miércoles, 16 de septiembre de 2026

COYOTE vs ACME: CRÍTICA DE CINE

Coyote vs. Acme está dirigida por Dave Green con guion de Samy Burch e Ian Franzier. “¿Hay alguien en el mundo entero al que le importe lo más mínimo lo que le pase al Coyote?”

En esta ocasión, encontramos a un Wile E. Coyote completamente desesperado: cada uno de los productos que compra a la corporación ACME falla estrepitosamente, incluso estallándole en su cara e impidiéndole alcanzar al escurridizo Correcaminos. Decidido a cambiar su suerte, el Coyote descubre en televisión el anuncio de Kevin Avery (Will Forte), un abogado en horas bajas que, al igual que su bufete, atraviesa una mala racha económica. El icónico personaje animado decide contratar sus servicios, y Kevin se pondrá manos a la obra junto a su sobrina Paige Avery (Lana Condor). Sin embargo, la tarea no será fácil: en el lado contrario del tribunal de justicia se toparán con el todopoderoso equipo legal de Acme Corporation, presidido por el implacable Buddy Crane (John Cena).

No cabe duda de que los maravillosos Looney Tunes y Merrie Melodies siguen cautivando a grandes y pequeños desde hace décadas y que seguramente así continuará en el tiempo, visto lo visto. A los más jóvenes los atrapan porque, sin la menor duda, estos seres animados no envejecen y mantienen intacta su frescura pasen los años que pasen. Para los adultos, en cambio, evocan la dulce nostalgia de un pasado que se reactiva en el presente. De este modo, a lo largo de este divertido filme, desfilarán ante nuestros ojos personajes tan inolvidables como el desquiciado Pato Lucas, el entrañable cerdito Porky, el insoportable Piolín junto a la Abuelita, el altivo Gallo Claudio, el siempre chulesco Bugs Bunny, el eterno cazador Elmer e incluso el loquísimo y mi favorito, el demonio de Tasmania. Sin embargo, en medio de este festival de cameos y secundarios de lujo, quien se lleva todo el triunfo y se corona como la gran estrella de la función es, indiscutiblemente, nuestro querido Coyote.

El gran triunfo narrativo de Coyote vs. Acme radica en el absoluto respeto a la esencia de su personaje. Wile E. Coyote siempre ha sido, junto al Demonio de Tasmania, mi personaje favorito y, paradójicamente, el más humano de la factoría Looney Tunes; un ser que no necesita articular palabra para transmitir frustración, esperanza o determinación. En el filme, esta regla de oro se mantiene intacta: el Coyote no habla, sirviéndose apenas de sus icónicos carteles –de los que el guion inteligentemente no abusa– y de una expresividad gestual portentosa que el espectador decodifica al instante. En el estrado, el peso de la palabra recae en su abogado, Kevin Avery. La química entre ambos funciona a la perfección al trazar un arco de complicidad bellísimo y hasta humano: el de dos perdedores natos que arrastran una racha infame pero que se niegan a tirar la toalla.

El juicio se convierte, intencionado o no, en un interesantísimo espejo social. Por un lado, la película pone sobre la mesa una sutil pero agudísima reflexión: la discriminación y la normalización del sufrimiento del personaje animado. El bufete rival alega que, por el mero hecho de ser un “dibujo animado”, su dolor no cuenta porque su función es hacer reír a la audiencia. Esto nos invita, como espectadores, a plantearnos si la violencia clásica en los dibujos animados es un buen ejemplo para los niños o si hemos deshumanizado el sufrimiento ajeno bajo la capa del humor. Por otro lado, la puesta en escena plasma de forma brillante la absoluta prepotencia y el acoso de un bufete de abogados multimillonario y arrogante, dispuestos a aplastar sin piedad a un modesto despacho en crisis que solo busca justicia.

Lejos de quedarse en la superficie del chiste fácil, la película se atreve a introducir valiosas moralejas sobre la resiliencia y la perseverancia, demostrando cómo reunir las fuerzas para levantarse y volver a empezar cuando todo parece perdido. Son instantes que se quedan grabados inconscientemente en la mente del público adulto mientras el más joven, simplemente, se divierte a lo grande.

El éxito de una propuesta híbrida de esta envergadura depende por completo de la credibilidad de su universo, y aquí la interacción entre personajes de tinta y los actores de carne y hueso resulta totalmente orgánica. Lejos de la condescendencia, los humanos tratan a los dibujos animados como a iguales, integrándolos con absoluta naturalidad en el ecosistema cotidiano y legal, e incluso llegando a intimidarlos o presionarlos. Dos ejemplos de esta normalidad institucional son ver al mismísimo Gallo Claudio subiendo al estrado a testificar, o cómo el abogado de la corporación ACME intenta presionar violentamente a Piolín; detalles geniales si tenemos en cuenta lo serio y sagrado que es el acto de testificar en el sistema judicial de los Estados Unidos. Por cierto, ¿No os recuerda la arrogancia del Gallo Claudio a un personaje político de la actualidad?

Dentro del reparto real, John Cena cumple con creces en la piel del extravagante Buddy Crane. Cena compone un villano deliberadamente excesivo, lo cual encaja a la perfección con las extravagancias de un guion que convierte el estrado en una maravillosa farsa. En este tribunal, desde la taquígrafa hasta el mismísimo juez, nadie parece tomarse el litigio completamente en serio; sin embargo, la puesta en escena es lo bastante inteligente como para que los mensajes de calado social queden claros, conviviendo con el humor sin romper jamás la línea cómica. El guion no deja puntada sin hilo y creo me entendéis.

Equilibrando esta balanza de excentricidades encontramos a Lana Condor como Paige Avery. La actriz aporta al bufete de los “perdedores” una bocanada de aire fresco cargada de inocencia y juventud, pero también la dosis justa de sensatez cuando la trama lo precisa. Junto a ellos, el desfile de secundarios de lujo de los Looney Tunes – brillantemente respaldado por el polifacético trabajo de voces de Eric Bauza, eso sí, si veis la película en su versión original– no se percibe como un mero catálogo de cameos gratuitos, sino como un engranaje vivo que reacciona y padece ante las injusticias corporativas, elevando la dinámica de la función.

El apartado técnico y visual de Coyote vs. Acme es, sin duda, otro de sus grandes pilares. El director demuestra una inteligencia soberbia al dosificar los códigos visuales y respetar las reglas de su propio entorno: aquí no existen dos mundos paralelos, sino un único universo compartido donde los dibujos y los humanos coexisten con total normalidad. La gran mayoría de los gags más exagerados se concentran en el prólogo inicial en el desierto, hasta que el coyote se desplaza a la ciudad de Albuquerque –un guiño impagable a las clásicas rutas de Bugs Bunny – para buscar a su abogado. A partir de ahí, la integración de los elementos animados en los escenarios cotidianos resulta asombrosamente natural y orgánica, huyendo del abuso digital para abrazar la fisicidad del porrazo.

Esta simbiosis se apoya en detalles de guion brillantísimos que salpican la puesta en escena: un ejemplo desternillante ocurre en el tribunal cuando el juez, antes de abrir la sesión, visualiza en su maletín dos mazas –la clásica de madera institucional y una de plástico chillón–; tras mirar a la sala y reparar en la presencia del Coyote, opta por la de plástico, cuyo golpe desata el mítico pitido infantil de juguete. Todo en la película opera bajo esta lógica juguetona, potenciado por una fotografía colorida y luminosa de Brandon Trost que exprime tanto la aridez del desierto como la sobriedad de las salas de justicia, y por una vibrante partitura musical de Steven Price que coreografía cada secuencia con el mismo ritmo enérgico que las sinfonías clásicas de los Looney Tunes.

En definitiva, Coyote vs. Acme es un triunfo absoluto de la nostalgia bien entendida jugando con la actualidad más rabiosa. Una comedia familiar inteligentísima que no solo recupera la magia del humor físico clásico, sino que dignifica la figura de su eterno protagonista, demostrando que el verdadero éxito consiste en no dejar de intentarlo. Larga vida al Coyote.

Mi nota es: 8,5

ESTRENO EN ESPAÑA: 18 de septiembre.

PRODUCTORAS: Lin Pictures// Warner Bros.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Beta Fiction Spain.

FILMOGRAFIA: Dave Green, comenzó su carrera dirigiendo cortometrajes independientes y videos musicales en la década de los 2000 que se hicieron virales debido a su estilo humorístico. Debutó con el videoclip “Miles Fisher: This Must Be the Place” y el cortometraje “Meltdown” ambos en (2009). Continúo con otros cortos como “Pinkberry: The Movie” (2010), “Ham Sandwich”, “New Romance” y “Dial M for Murder” todos en (2011) y “Staff Meeting Video: The Movie” (2012). Los videoclips: “T.J. Miller” (2012), “Five Points: Viral Video” (2018). El video “Lowe´s: Plants” (2023) y también cuenta con capítulos de series como “Zombie Roadkill” (2010). Con respecto al largometraje, ha dirigido: “Tierra a Eco” (2014), “Ninja Turtles: Fuera de las sombras” (2016) y este año nos ofrece “Coyote vs. Acme” (2026).

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