Mostrando entradas con la etiqueta COSAS QUE NO OLVIDARÉ: CRÍTICA DE CINE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta COSAS QUE NO OLVIDARÉ: CRÍTICA DE CINE. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de julio de 2026

COSAS QUE NO OLVIDARÉ: CRÍTICA DE CINE

Hay gestos cotidianos que encierran la inmensidad de una vida entera. Un padre que se desliza la maquinilla por la barba cubierta de jabón, mientras su hijo de 11años, imberbe también tiene jabón en la cara y lo imita con una cuchara frente al espejo; en apariencia es una estampa rutinaria más. Sin embargo, en Cosas que no olvidaré (Per te), el director Alessandro Aronadio – quien firma el guion junto a Ivano Fachin y Renato Sannio – convierte esa complicidad padre/hijo en el prólogo de una dolorosa cuenta atrás.

En esta escena inicial vemos como un padre, Paolo (Edoardo Leo) enseña a su hijo a afeitarse, cuando a pelo y cuando a contrapelo. Mientras él lo hace con la maquinilla, su hijo Mattia (Javier Francesco Leoni), lo reproduce con una cuchara. Paolo tiene 40 años, está casado con Michela (Teresa Saponangelo) a la que ama con todas sus fuerzas, al igual que a su hijo. Lo son todo en la vida para él. Nos explica que nunca había olvidado nada, pero que ahora no recuerda cosas tan normales como el lugar donde ha dejado el coche aparcado, dejar las llaves puestas por dentro de la cerradura – un despiste tan habitual en cualquier hogar – e incluso la dirección de su trabajo; y que ahora, frente a su especialista recibe la noticia de que padece una variante rara de Alzhéimer precoz y que en unos meses es posible que no recuerde nada. Tras muchas lágrimas después…

El verdadero triunfo de Cosas que no olvidaré no radica en la búsqueda de la lágrima fácil – aunque desde que conocemos la noticia el corazón y el alma empiezan a encogerse –, sino en el diamante en bruto que se irá puliendo a través de la autenticidad con la que se construyen las rutinas familiares y el estudio de sus personajes. La película acierta de pleno al proponer un tierno e inteligente juego de contrastes psicológicos y emocionales entre sus tres protagonistas principales. Frente a un Paolo innatamente soñador, que se resiste a sepultar su sentido del humor bajo el peso implacable del diagnóstico médico, el guion opone el realismo inquebrantable de su entorno más cercano: su esposa Michela y su hijo Mattia. Es ella quien ejerce de brújula moral y pragmática en el relato; lejos de amparar el escapismo de su marido, le exige con firmeza que deje de camuflar la realidad y asuma el peso definitivo de compartir la verdad con su hermano, con quien lleva años enfadado, y su propio hijo.

Las situaciones cotidianas del trío esquivan con elegancia el melodrama en el que tantas cintas caen gracias a la solidez de sus pequeños detalles cotidianos y las chispas de humor tan bien gestionadas entre los diálogos. Aunque en alguna ocasión se escapa una carcajada, fruto en parte de la tensión emocional, enseguida queda velada. Una escena que serviría de ejemplo es cuando Michela lamenta con amargura no recordar la última vez que salieron a cenar juntos, la réplica de Paolo es una mirada impregnada de amor absoluto acompañada de un rotundo «yo sí». Un destello de lucidez tan sutil como trágico que funciona como una síntesis de la propia enfermedad: el dolor silencioso de saberse el único guardián de un pasado compartido que ya se ha evaporado para su compañera de vida.

Aronadio maneja el montaje con destreza para hacernos viajar por las imágenes de lo que un día se dijeron siendo novios, fundiendo las promesas del ayer con el presente. Sin embargo, la realización introduce un recurso visual devastador en su intimidad: esos instantes en los que la fotografía emborrona el rostro de Michela ante los ojos de Paolo. Es ahí donde el protagonista despliega uno de sus mayores actos de amor protector, disimulando para no inquietarla ni hacer que lo note, transformando su terror privado en un secreto tan humano que raya la heroicidad. Esta entrega total alcanza su cota máxima cuando Paolo, queriendo evitarles un sufrimiento futuro, le pide en la cama del hotel que lo interne en un hospital cuando llegue el momento crítico para que ella y el pequeño Mattia vivan sus vidas en libertad. La respuesta de Michela, la dejo para que la descubráis. Solo puedo suscribir que el amor en este film no es una opción voluble, sino un compromiso inquebrantable ante la peor de las tormentas. Un amor nada dulzón al igual que el drama. Ambos interactúan con la delicadeza que provoca el batir de las alas de una mariposa.

La obra va colocando cada pieza con precisión, sin prisas, confeccionando un puzle de vida, sabiendo que alguna de esas piezas no las volverá a recordar jamás, por eso lo más importante lo anota en una libreta. Uno de esos momentos es cuando toma la drástica resolución de aparcar sus obligaciones profesionales para entregarse por completo a los suyos, dividiendo sus jornadas en un pacto sagrado donde su menguante tiempo se oxigena a través de dos pulmones bien diferenciados. Por un lado, el pulmón diurno es su hijo Mattia, con quien comparte un tierno viaje de aprendizaje mutuo en plena naturaleza, accidentadas clases de conducción y confidencias en la antigua habitación infantil que compartía con su hermano. Es allí donde, bajo el influjo nostálgico de Rocky (1976), Paolo verbaliza su realidad mediante una potente metáfora: que no importa cuántas veces caigamos, lo verdaderamente crucial es levantarse ante la adversidad.

Por otro lado, el pulmón nocturno es su esposa Michela, con quien Paolo se desvive por mantener viva esa chispa de amor que nunca ha dejado de arder. Esta resistencia romántica se traduce en sofisticadas escapadas, íntimas conversaciones en la habitación de un hotel, cenas de enamorados y una desgarradora salida a la ópera. Allí, bajo los acordes del demoledor aria “E lucevan le stelle” de Tosca de Puccini, la música funciona como un hermoso espejo de su propia realidad. En paralelo, el film gana enteros gracias a la visita de Paolo a su hermano, un secundario imprescindible que inyecta la dosis precisa de realismo a una historia que necesita ser cerrada entre ambos. Entre aquellas paredes se habla del miedo y el hijo, en la intimidad de la habitación tras ver la película ya mencionada, le dice al padre «una vez me dijiste que lo importante no es tener miedo, porque a los demás les pasa, sino qué haces con ese miedo»

Vamos a ir finalizando y para ello comentaros que sostener un largometraje de estas características sin caer en la caricatura lacrimógena y el tedio, requiere de un actor en estado de gracia, y Edoardo Leo firma aquí el papel quizás más complejo y maduro de su carrera. Su interpretación es un recital de contención y verdad física; Leo expresa a la perfección el doloroso calvario de las transiciones de la enfermedad. El espectador asiste impotente a su frustración rabiosa entre sus miradas lánguidas, tristes y esperanzadoras a la vez que sus silencios atronadores, al verse incapaz de controlar la disolución de su propia mente y, finalmente, a una conmovida resignación. Su mirada refleja con una lucidez trágica cómo las páginas de su identidad se van borrando irremediablemente. A su lado, Teresa Saponangelo y el joven Javier Francesco Leoni sostienen la réplica con una naturalidad que desarma y duele, huyendo de los vicios del melodrama pastiche.

En el apartado técnico, la película se beneficia notablemente de una sobria fotografía de Andrea Reitano, captando la luz de la existencia y aquellos planos que retratan la cotidianidad pasando a nuestro lado, complementada por una partitura musical de Santi Pulvirenti, que sabe abrazar el silencio en los momentos más punzantes y pasar de puntillas para no alterar el ecosistema que se ha formado a lo largo de la narración. Fotografía y partitura maduras y profundamente humanistas, que celebran el compromiso de la familia. Una obra que araña el corazón pero que, lejos de hundir al espectador, lo saca de la sala entre nubes al reconectarlo con el valor del tiempo presente y de saber vivirlo con intensidad, pues nunca sabemos cuándo la oscuridad de una forma u otra, aparecerá.

MI NOTA ES: 8

ESTRENO EN ESPAÑA: 3 de julio.

REPARTO: Edoardo Leo, Teresa Saponangelo, Javier Francesco Leoni, Eleonora Giovanardi, Giorgio Montanini, Guia Jelo, Daniele Parisi y Alessandro Giallocosta.

PRODUCTORA: Lungta Film

DISTRIBUIDORAS EN ESPAÑA: Bteam Pictures y Bosco Films.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: Alessandro Aronadio, estudió en la Universidad de Palermo, graduándose en Psicología y continuó especializándose en dirección en la Escuela de Cine de Los Ángeles a finales de 2002. Se inició con los cortometrajes: “The Story of Adam & Eve”, “Hollywood Stories” ambas en (2002), “Glorybox” y “Lost D.” en (2003) y “Roman Holiday” (2008). En el largometraje debutó con: “Due vite per caso” (2010), “Orecchie” (2016), “Io c´è (2018), “Ya era hora” (2022) y este año llega a las pantallas españolas “Cosas que no olvidaré” (2025). Cuenta también con el video musical “Brain” (2007).