Coyote vs. Acme
está dirigida por Dave Green con guion de Samy Burch e Ian Franzier.
“¿Hay alguien en el mundo entero al que le importe lo más mínimo lo que le pase
al Coyote?”
En esta ocasión,
encontramos a un Wile E. Coyote completamente desesperado: cada uno de los
productos que compra a la corporación ACME falla estrepitosamente, incluso
estallándole en su cara e impidiéndole alcanzar al escurridizo Correcaminos.
Decidido a cambiar su suerte, el Coyote descubre en televisión el anuncio de Kevin
Avery (Will Forte), un abogado en horas bajas que, al igual que su
bufete, atraviesa una mala racha económica. El icónico personaje animado decide
contratar sus servicios, y Kevin se pondrá manos a la obra junto a su sobrina
Paige Avery (Lana Condor). Sin embargo, la tarea no será fácil: en el
lado contrario del tribunal de justicia se toparán con el todopoderoso equipo
legal de Acme Corporation, presidido por el implacable Buddy Crane (John
Cena).
No cabe duda de que los
maravillosos Looney Tunes y Merrie Melodies siguen cautivando a grandes y
pequeños desde hace décadas y que seguramente así continuará en el tiempo,
visto lo visto. A los más jóvenes los atrapan porque, sin la menor duda, estos
seres animados no envejecen y mantienen intacta su frescura pasen los años que
pasen. Para los adultos, en cambio, evocan la dulce nostalgia de un pasado que
se reactiva en el presente. De este modo, a lo largo de este divertido filme,
desfilarán ante nuestros ojos personajes tan inolvidables como el desquiciado
Pato Lucas, el entrañable cerdito Porky, el insoportable Piolín junto a la
Abuelita, el altivo Gallo Claudio, el siempre chulesco Bugs Bunny, el eterno
cazador Elmer e incluso el loquísimo y mi favorito, el demonio de Tasmania. Sin
embargo, en medio de este festival de cameos y secundarios de lujo, quien se
lleva todo el triunfo y se corona como la gran estrella de la función es, indiscutiblemente,
nuestro querido Coyote.
El gran triunfo narrativo
de Coyote vs. Acme radica en el absoluto respeto a la esencia de su personaje.
Wile E. Coyote siempre ha sido, junto al Demonio de Tasmania, mi personaje
favorito y, paradójicamente, el más humano de la factoría Looney Tunes; un ser
que no necesita articular palabra para transmitir frustración, esperanza o
determinación. En el filme, esta regla de oro se mantiene intacta: el Coyote no
habla, sirviéndose apenas de sus icónicos carteles –de los que el guion
inteligentemente no abusa– y de una expresividad gestual portentosa que el
espectador decodifica al instante. En el estrado, el peso de la palabra recae
en su abogado, Kevin Avery. La química entre ambos funciona a la perfección al
trazar un arco de complicidad bellísimo y hasta humano: el de dos perdedores
natos que arrastran una racha infame pero que se niegan a tirar la toalla.
El juicio se convierte,
intencionado o no, en un interesantísimo espejo social. Por un lado, la
película pone sobre la mesa una sutil pero agudísima reflexión: la
discriminación y la normalización del sufrimiento del personaje animado. El
bufete rival alega que, por el mero hecho de ser un “dibujo animado”, su dolor
no cuenta porque su función es hacer reír a la audiencia. Esto nos invita, como
espectadores, a plantearnos si la violencia clásica en los dibujos animados es
un buen ejemplo para los niños o si hemos deshumanizado el sufrimiento ajeno
bajo la capa del humor. Por otro lado, la puesta en escena plasma de forma
brillante la absoluta prepotencia y el acoso de un bufete de abogados
multimillonario y arrogante, dispuestos a aplastar sin piedad a un modesto
despacho en crisis que solo busca justicia.
Lejos de quedarse en la
superficie del chiste fácil, la película se atreve a introducir valiosas
moralejas sobre la resiliencia y la perseverancia, demostrando cómo reunir las
fuerzas para levantarse y volver a empezar cuando todo parece perdido. Son
instantes que se quedan grabados inconscientemente en la mente del público
adulto mientras el más joven, simplemente, se divierte a lo grande.
El éxito de una propuesta
híbrida de esta envergadura depende por completo de la credibilidad de su
universo, y aquí la interacción entre personajes de tinta y los actores de
carne y hueso resulta totalmente orgánica. Lejos de la condescendencia, los humanos
tratan a los dibujos animados como a iguales, integrándolos con absoluta
naturalidad en el ecosistema cotidiano y legal, e incluso llegando a
intimidarlos o presionarlos. Dos ejemplos de esta normalidad institucional son
ver al mismísimo Gallo Claudio subiendo al estrado a testificar, o cómo el
abogado de la corporación ACME intenta presionar violentamente a Piolín;
detalles geniales si tenemos en cuenta lo serio y sagrado que es el acto de
testificar en el sistema judicial de los Estados Unidos. Por cierto, ¿No os
recuerda la arrogancia del Gallo Claudio a un personaje político de la actualidad?
Dentro del reparto real, John
Cena cumple con creces en la piel del extravagante Buddy Crane. Cena
compone un villano deliberadamente excesivo, lo cual encaja a la perfección con
las extravagancias de un guion que convierte el estrado en una maravillosa
farsa. En este tribunal, desde la taquígrafa hasta el mismísimo juez, nadie
parece tomarse el litigio completamente en serio; sin embargo, la puesta en
escena es lo bastante inteligente como para que los mensajes de calado social
queden claros, conviviendo con el humor sin romper jamás la línea cómica. El
guion no deja puntada sin hilo y creo me entendéis.
Equilibrando esta balanza
de excentricidades encontramos a Lana Condor como Paige Avery. La actriz
aporta al bufete de los “perdedores” una bocanada de aire fresco cargada de
inocencia y juventud, pero también la dosis justa de sensatez cuando la trama
lo precisa. Junto a ellos, el desfile de secundarios de lujo de los Looney
Tunes – brillantemente respaldado por el polifacético trabajo de voces de Eric
Bauza, eso sí, si veis la película en su versión original– no se percibe
como un mero catálogo de cameos gratuitos, sino como un engranaje vivo que
reacciona y padece ante las injusticias corporativas, elevando la dinámica de
la función.
El apartado técnico y
visual de Coyote vs. Acme es, sin duda, otro de sus grandes pilares. El
director demuestra una inteligencia soberbia al dosificar los códigos visuales
y respetar las reglas de su propio entorno: aquí no existen dos mundos
paralelos, sino un único universo compartido donde los dibujos y los humanos
coexisten con total normalidad. La gran mayoría de los gags más exagerados se
concentran en el prólogo inicial en el desierto, hasta que el coyote se
desplaza a la ciudad de Albuquerque –un guiño impagable a las clásicas rutas de
Bugs Bunny – para buscar a su abogado. A partir de ahí, la integración de los
elementos animados en los escenarios cotidianos resulta asombrosamente natural
y orgánica, huyendo del abuso digital para abrazar la fisicidad del porrazo.
Esta simbiosis se apoya
en detalles de guion brillantísimos que salpican la puesta en escena: un
ejemplo desternillante ocurre en el tribunal cuando el juez, antes de abrir la
sesión, visualiza en su maletín dos mazas –la clásica de madera institucional y
una de plástico chillón–; tras mirar a la sala y reparar en la presencia del
Coyote, opta por la de plástico, cuyo golpe desata el mítico pitido infantil de
juguete. Todo en la película opera bajo esta lógica juguetona, potenciado por
una fotografía colorida y luminosa de Brandon Trost que exprime tanto la
aridez del desierto como la sobriedad de las salas de justicia, y por una
vibrante partitura musical de Steven Price que coreografía cada
secuencia con el mismo ritmo enérgico que las sinfonías clásicas de los Looney
Tunes.
En definitiva, Coyote vs.
Acme es un triunfo absoluto de la nostalgia bien entendida jugando con la
actualidad más rabiosa. Una comedia familiar inteligentísima que no solo
recupera la magia del humor físico clásico, sino que dignifica la figura de su
eterno protagonista, demostrando que el verdadero éxito consiste en no dejar de
intentarlo. Larga vida al Coyote.
Mi nota es: 8,5
ESTRENO EN ESPAÑA: 18 de
septiembre.
PRODUCTORAS: Lin
Pictures// Warner Bros.
DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA:
Beta Fiction Spain.
FILMOGRAFIA: Dave Green, comenzó su carrera dirigiendo cortometrajes independientes y videos musicales en la década de los 2000 que se hicieron virales debido a su estilo humorístico. Debutó con el videoclip “Miles Fisher: This Must Be the Place” y el cortometraje “Meltdown” ambos en (2009). Continúo con otros cortos como “Pinkberry: The Movie” (2010), “Ham Sandwich”, “New Romance” y “Dial M for Murder” todos en (2011) y “Staff Meeting Video: The Movie” (2012). Los videoclips: “T.J. Miller” (2012), “Five Points: Viral Video” (2018). El video “Lowe´s: Plants” (2023) y también cuenta con capítulos de series como “Zombie Roadkill” (2010). Con respecto al largometraje, ha dirigido: “Tierra a Eco” (2014), “Ninja Turtles: Fuera de las sombras” (2016) y este año nos ofrece “Coyote vs. Acme” (2026).

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