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miércoles, 18 de junio de 2014

EL TABACO DESDE MI EXPERIENCIA (LOS INICIOS II)


                Si en el capítulo anterior os hablaba de los comienzos, el verdadero inicio fue una tarde en casa de una tía mía. La mayor de mis primas fumaba y a mí me resultaba curioso que en su casa ella lo pudiera hacer con aquella libertad.
             
              Una tarde mi madre se fue con mi tía de compras y yo me quedé con mi prima viendo la tele. Encendió un cigarrillo y por primera vez en la vida, me ofreció una calada. Yo la rechacé y me preguntó si sabía fumar. Yo la dije que sí y me volvió a ofrecer el cigarrillo. En realidad no sabía fumar. Sabía coger el cigarrillo entre los dedos, llevarlo a la boca, aspirar y lanzan el humo. Ella se rió al ver mi estilo y esa tarde se propuso que saldría de aquel salón fumando como Dios manda. Calándolas, manteniendo el humo en el interior de mi cuerpo, expulsándolo por la nariz y la boca, haciendo pequeñas pausas, hablar mientras el humo permanece en el interior, e incluso la forma de coger el cigarro entre los dedos. “Todo un arte” “Todo un ritual”. Tras determinado tiempo con “la gran lección de vida” sentí sed y me levanté del sofá. Me caí mareado al suelo, como si estuviera borracho. Mi prima se rió y me dijo que ese síntoma era normal cuando se hacía por primera vez y  que además, había fumado mucho en poco espacio de tiempo.  Sí, esa fue en realidad la primera vez que fumé como un hombre y no como un niño. ¡¿Cómo un hombre?! Yo al menos, ahora pasado el tiempo, considero que hice el gilipollas total.

            Hubo tiempos en que aquel cigarrillo lo tenía controlado. Sí, me sentía en posesión de decir cuando quería fumar y cuando no. Por rachas de tiempo fumaba, sólo los fines de semana y no más de 10 cigarrillos, y luego lo dejaba por otro periodo de tiempo largo. Pero llegó un momento crucial en mi vida, en que me tuve que enfrentar a una realidad para la que no estaba preparado, y el tabaco fue  la excusa para refugiarme con él, en  aquel dolor y aquella pérdida.

En los momentos de soledad, con mi cigarrillo entre los dedos, mi mente se fundía en el espacio a la vez que lo hiciera el humo del cigarro, y así un día tras otro. Cuando me apartaba del mundo, el cigarro se convertía en mi compañero. Más tarde, al cilindro venenoso, lo presenté en sociedad y el hábito se apoderó de mí. Tenía entonces unos 24 o 25 años. Él ya me acompañaba a todos los sitios, formando parte de mis aventuras y desventuras, junto al nuevo grupo de amigos al que me había integrado y donde la mayoría eran fumadores. Me engañó, el muy rufián. Comenzó a apoderarse de mi mente y todo mi interior. Ya no fumaba en soledad, ni los fines de semana, lo hacía a diario, con aquel ritual tan característico de ofrecer un cigarro y luego que te lo ofrezcan a ti,  entre conversaciones y cervezas, de ese modo, también el control de lo que se fumaba, se perdía con las horas y los días. Sólo, en aquella primera etapa, era consciente de ello al despertarme y sentir la pastosidad en la boca y aquel olor que se impregnaba en mi piel y ropa. Aireaba la habitación y  lavaba la ropa, y el olor de la piel desaparecía bajo la ducha. Sí, de la piel superficial, porque interiormente comenzaba su juego macabro.

Esos fueron mis inicios, de los que siempre me arrepentiré, pero dicen que lo bueno es saber darse cuenta y frenar, aunque el mal provocado por él, lo haya tenido que sufrir.