Black Box: Vuelo 298
está escrita por Stephen Susco y dirigida por Steven Quale.
Entre las personas a
bordo del Vuelo 298 de Vero Airlines, que cubría el trayecto entre Seattle y
Nueva Orleans, conoceremos a varios de sus pasajeros; entre ellos a Jeremy
Durham (Tom Brittney), quien observa al resto de viajeros, en particular
a un anciano con una larga barba que comienza a toser mientras se encierra en
el baño. Una joven de nombre Chloe (Molly Belle Wright), siente la
necesidad de ir al servicio y, mientras espera a que salga el anciano, se
sienta en la fila opuesta a la de Jeremy y empieza a conversar con él. Cuando
el anciano sale del servicio, entra en pánico, sangra y muere. Conmocionadas
por la repentina muerte del hombre, las auxiliares de vuelo y una agente de
seguridad intentan calmar a los pasajeros, pero el caos no ha hecho más que
comenzar, pues los viajeros van presentando síntomas de una extraña enfermedad
que les hace sangrar por una oreja o por uno de los ojos. ¿Qué está sucediendo
en ese vuelo y más cuando estalla una potente tormenta?
Sin duda, lo que más
impacta de la película es la atmósfera que se logra crear dentro del avión.
Todos hemos viajado en uno alguna vez y sabemos perfectamente lo vulnerables
que somos cuando estamos suspendidos en el aire, encerrados en esa enorme
máquina de metal. No es como viajar en un coche o en un tren; aunque un
accidente en ellos pueda ser igual de mortal, la psicología es distinta.
Imaginar que algo terrible sucede a una altitud de unos 35.000 pies, en mitad
de un trayecto largo, te hiela la sangre, aunque ya estemos acostumbrados
porque: ¿Qué haces en una situación así? ¿Por dónde sales? No hay escapatoria
posible.
Es precisamente en ese
agobio real y cotidiano donde Quale lo apuesta todo. El realizador huye
conscientemente del susto fácil o el jumpscare gratuito, apoyándose en
una banda sonora minuciosamente diseñada por Rory Okey, que sin grandes impactos
sonoros va perforando con astucia nuestros sentidos. A esto se le suma un
sobresaliente apartado cinematográfico. La fotografía utiliza el formato de
pantalla vertical de los móviles de los pasajeros mientras los vemos en el
aeropuerto, durante el embarque e incluso en el interior del avión, reflejando esa
naturalidad de hoy en día de querer grabar todo lo que nos pasa; un recurso que
contrasta hábilmente con el formato panorámico para el resto de la narración. Steven
Quale, quien también es responsable de dicha fotografía, juega astutamente con
el grano, lo digital, la cámara en mano y una paleta donde el azul predomina al
llegar la noche. En el propio decorado del avión sobresalen principalmente dos
colores: grises limpios en la estructura y una gama de azules meticulosa para
los asientos, reposacabezas y puertas de los baños, por poner algunos ejemplos.
La iluminación cobra una importancia vital en el suspense a través de ráfagas
proyectadas en el interior de las nubes y con formas circulares frente al
parabrisas de la cabina, rompiendo la monotonía cromática del interior y
alertando de que algo hay fuera.
En cuanto a la cámara, su
dinamismo es espectacular. Con una excelente elección de planos, la cámara está
siempre donde el espectador quiere que esté, incluso cuando fotografía el
interior de una taza de váter y no se olvida de mostrar nada, no os alarméis,
muy limpia. Juega constantemente con los pasillos recorriendo el avión de punta
a punta: desde la clase económica y el tenso tránsito hacia la altivez de
primera clase, pasando por la cabina del piloto, hasta bajar a la bodega de
carga donde van los perros en sus jaulas, entre otros compartimentos. Acompaña
a los personajes en un enérgico recorrido por las tripas de la aeronave,
mostrando cómo van ocultándose, saliendo y entrando de estos espacios mientras
esos seres misteriosos les persiguen. Esas persecuciones que me gusta denominar
“el juego del gato y el ratón”. Todo está tan milimétricamente calculado que te
hace experimentar la angustia del pasaje sintiéndote, por fortuna, a salvo en
tu butaca.
En lo que respecta al
guion de Stephen Susco, aun con sus pequeñas lagunas y no siendo
demasiado original, salvo el cómo se desarrolla en el interior de ese avión,
posee destellos realmente interesantes y lo más importante, con un ajustado
metraje. Su gran acierto es saber camuflar sus cartas y jugar con el misterio.
Pero, como tantas veces me habréis leído, una atmósfera angustiosa no se
sostiene si el espectador no empatiza con quienes la sufren. Es aquí donde la
película gana enteros gracias a unas interpretaciones muy bien ajustadas a las
exigencias de sus personajes, logrando que el pánico se sienta real y no
artificial. Sin duda, el peso de la función recae sobre un espléndido Tom
Brittney en el papel de Jeremy, pues desde los primeros planos el actor nos
regala una interpretación melancólica y dolorosa cuya pesada carga emocional
vamos descubriendo a lo largo del metraje, a la vez que destila bondad de forma
silenciosa, algo que se hace evidente en la relación de amistad que entabla con
la pequeña Chloe, encarnada por una deliciosa Molly Belle Wright. Ellos
son el corazón y el alma de la cinta.
En definitiva, Black Box:
Vuelo 298 se nos presenta como una propuesta modesta pero inteligentemente
ejecutada, donde la amenaza exterior y lo sobrenatural actúan como el espejo
perfecto del propio drama humano. Mientras pasan los títulos de crédito y tras
lo escuchado, la película nos deja una inquietante reflexión flotando en el ambiente
aún protegido por la oscuridad de la sala: con tanta deshumanización y crueldad
como la que vemos a diario a nuestro alrededor en el mundo real, quizás, para
buscar alguna explicación, bien podría ser verdad, porque de lo contrario…
Mi nota, 7,5
Estreno en España: 4 de
septiembre.
Reparto: Tom Brittney,
Holly White, Betsy-Blue English, Dane Whyte O´Hara, Kaja Chan, Boadicea
Ricketts, Ceallach Spellman, Georgina Leonidas, Hanneke Talbot, Danny Mac,
Molly Belle Wright, Anton Trendafilov y Weronika Rosati.
Productora: Capstone
Pictures// Hammerstone Studios// Inzide Media.
Distribuidora en España:
Vértice 360.
Filmografía: El
supervisor de efectos visuales y director, Steven Quale, comenzó su
carrera como supervisor de efectos visuales y director de segunda unidad. Debutó
con el cortometraje “Darkness” (1988) al que han seguido el telefilme
“Superfire” (2002) y junto a James Cameron en el documental “Misterios del
océano” (2005) para saltar al largometraje con “Destino final 5” (2011), “En el
ojo de la tormenta” (2014), “Renegados” (2017) y este año llega “Black Box:
Vuelo 298” (2026).

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