicoke School of the Arts en el año 2011, destacando en artes visuals. Además estudió en el Savannah College of Art and Design en Georgia (Estados Unidos). Se inició con los cortometrajes “Nunca lejos de casa” (2011), “Niños de la Sirena Cohete” (2013), “Resuelto” y “La visión de Bashir” en (2014), “Sobrevivientes Rowe”, “Conversaciones con un primer ministro fallecido” ambas en (2015),  “Sourtoe: La historia del caníbal arrepentido” (2016), “Dilveen” (2018), “Encontrando a Fukue” (2018). Cuenta con el documental “Ghosts of our Forest (2017), “Once Were Brothers: la historia de la banda” (2019), “Navalny” (2022) y “Blink” (2024) y la serie “Marca Canadá” (2017). En el largometraje de ficción debuta con “Un talento único” (2026).

viernes, 5 de junio de 2026

SCARY MOVIE: CRÍTICA DE CINE

Scary Movie está dirigida por Michael Tiddes, con guion de Rick Alvarez junto a Marlon Wayans, Shawn Wayans y Keenen Ivory Wayans. “Cucú, cucú: El buffet libre de puñaladas y nostalgia que sí necesitábamos o no”

Es complicado hacer una sinopsis de esta película – al igual que de las anteriores –, pues la línea argumental original se ha ido diluyendo con las sucesivas entregas, aun sin perder la esencia (o ganando, ¿quién sabe?), que no es otra que acuchillar a diestro y siniestro hasta que no quede nadie.

Llegando a esta sexta entrega, nos encontramos con parte del elenco original junto a caras nuevas que se incorporan; algunas sin saberlo y otras muy conocedoras de dónde se están metiendo y lo que les espera: una nueva pesadilla cómica a manos de Ghostface. El “core four” veterano – formado por Shorty (Marlon Wayans), Ray (Shawn Wayans), Cindy  (Anna Faris) y Brenda (Regina Hall) – despierta simpatías a medida que aparece en pantalla. Inevitablemente, pensamos que el tiempo no perdona a nadie y deja su huella, pero esa marca de nostalgia “física” se pasa pronto ante la absoluta locura que nos espera en sus 95 minutos de metraje.

Pero la película no limita sus cuchilladas al cine de terror puro y duro. Fiel al espíritu irreverente de sus creadores, el mensaje se sumerge sin complejos en la sátira geopolítica actual. Sin necesidad de mencionar explícitamente su nombre, la trama lanza dardos envenenados hacia la figura de Trump y los polémicos escándalos que lo rodean a nivel global. El punto álgido de esta subtrama llega con una imagen de lo más surrealista que hace hincapié en los archivos desclasificados de Epstein, demostrando que la saga sigue sabiendo cómo sacarle punta a los trapos sucios de la política global para transformarlos en pura comedia absurda.

El despliegue de irreverencia arranca desde el mismísimo prólogo con un inicio de antología. La cinta abre con una rubia despampanante llamada Teyana (Teyana Taylor) desafiando a Ghostface por teléfono en un bar, saliendo a la calle y adentrándose en un callejón con actitud desafiante hacia su interlocutor. Cuando el asesino presume de su letalidad, ella canta un cómico “cucú, cucú” que invoca a un grupo de matones de barrio. La paliza que le propinan a Ghostface es de tal magnitud que lo deja medio muerto en el suelo y Teyana lo remata con su Globo de Oro. Sin embargo, el caos no termina ahí: Teyana se traslada de inmediato a la casa de Miércoles, quien aparece con su clásico vestido gótico y coletas, dando pie a un brutal y desternillante giro que abre la veda para el aluvión incesante de referentes cinematográficos que define el filme. No estoy haciendo Spoilers, es el inicio, sobre el resto de la trama. ¿He dicho trama?, mutis.

Hay que reconocer que si de algo sabe esta franquicia, es de encomendarse a sus viejas glorias para que el castillo no se caiga. El verdadero motor cómico de estos 95 minutos explota cuando entran en escena Anna Faris y Regina Hall. Ver de nuevo a Cindy Campbell y a Brenda Meeks compartiendo plano es un regalo absoluto para los fans y nostálgicos; ellas, como muchos saben, lideraron las cuatro primeras películas y ahora vuelven a demostrar por qué las entregas clásicas de la saga siguen siendo las mejores en la memoria del espectador. La química entre ambas sigue tan intacta, absurda y gamberra como siempre. Faris domina como nadie el arte de poner cara de no enterarse de nada mientras Hall vuelve a devorarse la pantalla con sus réplicas cortantes. Ellas demuestran que no hacen falta grandes guiones cuando tienes a dos actrices que conocen al milímetro el tempo de la comedia física de esta saga.

Y es que, tras ese enérgico arranque, la película se convierte en un auténtico buffet libre que satiriza sin piedad los mayores éxitos del terror que han desfilado recientemente por las salas y la cultura pop.

El espectador asiste a un bombardeo tan frenético de referentes que es fácil perder la cuenta; la cinta salta sin pestañear de los espasmos faciales de Smile al gore desvergonzado de Terrifier 3, pasando por una delirante e incómoda imitación del “body horror” y las mutaciones de La Sustancia. Los hermanos Wayans no dejan títere con cabeza: se mofan del inquietante asesino de Longlegs, desgarran con humor absurdo el misterio coral y las desapariciones de Weapons, clavan un gag desternillante con el viaje psicodélico de Shorty en el pozo de hipnosis de Déjame Salir,  se ríen de los discursos teológicos de Heretic, parodian a los vampiros cantores de Sinners y  nos regalan a una Cindy paranoica que parodia a la Laurie Stroud de las últimas entregas de Halloween. Sin embargo, los momentos más brutales, donde la sala se viene arriba, son cuando la película satiriza el fenómeno de  las guerreras K – Pop, un gag loquísimo que desata la carcajada unánime y demuestra que no hay “vaca sagrada” que escape a su quema. Este aluvión constante funciona por acumulación, aunque también hay que reconocer que en algunos instantes te ves saturado y te saca de la película, al no dejarte saborear el gag en toda su medida.

En resumen, Scary Movie no viene a ganar premios en festivales de autor, viene a conquistar risas. La fotografía de Terry Stacey sabe replicar a la perfección las atmósferas oscuras y opresivas del cine de terror moderno (Como los tonos de Smile o la estética de La Sustancia, sin olvidar la gama de colores de las guerreras K – Pop, por poner tres ejemplos), logrando que el chiste visual funcione aún mejor por el brutal contraste. Por su parte, la banda sonora de Haim Mazar, es un acierto total: maneja con maestría los silencios tensos que preceden al susto, rompiéndolos de golpe con temas discotequeros o el loquísimo ritmo de las guerreras K-Pop. La película cumple sobradamente la promesa de hacerte olvidar el sentido común durante 95 minutos a base de carcajadas gamberras y chistes de brocha gorda. Ideal para una sesión entre amigos e incluso tarareando un cómico “cucú, cucú”.

Mi nota es: 6,5

ESTRENO EN ESPAÑA: 5 de junio.

REPARTO: Anna Faris, Regina Hall, Marlon Wayans, Shawn Wayans, Cheri Oteri, Lochyn Munro, Dave Sheridan, Jon Abrahams, Chris Elliott, Damon Wayans Jr. , Gregg Wayans, Kim Wayans, Benny Zielke, Cameron Scott Roberts, Heidi Gardner, Olivia Rose Keegan, Ruby Snowber, Savannah Lee May, Sydney Park, Savannah May, Nedim Jahic, Laniece Ware, Felissa Rose, Kai Cenat, Michael Leavy, Billy Slaughter, Hasani Vibez Comer, Phil Biedron, Hattie M. Baker, Marlon Fisher, André Wilkerson, Christopher Jensen, Derek Chouinard y Geneva Meredith.

PRODUCTORA: Miramax// Original Film// Ugly Baby Productions

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Paramount Pictures Spain.

FILMOGRAFÍA DEL DIRECTOR: El guionista, productor y director, Michael Tiddes, se inició en el cortometraje con “Espacio de acceso reducido” (2007) y “#DreamRideLA” (2015). En televisión cuenta con “Fred” (2010), “En sintonía con Affion Crockett” (2013) y “Ríete de ello y compártelo” (2025). En el largometraje debutó con “Una casa embrujada” (2013), “Una casa embrujada 2” (2014), “Cincuenta sombras de negro” (2016), “Desnudo” (2017), “Sextillizos” (2019), “Medio horneado: Totalmente alto” (2024) y este año nos ofrece “Scary Movie” (2026).

jueves, 4 de junio de 2026

HE-MAN y los MASTERS del UNIVERSO

HE-MAN y los masters del universo está dirigida por Travis Knight con un afinado guion de Chris Butler. “Caerse es una oportunidad para levantarse”

El joven príncipe Adam (Artie Wilkinson-Hunt)  tiene 10 años y vive en un maravillo reino que es símbolo de armonía y paz, regentado por su padre el rey Randor (James Purefoy), y su madre, la reina Marlena (Charlotte Riley). Como él mismo nos narra, de niño era uno de los más bajitos y debiluchos de todos sus compañeros. Mientras los demás se burlaban de él, Adam contaba con una amiga fiel: Teela (Eire Farrell) hija adoptiva de Man-At-Arms (Idris Elba), quien ejerce como consejero militar, estratega y maestro instructor del pequeño príncipe.

Un buen día, el reino se ve envuelto por las sombras de Skeletor (Jared Leto), un tirano implacable que gobierna entre ruinas, miedo y magia negra. En medio de la desesperada batalla, la hechicera del castillo Grayskull (Morena Baccarin) – madre biológica de Teela – le entrega la espada mágica a Adam y, tras abrir un portal dimensional, le dice que salte a él. Adam duda, pero finalmente lo hace…

Y aquí viene el primer giro de este magnífico guion: Esta épica historia que os acabo de contar se la está narrando, en realidad, un Adam veinteañero  a una chica en una cafetería actual en la Tierra. Ella, como es de esperar, duda de su cordura y se marcha dejándolo plantado. Y es que han pasado 15 años y Adam (Nicholas Galitzine), atrapado en nuestro planeta, busca desesperadamente la espada del poder que perdió en aquel viaje de la infancia con la única esperanza de regresar a su hogar, Eternia. Sin embargo, en plena trifulca en medio de una autopista provocada por un ser enviado por Skeletor, Adam recibe la inesperada visita de su amiga de la infancia, convertida ahora en toda una guerrera: Teela (Camila Mendes).

Y… se acabó. No os cuento más. Si queréis pasar casi dos horas y media de puro divertimento echando unas buenas carcajadas mientras os atiborráis a palomitas y refresco, no os la podéis perder. Pero para entender por qué funciona tan bien este regreso, vayamos por partes.

Para comprender el éxito de esta propuesta hay que mirar obligatoriamente hacia la silla de dirección, con el máximo respeto. Travis Knight nos vuelve a demostrar que posee una sensibilidad prodigiosa para las grandes producciones. En su filmografía ya nos habíamos enamorado de la honestidad, la humanidad, el buen hacer y la ternura con la que dota a sus personajes; lo logró de forma artesanal con la bellísima Kubo y las dos cuerdas mágicas y lo repitió al rescatar con maestría una saga en Bumblebee. En cierta manera, este príncipe Adam comparte el mismo ADN emocional que aquel entrañable escarabajo amarillo de los Transformers: ambos son “extraterrestres” enviados a nuestro planeta, jóvenes guerreros perdidos con una enorme carga de vulnerabilidad a sus espaldas, aun percibiendo su fortaleza.

Haciendo un divertido juego de palabras con su propio nombre, podríamos decir que en esta película Travis se comporta como un auténtico “niño travieso”. Knight recupera ese espíritu juguetón, divertido y directo de los blockbusters clásicos, logrando que el espectador se crea lo imposible con una naturalidad pasmosa. Visualmente la película es un espectáculo descomunal, pero el director nunca olvida que el corazón de la historia son sus personajes.

Ese toque gamberro se palpa sobre todo en el guion. Lejos de la aburrida solemnidad de otros héroes actuales, la película brilla gracias a una maravillosa camaradería repleta de diálogos ágiles, pullas constantes y frases con un doble sentido finísimo. Es un humor con un punto ácido pero deliciosamente blanco, donde los personajes se miden tanto por sus golpes físicos como por sus réplicas verbales. Knight consigue lo que parecía imposible: que cuando sus héroes tienen que demostrar su poder lo den absolutamente todo en pantalla, pero que cuando bajan la espada, nos conquistan por su arrolladora personalidad, pues no solo hay humor fino y sarcástico sino momentos para  la introspección del yo y de la misión que la vida les ha reservado.

Otro de los grandes aciertos, sin duda, es la elección de los actores que encarnan la mitología de Eternia aportando capas de realismo y cercanía muy de agradecer. El peso principal recae sobre un divertidísimo Nicholas Galitzine, que convence en su papel. Durante gran parte del metraje, su príncipe Adam huye del estereotipo hipermusculado; nos regala a un chico que se mimetiza con la gran urbe vistiendo una ropa casual, moderna y sin olvidar el toque elegante para las ocasiones; la que cualquier veinteañero llevaría hoy en día para ir a trabajar o tomarse una cerveza. Sin embargo, el genial contraste cómico surge de que Adam jamás reniega de su identidad ni de su destino: él sabe perfectamente que su misión es recuperar la espada del poder para regresar a Eternia. El problema, si es que se puede definir así, es que lo lleva con una naturalidad tan pasmosa que nadie lo toma en serio, cuando les cuenta su historia, salvo un colega. Adam es un chico corriente, con una gran humanidad y sinceridad; un veinteañero con los pies en la tierra y la mente en las estrellas esperando el glorioso instante en que empuñe el acero y pronuncie las palabras mágicas.

A su lado, Camila Mendes brilla como una Teela formidable. La química entre ambos funciona desde que eran niños. Es un amor de siempre donde él se muestra más receptivo y vulnerable, mientras ella intenta contener sus sentimientos con madurez, tal vez consciente del abismo entre sus posiciones: él es el heredero al trono y ella la hija del guerrero más importante del reino.

Y aunque el Skeletor de Jared Leto cumple con creces entregándonos un villano disfrutable, será Idris Elba, con su Man-At-Arms, la auténtica ancla moral de la historia, con una excelente interpretación. Elba no se limita a ser un soldado de acción; construye un protector profundo, un mentor cuya severidad militar esconde un inmenso cariño y respeto hacia Adam. En cuanto al resto del elenco arropa la función con solvencia, respetando la esencia de los personajes clásicos que todos conocemos, pero es este cuarteto protagonista el que eleva el espectáculo palomitero hacia algo mucho más memorable.

En conclusión, He-Man y los Masters del Universo es un soplo de aire fresco que se agradece. Travis nos demuestra que la nostalgia no tiene por qué ser un simple recurso comercial, sino una oportunidad maravillosa para reconectar con el disfrute puro y la  inocencia. Salir del cine dejando en la sala flotando las carcajadas y el buen rollo que respira la obra, comentando cada escena y con una sonrisa de oreja a oreja, es el mejor indicador de que Eternia ha regresado por la puerta grande. Es cine de aventuras honesto, vibrante y endiabladamente divertido que ya nos hace presagiar nuevas entregas. Todo ello se potencia con la brillante fotografía de Fabian Wagner y una espectacular banda sonora a cargo de Daniel Pemberton, la cual brilla con fuerza gracias a la mítica guitarra de Brian May (Queen) y la energía de bandas como The Darkness.

Mi nota es: 8

ESTRENO EN CINES: 5 de junio.

REPARTO: Nicholas Galitzine, Camila Mendes, Alison Brie, James Purefoy, Morena Baccarin, Jóhannes Haukur Jóhannesson, Charlote Riley, Kristen Wiig, Jared Leto, Sasheer Zamata, Jon Xue Zhang, Idris Elba y Christian Vunipola.

PRODUCTORAS: Escape Artists// Laika Entertainment//Mattel.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Sony Pictures Releasing de España.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: El director, animador y productor, Travis Knight, es el animador principal de los Estudios de Animación Stop-motion, Laika Entertainment, quien además de debutar en el largometraje con “Kubo y las dos cuerdas mágicas” (2016), ha supervisado la animación de todo el catálogo del estudio. Tras Kubo, dirigió “Bumblebee” (2018) y este año nos ofrece “He-Man y los masters del universo” (2026)

He-Man y los masters del universo

martes, 26 de mayo de 2026

EL DRAMA: CRÍTICA DE CINE

El Drama está escrita y dirigida por Kristoffer Borgli. “En ocasiones el pasado dinamita los cimientos del amor perfecto”

Emma Harwood (Zendaya), empleada de una librería, y Charlie Thompson (Robert Pattinson), trabajador en un museo, son una pareja joven que se ama y está a punto de dar el “sí quiero” ante su familia y  amigos. Sin embargo, durante una cena con la mejor amiga de Emma, Rachel  (Alana Haim), y su marido Mike (Mamoudou Athie), surge una charla sobre secretos inconfesables del pasado que pone a prueba su estabilidad. Tras conocerse las vivencias de Rachel, Mike y Charlie, llega el turno de Emma, quien revela un episodio que sacude los cimientos de la pareja y transforma para siempre su amistad con el otro matrimonio.

Los secretos de los personajes actúan como el detonante de una trama que se despliega en dos actos: por un lado, la preparación de una boda que, como un flan, se tambalea ante el peligro de desmoronarse en cualquier momento; por otro, el perverso juego de espejos que nos propone Borgli. El guion nos enfrenta a un dilema moral devastador: la confesión de Rachel, un acto de crueldad física y tangible, frente a la de Emma, un secreto que dispara un miedo psicológico mucho más profundo.

¿Qué es más censurable o qué nos asusta más: el daño causado por un error de juventud o la oscuridad latente que elegimos ignorar? El ingenio de Borgli no se limita a este dilema; nos atrapa en un suspense sostenido durante todo el metraje, manejando con maestría esos altibajos emocionales y planos de angustia que traza de manera admirable, siempre bañados por un humor negro y punzante. Es esa ironía marca inequívoca de la casa la que nos permite digerir la densidad del relato; Borgli tiene el don de hacernos reír justo cuando lo que estamos viendo debería, en realidad, aterrarnos y hacernos pensar. Tan astuto es el guion que frases que antes parecían inocentes, tras desvelarse los secretos, despiertan sonrisas heladas o carcajadas nerviosas.

Hay mucha hipocresía y cinismo en las páginas de esta romántica historia que presume de serlo pero, como tantas veces en la vida, no es oro todo lo que reluce. Aunque aquí el director de fotografía Arseni Khachaturan viste de gala cada plano con una luz suave, la realidad se rodea de la turbiedad del ser; de esa hipocresía y ese cinismo, que lo van impregnando todo hasta provocar que nuestra respiración se vuelva  lenta y pesada.

Estamos, por tanto, ante un inteligente drama psicológico cuyo peso emocional y fragilidad de los personajes sustentan dos grandes interpretaciones. Zendaya realiza aquí un ejercicio de contención magistral; su intrigante Emma no es una villana, sino un enigma que se resquebraja bajo el peso de una confesión que no busca el perdón, sino la liberación, sin ser consciente del incendio que provocará en su entorno más cercano. A su lado, Robert Pattinson vuelve a demostrar su capacidad para habitar la vulnerabilidad masculina; su Charlie es el espejo donde se refleja nuestro propio horror, transitando del amor incondicional a una desorientación existencial que hiela la sangre.

La química entre ambos es brutal y el paso emocional de un estado a otro, apabullante: primero luminoso y cómplice, en donde todo fluía con naturalidad como una de esas parejas perfectas y envidiadas, hasta tornar en una macabra danza de sombras en la cual cada silencio pesa más que las palabras y cada frase hiere sin aparente intención, pues la bruma que los envuelve no les deja ver la realidad del presente. Junto a ellos están Alana Haim y Mamoudou Athie, cuyos personajes tienen mucho que decir en la trama, completando este cuarteto de la infelicidad con una naturalidad que incomoda.

En definitiva, Kristoffer Borgli no solo nos regala una película técnicamente impecable, sino una autopsia moral de la honestidad. Bajo el paraguas de A24, el cineasta consolida ese estilo de historias potentes con un trasfondo psicológico incómodo, mientras los personajes entran en contienda con sus dudas, miedos y revelaciones. Borgli nos deja una pregunta que resuena más allá de los títulos de crédito: ¿es posible seguir amando a alguien tras asomarse al abismo de su verdadera naturaleza? Todo ello, mientras suenan las notas de la banda sonora de Daniel Pemberton, una partitura tan perturbadora como la propia película que os recomiendo desde este instante. Es una lástima que no haya podido desarrollar más estas líneas, pero no quiero caer en el error de desvelar el potencial de este brillante guion, sus magníficas interpretaciones y su elegante dirección.

Mi nota es: 8,5

ESTRENO EN ESPAÑA: 29 de mayo.

REPARTO: Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie, YaYa, Michael Abbott Jr., Chase Breithoff, Sydney Lemmon, Hailey Gates, Jordyn Curet, Tierre Diaz, Matthew J McLaughlin, Echo Campbell, Mary Ann Schaub, Ineke Garbacz, Anastasiia Llich, Max Derderian, Casey McNeal, Legacy Jones, Jordan Raf, Charles Coan, Matt DiVito, Ian Dylan Hunt, Kayla Kohla, Mark Zecca, Peyton Jackson, Christopher C. James, Shawn Fogarty, Kara Curnane Joseph, Greer Cohen, Iona Yabut, Ricardo Wilkinson, Doria Bramante, Austin Fabre, Brian Savage, Matt Hayden, Amanda Alamanos, Eric Kahn, Courtney Hanna y Matthew Liptak.

PRODUCTORA: A24// Square Peg// Live Free or Die Films.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Diamond Films España.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: El director, editor y guionista, Kristoffer Borgli, posee una larga trayectoria en el cortometraje con obras como “Molo” y “Síndromes” (2011), “Lo que sea” (2013), “Famosos de Internet” (2014), “Un lugar que llamamos realidad” (2018),  “No es una fase” y “El perdedor” (2019), “Former Cult Member Hears Music for the First Time”, “El altruista” y “Suave” (2020), “Sí” (2021) y “Willem Dafoe” (2023). En el largometraje debutó con “DRIB” (2017) continuó con “Sick of Myself” (2022), “Dream Scenario” (2023) y este año nos ofrece “El drama” (2026).

lunes, 25 de mayo de 2026

THE MANDALORIAN and GROGU: CRÍTICA DE CINE

 

El Mandaloriano y Grogu está dirigida por Jon Favreau, quien comparte guion con Dave Filoni y Noah Kloor. El imperio ha caído y los señores de la guerra imperiales siguen dispersos por toda la galaxia. El mandaloriano y cazarrecompensas, Din Djarin (Pedro Pascal) junto a su aprendiz Grogu, son contratados para dar caza a estos fugitivos del imperio. Ward (Sigourney Weaver), la comandante de la Nueva República, encarga a Djarin encontrar al misterioso señor de la guerra y para ello se debe poner en contacto con los gemelos Hutt, hermanos y sucesores del fallecido señor del crimen Jabba. Estos se ofrecen a trabajar juntos con la condición de que rescaten a su heredero Rotta (Voz Jeremy Allen White) de un sindicato criminal dirigido por Lord Janu (Jonny Coyne). Djarin y Grogu aceptan la misión y con ella se verán sumergidos en una gran aventura en la que encontrar el camino no será sencillo.

El universo Star Wars continúa su incesante expansión. En esta ocasión, el Mandaloriano y su entrañable y carismático aprendiz, Grogu, saltan de la pequeña pantalla – donde la serie cautivó a audiencias de todas las edades – para intentar conquistar las grandes salas de cine. Unos días antes de enfrentarme a esta nueva entrega,  me asaltó esa incómoda pero inevitable pregunta que persigue a los grandes éxitos televisivos: ¿era realmente necesaria esta película? Se activó en mi interior esa dualidad, ese Yin-Yang mental al que nos enfrentamos en ocasiones los cinéfilos ante los grandes blockbusters, donde el escepticismo inicial lucha contra las ganas de dejarse sorprender.

Afortunadamente, la duda se despejó en los primeros minutos con una respuesta rotundamente positiva, porque la propuesta se deja disfrutar de principio a fin. Jon Favreau y su equipo ofrecen un entretenimiento cinematográfico puro y duro. Desde el prólogo, la dirección y el guion muestran sus cartas con total honestidad: menos diálogos innecesarios y mucha más acción de la que el espectador tanto anhela.

Más allá de la pirotecnia habitual, la cinta destaca por una deslumbrante riqueza visual que aprovecha cada rincón de la gran pantalla. El diseño de producción y los escenarios alcanzan su cénit en secuencias de puro espectáculo, como el imponente enfrentamiento en el foso contra la letal Serpiente Dragón blanca; un duelo físico cargado de tensión que Din Djarin debe librar bajo la atenta mirada de Grogu. Sin embargo, la gran sorpresa de la función radica en la construcción de los personajes secundarios, especialmente en la figura de Rotta el Hutt. A diferencia de la habitual pasividad de su especie – siempre tumbados y fumando esas shishas galácticas –,  este imponente gladiador se despliega con una agilidad y ferocidad brutales dentro de la arena de combate de Shakari. El verdadero acierto del guion es dotarlo de una profunda humanidad: la de un joven marcado por el desprecio familiar que huyó del hogar para forjarse su propio destino a golpes.

A partir de ese emotivo punto de inflexión, el guion firmado por Favreau, Filoni y Kloor pisa a fondo el acelerador. La trama se sumerge en una intrincada red de conspiraciones galácticas, falsas promesas de libertad y la fría ambición de Lord Janu, elementos que pondrán a prueba la resistencia física y moral de nuestros protagonistas, aunque parezca que lo tienen muy claro. El filme gana enteros al transformar estos dilemas éticos en secuencias de acción trepidantes, donde los combates dentro de la arena de Shakari destacan por unas coreografías físicas impecables. Es aquí donde la película demuestra que sabe jugar muy bien sus cartas: la necesidad mutua de supervivencia forzará alianzas inesperadas, manteniendo al espectador pegado a la butaca con los ojos bien abiertos para no perderse detalle, pues el ritmo no da tregua, equilibrando de forma notable el espectáculo visual con el factor humano.

En el plano interpretativo, la cinta se sostiene con firmeza gracias al impecable magnetismo de sus dos personajes de carne y hueso. La legendaria Sigourney Weaver impone su veteranía y autoridad como la comandante Ward, mientras que Pedro Pascal dota a Din Djarin de un temple heroico y una poderosa voz filtrada que traspasa el Beskar. Es en este instante cuando surge la duda de quién porta realmente el traje, pues como bien sabe el fan de la saga, debido al estricto credo del personaje, el rostro del mandaloriano no puede ser visto. Durante el metraje, si no me equivoco, son solo dos ocasiones en las que vemos el de Pascal.

No obstante, las mayores ovaciones se las llevan los personajes no humanos y animatrónicos. Aunque carezcan de rostro real, la profundidad dramática que muestra nuestro querido y entrañable Grogu es descomunal; gracias al soberbio trabajo de sus marionetistas, con su sola mirada, pequeños gestos y sus inflexiones en la voz, es capaz de adueñarse de la pantalla, convirtiéndose en el protagonista absoluto de la función. A su lado, la imponente expresividad del joven gladiador Rotta, la poderosa presencia física del carismático Zeb Orrelios, y la sobrecogedora calidad técnica y realismo con la que está construida la gran serpiente blanca demuestran que, cuando los efectos digitales y prácticos tienen alma, son capaces de igualar o superar el drama humano.

En el apartado puramente técnico, la película se beneficia de contar con artesanos  que conocen a la perfección el pulso de la saga. La fotografía, que corre a cargo de David Klein, exprime de forma soberbia cada centímetro de la gran pantalla, regalando una iluminación y unos encuadres espectaculares que elevan los paisajes y la épica de los combates muy por encima de lo visto en televisión. Coronando esta inmersión galáctica, la banda sonora del oscarizado Ludwig Göransson vuelve a ser un elemento indispensable; su música insufla esa perfecta atmósfera de “wéstern espacial” y su mítica partitura rítmica hace que los momentos más emotivos y las persecuciones ganen enteros en intensidad y épica dentro de la sala de cine, porque esta película, es para disfrutarla en una sala de cine.

En resumen, que me enrollo, esta pareja formada por el mandaloriano y Grogu es un entretenimiento honesto y sobresaliente que ha disipado todas las dudas que tenía sobre su necesidad. Logra expandir el universo con alma, un ritmo impecable y un derroche visual asombroso.

Este es el camino.

Mi nota es: 8

ESTRENO EN ESPAÑA: 21 de mayo.

REPARTO: Pedro Pascal, Sigourney Weaver, Jonny Coyne, Hemky Madera, London Stubblelield, Matthew Willing, Brendan Wayne, Portia D. Harris, Christopher Alan Robinson, Evan Shafran y las voces de Steve Blum, Jeremy Allen White y Martin Scorsese.

PRODUCTORAS: Lucasfilm// Golem Creations// Ian Bryce Productions.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Walt Disney Pictures Spain.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: El polifacético actor, guionista, director y productor, Jon Favreau, es sobradamente conocido por formar parte de dos grandes universos cinematográficos: Por una parte “Marvel” donde además de dirigir Iron Man, se le recuerda por su personaje de Happy Hogan, el chofer y asistente de Tony Stark y “Star Wars” con su serie televisiva de The Mandalorian.  Saltó a la gran pantalla con “Rudi” de David Anspaugh (1993) como actor y entre su extensa carrera como guionista, actor y productor, nos encontramos en la dirección con obras como: “Crimen desorganizado” (2001), “Elf” (2003),  Zathura: A Space Adventure” (2005),  “Iron Man (2008), “Iron Man2 (2010), “Cowboys & Aliens” (2011), “Chef” (2014),  “El libro de la Selva” (2016), “El rey león” (2019) y ahora nos presenta “The Mandalorian and Grogu” (2026). También cuenta con las series “The Mandalorian” (2019), “Mandalorian 2” (2020), “El libro de Boba Fett” (2021), “The Mandalorian 3” (2023) y “Oswald the Lucky Rabbit” (2026)  y para finalizar  las series documentales “The Chef Show” (2019) y “Galería Disney: Star Wars: The Mandalorian (2020).

viernes, 15 de mayo de 2026

HOKUM: CRITICA DE CINE

 

La coproducción entre Irlanda, Emiratos Árabes y Estados Unidos, Hokum está escrita y dirigida por Damian McCarthy.

Las primeras imágenes se mezclan con dos personajes caminando por un desierto: un hombre ataviado con un uniforme de la época de los conquistadores (Austin Amelio) y detrás de él un niño (Ezra Carlisle); con las de un escritor de nuestros tiempos, Ohm Bauman (Adam Scott), que está intentando escribir el epílogo de su trilogía literaria, Conquistador. Un golpe seco le saca de su concentración, viendo entre la oscuridad el rostro de su madre fallecida. Decide entonces emprender un viaje a un hotel rural en Irlanda, donde sus padres pasaron la luna de miel y de este modo cumplir el deseo de ellos de esparcir sus cenizas en los alrededores. En el hotel conocerá a su propietario Cob (Brendan Conroy), el recepcionista Mal (Peter Coonan), el jardinero Fergal (Michael Patric), la camarera Fiona (Florence Ordesh) y el botones Alby (Will O`Connell). Entre los lugareños, Ohm, conocerá a Jerry (David Wilmot), que vive en una furgoneta y tiene como costumbre tomar leche mezclara con setas alucinógenas.

En el bar del hotel, Fiona y Alby, en medio de una conversación sobre el lugar y el hotel, comentarán a Ohm que la suite nupcial está cerrada porque corren los rumores de que Cob encerró en ella a una poderosa bruja y que solo él tiene las llaves.

Lo primero que atrapa al espectador es su impecable puesta en escena, que abraza el estilo neogótico adaptado a la Irlanda rural. El director McCarthy, apoyado en la fotografía de Colm Hogan – que huye de los alardes visuales para mostrarnos una estética sucia y deliberadamente opaca –, busca la textura del abandono utilizando la oscuridad no como un vacío, sino como un personaje más. Los numerosos apliques de pared parecen exhalar una luz de gas mortecina, obligando al espectador a escudriñar entre una penumbra que parece manchar la pantalla, convirtiéndonos en cómplices de la paranoia del protagonista.

El hotel The Bilberry Woods se siente como un organismo vivo latiendo al ritmo de un corazón decadente; nada nuevo en el cine de terror, pero que en esta ocasión cuenta con efectos más inquietantes. Los pasillos estrechos y el ascensor no son meros lugares de paso, sino conductos de una tensión que se respira en cada encuadre.

Sin embargo, el elemento arquitectónico más perturbador es el montacargas. En un giro visual y narrativo asombroso, este aparato deja de ser un utensilio funcional para convertirse en un vehículo hacia lo que podríamos denominar el “inframundo”. Ese descenso físico al sótano simboliza la caída a los estratos más profundos de la culpa humana, un lugar donde el óxido, la humedad y lo espectral se mezclan para dar forma a los miedos que la luz del día se niega a aceptar. Todo ello envuelto en esos pasillos iluminados con alientos de luces que parecen a punto de apagarse, rompiendo aún más los esquemas de nuestro subconsciente más consciente.

En medio de este escenario claustrofóbico se encuentra Ohm Bauman, un escritor que no solo se enfrenta al folio en blanco de su epílogo, sino al vacío dejado por su madre. Bauman llega a The Bilberry Woods cargando literalmente con el peso de sus muertos en dos tubos, que contienen las cenizas; a través de un viaje que busca ser una despedida y termina siendo una autopsia de su propia psique. Scott interpreta con gran acierto esa frialdad del intelectual que usa la arrogancia como escudo, especialmente en sus tensas interacciones con el personal del hotel, para ocultar un trauma que lo tiene paralizado.

Es aquí donde la película se convierte en ese ejercicio de “espiar las culpas”. Ohm no es un visitante pasivo; es un hombre que, empujado por la atmósfera del lugar y el encuentro con personajes como Jerry – El lugareño cuyas “leches alucinógenas” actúan como la llave de una puerta que nunca debió abrirse –, se ve obligado a mirar por la cerradura de su propio pasado. La búsqueda del final para su trilogía Conquistador se entrelaza con la necesidad de resolver el nudo de su pasado: un trauma de la infancia que el hotel, como un espejo deformante, se encarga de proyectar en cada rincón oscuro, recordándose que hay secretos que no se pueden enterrar bajo las cenizas.

Damian demuestra una paciencia narrativa encomiable y nos arrastra con ella, alejándose del ritmo frenético del terror más convencional para apostar por un suspenso que se cuece a fuego lento, aunque pueda parecer irritante. Su dirección no busca el sobresalto gratuito – que los hay, os lo aseguro –, sino el de una duda constante en el espectador. A través de esos secundarios, a cada cual más inquietante y una dosificación precisa de la información, muchas veces velada, McCarthy nos plantea el gran dilema de Hokum: ¿Estamos ante una presencia ancestral o ante el colapso mental de un hombre drogado por la culpa y las setas alucinógenas?

Es una duda que el director estira hasta el último aliento, dejándonos pistas físicas que desafían nuestra lógica racional. Al final, nos puede quedar la sensación de que, como decía Jerry, el plano sobrenatural es real, pero solo visible para quienes se atreven a abrir sus mentes cerradas. Claro está que esta afirmación de Jerry, no comulgará con muchos espectadores, ante la duda de si existe un plano más elevado o inferior, más allá de lo tangible en nuestro espacio-tiempo.

En resumen, Hokum es una pieza rara, que lo es y fascinante, también; que se atreve a caminar por el filo de la navaja entre el drama psicológico y el horror folclórico. Aunque el protagonismo de Adam Scott es absoluto, no podemos olvidar el trabajo de unos secundarios donde destaco a Peter Coonan dando vida a Mal, cuya presencia encarna la maldad más terrenal y cobarde; a David Wilmon como Jerry o Will O´Connel como el botones Alby, que terminan de apuntalar un purgatorio donde nadie es inocente o sí; la última palabra la tiene siempre el espectador con el permiso del guionista y director.

Mi nota es: 8,5

ESTRENO EN ESPAÑA: 15 de mayo.

REPARTO: Adam Scott, Peter Coonan, David Wilmot, Florence Wilmot, Florence Ordesh, Michael Patric, Austin Amelio, Brendan Conroy, Will O`Connell, Ezra Carlisle, Mallory Adams y Siox C.

PRODUCTORAS: Cweature Geatures// Imagenation Abu Dhabi FZ// Neon Films// Spooky Pictures// Team Thrives// Waypoint Entertainment.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Beta Fiction Spain y Madfer Films.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: Damian McCarthy estudió Producción de Cine y Televisión en el St. John`s College de Cork, graduándose en 2003 con honores en guion y dirección por la FETAC. Se inició en el cortometraje con “Escotilla” (2009), para continuar con “Muere al final” y “Nogal hambriento” ambas en (2010), “Nunca Jamás lo abras” (2011), “Grabaciones embrujada de Jeremy Dyson” (2012), “Cómo Olin perdió su ojo” (2013) y “Manos” (2017). En el largometraje debutó con “Advertencia” (2020) y ha continuado con “Oddity” (2024) y este año nos ofrece “HoKum) 2026.