jueves, 25 de junio de 2026

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MARIA ANTONIETA: CRÍTICA DE CINE

 

La coproducción entre Francia e Italia, Los últimos días de María Antonieta, dirigida por Gianluca Jodice quien comparte guion con Filippo Gravino, nos presenta a la familia real compuesta por Luis XVI (Guillaume Canet), María Antonieta (Mélanie Laurent) sus hijos y Élisabeth, hermana del rey (Aurore Broutin).  El 21 de septiembre de 1792 fueron llevados a La Torre del Temple, a espera de juicio tras la abolición de la monarquía en Francia. La vulnerabilidad y el aislamiento provocan en los miembros de la realeza hacerse preguntas que nunca pensaron hacerse y encontrarse ante el dilema de no hallar respuestas o pensar que no existían; todo ello unos días antes de pasar por el filo de la guillotina.

De entrada, «Le Déluge» (“El Diluvio”) se nos presenta en España bajo una traducción que, a mi modo de ver, resulta errónea y comercialmente confusa. Cambiarlo por Los últimos días de María Antonieta desvirtúa el verdadero foco de la obra, ya que el metraje no se vuelca de forma exclusiva en la reina; al contrario, equilibra la balanza otorgando un peso colosal a la figura del monarca y al declive compartido de la pareja real.

Para narrar este ocaso, Jodice renuncia deliberadamente al artificio histórico tradicional y nos encierra en una propuesta radicalmente teatralizada. Prácticamente la totalidad del film transcurre entre las asfixiantes paredes de la Torre del Temple, donde fueron arrestados a la espera de juicio y muerte posterior. Lejos de mostrarnos estancias desnudas, la puesta en escena nos hace testigos de un espacio de contrastes: salas que aún conservan vestigios de riqueza frente a otras sumidas en el declive y el abandono absoluto.

Al espectador se le niega cualquier vistazo al exterior, convirtiendo la prisión en escenarios donde el “eco” de las palabras y el drama psicológico resuena con mucha más fuerza que el ruido de la propia Revolución Francesa. Además, salvo en un par de ocasiones en las que atisbamos otros rincones, el lugar que habitan está cercado por cordones que limitan férreamente el control de la familia. A mi juicio es una potente ironía visual: el director sitúa al espectador ante una gran sala acordonada – como los típicos cordones de un museo para proteger las obras de arte –, obligando a los antiguos soberanos a subsistir en un minúsculo espacio acotado donde han dejado de ser dioses para convertirse en reliquias bajo vigilancia, en la caída de una monarquía obsoleta.

El verdadero núcleo dramático de la película, al prescindir de esas imágenes que habitualmente asociamos a la Revolución Francesa, se sostiene en la desmitificación absoluta de la realeza. Jodice nos muestra una imagen descarnada, desaliñada y sucia de los monarcas, a quienes de entrada se les humilla privándoles de libertad y de todo privilegio material y simbólico. Resulta demoledor presenciar cómo se ven obligados a asimilar una cotidianidad mundana, teniendo que procesar la idea de habitar una casa normal e incluso verbalizar que ella, una antigua deidad de Versalles, tendrá que aprender a cocinar. Todo claro, si salen con vida, que es la esperanza que tienen.

En este ecosistema de miseria y degradación, las interpretaciones de la pareja protagonista resultan soberbias. Por un lado, Mélanie Laurent, encarnando a María Antonieta, se consume en una fría dignificación del personaje, marcada por miradas melancólicas y por largos y elocuentes silencios que nos invitan a descifrar qué se esconde tras ellos. Por otro, Guillaume Canet esculpe a un Luis XVI que parece flotar en un mundo idealizado. Sin embargo, el guion huye de la caricatura: ese aislamiento mental del rey no es cobardía, cinismo ni locura, sino una pesada coraza autoimpuesta para proteger la entereza de los suyos y, por encima de todo, anestesiar a sus hijos ante el terrible trance que están viviendo. La escena de la proyección sobre la pared, y lo que de ella desemboca, nos revela – por si no éramos conscientes de ello – la cruda realidad que el monarca intenta ocultar a los demás. Esta intimidad familiar, inspirada de forma explícita en los créditos iniciales en el diario de Jean-Baptiste Cléry (Fabrizio Rongione) – el fiel ayuda de cámara del monarca –, nos sumerge en una constante duda sobre qué hay de impostura y qué de verdad en la intimidad de este matrimonio roto por los avatares de la vida. Pues no todos llegamos a conocer lo sucedido en ese periodo histórico.

La estructura formal de la obra está milimétricamente calculada para acompañar la degradación de los personajes, dividiéndose de forma explícita en tres actos o partes cruciales: 1. Los dioses, 2. Los hombres y 3. Los muertos. En este viaje hacia el abismo, la desconexión con el exterior es casi total, rompiéndose únicamente en momentos de un impacto sobrecogedor. Ejemplo de ello es la perturbadora audiencia que el monarca concede a un grupo de ciudadanos; sin destripar nada, se nos brinda una escena asfixiante que no sirve para retratar la política exterior de la calle, sino para sacudir la falsa realidad del monarca al recibir el regalo del pueblo.

Esta transición psicológica y trágica encuentra su reflejo perfecto en el extraordinario apartado técnico de la película. La fotografía de Daniele Ciprì juega un papel fundamental a la hora de construir la atmósfera del largometraje. Mediante una iluminación taciturna y melancólica, Cipri captura con maestría el ocaso de una era. El uso inteligente de planos cortos y medios nos introduce a la fuerza en la intimidad familiar, rompiendo ese cordón, mientras que los planos detalle actúan como precisos bisturís visuales que capturan la rotura de los objetos, el ritual de vestir a los monarcas e incluso la pérdida de la dignidad. Todo ello se enfatiza con una maravillosa evolución cromática: la obra arranca con una paleta de colores apagados donde los tonos grana – símbolo del poder monárquico que se resiste a morir – destacan con fuerza, para terminar evaporándose progresivamente conforme avanza el metraje, dejando la pantalla en una atmósfera tan desaturada que roza el blanco y negro en algunos de sus tramos.

Mi nota es: 8

ESTRENO EN ESPAÑA: 26 de junio.

REPARTO: Guillaume Canet, Mélanie Laurent, Aurore Broutin, Hugo Dillon, Fabrizio Rongione, Anouk Darwin Homewood, Tom Hudson, Roxane Duran, Vidal Arzoni, Thierry Barbet, Vincent de Bouard, Fabrice Eberhard, Jean Franco, Jérôme Chappatte, Jean-Louis Barcelona, Jérôme Pouly, Christophe Perez, Ambre Munié, Martine Demaret, Christope Favre, Nicolas Buchoux, Pierre Cevaer, Ferdinand Niquet-Rioux, valentin Riot-Sarcey, Federico Benvenuti, Ervin Aureillan, Andrea Fedele, Salvatore Coscione, Davide Robasto, Domenico Schettino, Vincenzo Valenti, Luca Porta, Emanuele Falla, Alessandro Sansone, Domenico Sfredda, Paolo Bergonzi, Gregory Colla, Claudio Ghiano, Giuseppe Sanna, Davide Barrera, Matteo Marucco, Alessio Piedinovi, GiuseppeNuzzaci, Andrea Becchi, Alessandro Coggiola, Andrea Fenoglio, Oscar Maria Tesauro, Elena Gilardi, Domenico Inzitari, Christine Bonaldo, Claudiu Stanca y Andrea Bergoglio.

PRODUCTORA: Ascent Film// Quad.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: FILMAX.

FILMOGRAFIA: El guionista y director Gianluca Jodice, se licenció en Filosofía por la Universidad de Nápoles Federico II y comenzó su carrera con los cortometrajes “Infinidad” (1995), “Carne de rata” (1998) y  “Ritratto di bambino” (2002). El documental “En busca de la gran belleza” (2014), “El poeta y el espía” (2020) y “Los últimos días de María Antonieta” (2024).

No hay comentarios:

Publicar un comentario