Hay gestos cotidianos que encierran
la inmensidad de una vida entera. Un padre que se desliza la maquinilla por la
barba cubierta de jabón, mientras su hijo de 11años, imberbe también tiene
jabón en la cara y lo imita con una cuchara frente al espejo; en apariencia es
una estampa rutinaria más. Sin embargo, en Cosas que no olvidaré (Per te),
el director Alessandro Aronadio – quien firma el guion junto a Ivano
Fachin y Renato Sannio – convierte esa complicidad padre/hijo en el
prólogo de una dolorosa cuenta atrás.
En esta escena inicial vemos como un
padre, Paolo (Edoardo Leo) enseña a su hijo a afeitarse, cuando a pelo y
cuando a contrapelo. Mientras él lo hace con la maquinilla, su hijo Mattia (Javier
Francesco Leoni), lo reproduce con una cuchara. Paolo tiene 40 años, está
casado con Michela (Teresa Saponangelo) a la que ama con todas sus
fuerzas, al igual que a su hijo. Lo son todo en la vida para él. Nos explica
que nunca había olvidado nada, pero que ahora no recuerda cosas tan normales
como el lugar donde ha dejado el coche aparcado, dejar las llaves puestas por
dentro de la cerradura – un despiste tan habitual en cualquier hogar – e
incluso la dirección de su trabajo; y que ahora, frente a su especialista
recibe la noticia de que padece una variante rara de Alzhéimer precoz y que en
unos meses es posible que no recuerde nada. Tras muchas lágrimas después…
El verdadero triunfo de Cosas que no
olvidaré no radica en la búsqueda de la lágrima fácil – aunque desde que
conocemos la noticia el corazón y el alma empiezan a encogerse –, sino en el
diamante en bruto que se irá puliendo a través de la autenticidad con la que se
construyen las rutinas familiares y el estudio de sus personajes. La película
acierta de pleno al proponer un tierno e inteligente juego de contrastes
psicológicos y emocionales entre sus tres protagonistas principales. Frente a
un Paolo innatamente soñador, que se resiste a sepultar su sentido del humor
bajo el peso implacable del diagnóstico médico, el guion opone el realismo
inquebrantable de su entorno más cercano: su esposa Michela y su hijo Mattia.
Es ella quien ejerce de brújula moral y pragmática en el relato; lejos de
amparar el escapismo de su marido, le exige con firmeza que deje de camuflar la
realidad y asuma el peso definitivo de compartir la verdad con su hermano, con
quien lleva años enfadado, y su propio hijo.
Las situaciones cotidianas del trío
esquivan con elegancia el melodrama en el que tantas cintas caen gracias a la
solidez de sus pequeños detalles cotidianos y las chispas de humor tan bien
gestionadas entre los diálogos. Aunque en alguna ocasión se escapa una
carcajada, fruto en parte de la tensión emocional, enseguida queda velada. Una
escena que serviría de ejemplo es cuando Michela lamenta con amargura no
recordar la última vez que salieron a cenar juntos, la réplica de Paolo es una
mirada impregnada de amor absoluto acompañada de un rotundo «yo sí». Un
destello de lucidez tan sutil como trágico que funciona como una síntesis de la
propia enfermedad: el dolor silencioso de saberse el único guardián de un
pasado compartido que ya se ha evaporado para su compañera de vida.
Aronadio maneja el montaje con
destreza para hacernos viajar por las imágenes de lo que un día se dijeron siendo
novios, fundiendo las promesas del ayer con el presente. Sin embargo, la
realización introduce un recurso visual devastador en su intimidad: esos
instantes en los que la fotografía emborrona el rostro de Michela ante los ojos
de Paolo. Es ahí donde el protagonista despliega uno de sus mayores actos de
amor protector, disimulando para no inquietarla ni hacer que lo note,
transformando su terror privado en un secreto tan humano que raya la
heroicidad. Esta entrega total alcanza su cota máxima cuando Paolo, queriendo
evitarles un sufrimiento futuro, le pide en la cama del hotel que lo interne en
un hospital cuando llegue el momento crítico para que ella y el pequeño Mattia
vivan sus vidas en libertad. La respuesta de Michela, la dejo para que la
descubráis. Solo puedo suscribir que el amor en este film no es una opción
voluble, sino un compromiso inquebrantable ante la peor de las tormentas. Un
amor nada dulzón al igual que el drama. Ambos interactúan con la delicadeza que
provoca el batir de las alas de una mariposa.
La obra va colocando cada pieza con
precisión, sin prisas, confeccionando un puzle de vida, sabiendo que alguna de
esas piezas no las volverá a recordar jamás, por eso lo más importante lo anota
en una libreta. Uno de esos momentos es cuando toma la drástica resolución de
aparcar sus obligaciones profesionales para entregarse por completo a los
suyos, dividiendo sus jornadas en un pacto sagrado donde su menguante tiempo se
oxigena a través de dos pulmones bien diferenciados. Por un lado, el pulmón
diurno es su hijo Mattia, con quien comparte un tierno viaje de aprendizaje
mutuo en plena naturaleza, accidentadas clases de conducción y confidencias en
la antigua habitación infantil que compartía con su hermano. Es allí donde,
bajo el influjo nostálgico de Rocky (1976), Paolo verbaliza su realidad
mediante una potente metáfora: que no importa cuántas veces caigamos, lo
verdaderamente crucial es levantarse ante la adversidad.
Por otro lado, el pulmón nocturno es
su esposa Michela, con quien Paolo se desvive por mantener viva esa chispa de
amor que nunca ha dejado de arder. Esta resistencia romántica se traduce en
sofisticadas escapadas, íntimas conversaciones en la habitación de un hotel,
cenas de enamorados y una desgarradora salida a la ópera. Allí, bajo los
acordes del demoledor aria “E lucevan le stelle” de Tosca de Puccini, la
música funciona como un hermoso espejo de su propia realidad. En paralelo, el
film gana enteros gracias a la visita de Paolo a su hermano, un secundario
imprescindible que inyecta la dosis precisa de realismo a una historia que
necesita ser cerrada entre ambos. Entre aquellas paredes se habla del miedo y
el hijo, en la intimidad de la habitación tras ver la película ya mencionada,
le dice al padre «una vez me dijiste que lo importante no es tener miedo,
porque a los demás les pasa, sino qué haces con ese miedo»
Vamos a ir finalizando y para ello
comentaros que sostener un largometraje de estas características sin caer en la
caricatura lacrimógena y el tedio, requiere de un actor en estado de gracia, y Edoardo
Leo firma aquí el papel quizás más complejo y maduro de su carrera. Su
interpretación es un recital de contención y verdad física; Leo expresa a la
perfección el doloroso calvario de las transiciones de la enfermedad. El
espectador asiste impotente a su frustración rabiosa entre sus miradas
lánguidas, tristes y esperanzadoras a la vez que sus silencios atronadores, al
verse incapaz de controlar la disolución de su propia mente y, finalmente, a
una conmovida resignación. Su mirada refleja con una lucidez trágica cómo las
páginas de su identidad se van borrando irremediablemente. A su lado, Teresa
Saponangelo y el joven Javier Francesco Leoni sostienen la réplica
con una naturalidad que desarma y duele, huyendo de los vicios del melodrama
pastiche.
En el apartado técnico, la película
se beneficia notablemente de una sobria fotografía de Andrea Reitano,
captando la luz de la existencia y aquellos planos que retratan la cotidianidad
pasando a nuestro lado, complementada por una partitura musical de Santi
Pulvirenti, que sabe abrazar el silencio en los momentos más punzantes y
pasar de puntillas para no alterar el ecosistema que se ha formado a lo largo
de la narración. Fotografía y partitura maduras y profundamente humanistas, que
celebran el compromiso de la familia. Una obra que araña el corazón pero que,
lejos de hundir al espectador, lo saca de la sala entre nubes al reconectarlo
con el valor del tiempo presente y de saber vivirlo con intensidad, pues nunca
sabemos cuándo la oscuridad de una forma u otra, aparecerá.
MI NOTA ES: 8
ESTRENO EN ESPAÑA: 3
de julio.
REPARTO: Edoardo Leo,
Teresa Saponangelo, Javier Francesco Leoni, Eleonora Giovanardi, Giorgio
Montanini, Guia Jelo, Daniele Parisi y Alessandro Giallocosta.
PRODUCTORA: Lungta
Film
DISTRIBUIDORAS EN
ESPAÑA: Bteam Pictures y Bosco Films.
FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: Alessandro Aronadio, estudió en la Universidad de Palermo, graduándose en Psicología y continuó especializándose en dirección en la Escuela de Cine de Los Ángeles a finales de 2002. Se inició con los cortometrajes: “The Story of Adam & Eve”, “Hollywood Stories” ambas en (2002), “Glorybox” y “Lost D.” en (2003) y “Roman Holiday” (2008). En el largometraje debutó con: “Due vite per caso” (2010), “Orecchie” (2016), “Io c´è (2018), “Ya era hora” (2022) y este año llega a las pantallas españolas “Cosas que no olvidaré” (2025). Cuenta también con el video musical “Brain” (2007).
