La coproducción entre
Francia e Italia, Los últimos días de
María Antonieta, dirigida por Gianluca
Jodice quien comparte guion con Filippo
Gravino, nos presenta a la familia real compuesta por Luis XVI (Guillaume Canet), María Antonieta (Mélanie Laurent) sus hijos y Élisabeth,
hermana del rey (Aurore Broutin). El 21 de septiembre de 1792 fueron llevados a
La Torre del Temple, a espera de juicio tras la abolición de la monarquía en
Francia. La vulnerabilidad y el aislamiento provocan en los miembros de la
realeza hacerse preguntas que nunca pensaron hacerse y encontrarse ante el
dilema de no hallar respuestas o pensar que no existían; todo ello unos días
antes de pasar por el filo de la guillotina.
De entrada, «Le Déluge» (“El Diluvio”) se nos
presenta en España bajo una traducción que, a mi modo de ver, resulta errónea y
comercialmente confusa. Cambiarlo por Los últimos días de María Antonieta
desvirtúa el verdadero foco de la obra, ya que el metraje no se vuelca de forma
exclusiva en la reina; al contrario, equilibra la balanza otorgando un peso
colosal a la figura del monarca y al declive compartido de la pareja real.
Para narrar este ocaso,
Jodice renuncia deliberadamente al artificio histórico tradicional y nos
encierra en una propuesta radicalmente teatralizada. Prácticamente la totalidad
del film transcurre entre las asfixiantes paredes de la Torre del Temple, donde
fueron arrestados a la espera de juicio y muerte posterior. Lejos de mostrarnos
estancias desnudas, la puesta en escena nos hace testigos de un espacio de
contrastes: salas que aún conservan vestigios de riqueza frente a otras sumidas
en el declive y el abandono absoluto.
Al espectador se le niega
cualquier vistazo al exterior, convirtiendo la prisión en escenarios donde el
“eco” de las palabras y el drama psicológico resuena con mucha más fuerza que
el ruido de la propia Revolución Francesa. Además, salvo en un par de ocasiones
en las que atisbamos otros rincones, el lugar que habitan está cercado por
cordones que limitan férreamente el control de la familia. A mi juicio es una
potente ironía visual: el director sitúa al espectador ante una gran sala
acordonada – como los típicos cordones de un museo para proteger las obras de
arte –, obligando a los antiguos soberanos a subsistir en un minúsculo espacio
acotado donde han dejado de ser dioses para convertirse en reliquias bajo
vigilancia, en la caída de una monarquía obsoleta.
El verdadero núcleo
dramático de la película, al prescindir de esas imágenes que habitualmente
asociamos a la Revolución Francesa, se sostiene en la desmitificación absoluta
de la realeza. Jodice nos muestra una imagen descarnada, desaliñada y sucia de
los monarcas, a quienes de entrada se les humilla privándoles de libertad y de
todo privilegio material y simbólico. Resulta demoledor presenciar cómo se ven
obligados a asimilar una cotidianidad mundana, teniendo que procesar la idea de
habitar una casa normal e incluso verbalizar que ella, una antigua deidad de
Versalles, tendrá que aprender a cocinar. Todo claro, si salen con vida, que es
la esperanza que tienen.
En este ecosistema de
miseria y degradación, las interpretaciones de la pareja protagonista resultan
soberbias. Por un lado, Mélanie Laurent,
encarnando a María Antonieta, se consume en una fría dignificación del
personaje, marcada por miradas melancólicas y por largos y elocuentes silencios
que nos invitan a descifrar qué se esconde tras ellos. Por otro, Guillaume Canet esculpe a un Luis XVI
que parece flotar en un mundo idealizado. Sin embargo, el guion huye de la
caricatura: ese aislamiento mental del rey no es cobardía, cinismo ni locura,
sino una pesada coraza autoimpuesta para proteger la entereza de los suyos y,
por encima de todo, anestesiar a sus hijos ante el terrible trance que están
viviendo. La escena de la proyección sobre la pared, y lo que de ella
desemboca, nos revela – por si no éramos conscientes de ello – la cruda
realidad que el monarca intenta ocultar a los demás. Esta intimidad familiar,
inspirada de forma explícita en los créditos iniciales en el diario de
Jean-Baptiste Cléry (Fabrizio Rongione)
– el fiel ayuda de cámara del monarca –, nos sumerge en una constante duda
sobre qué hay de impostura y qué de verdad en la intimidad de este matrimonio
roto por los avatares de la vida. Pues no todos llegamos a conocer lo sucedido
en ese periodo histórico.
La estructura formal de
la obra está milimétricamente calculada para acompañar la degradación de los
personajes, dividiéndose de forma explícita en tres actos o partes cruciales:
1. Los dioses, 2. Los hombres y 3. Los muertos. En este viaje hacia el abismo,
la desconexión con el exterior es casi total, rompiéndose únicamente en
momentos de un impacto sobrecogedor. Ejemplo de ello es la perturbadora
audiencia que el monarca concede a un grupo de ciudadanos; sin destripar nada,
se nos brinda una escena asfixiante que no sirve para retratar la política
exterior de la calle, sino para sacudir la falsa realidad del monarca al
recibir el regalo del pueblo.
Esta transición
psicológica y trágica encuentra su reflejo perfecto en el extraordinario
apartado técnico de la película. La fotografía de Daniele Ciprì juega un papel fundamental a la hora de construir la
atmósfera del largometraje. Mediante una iluminación taciturna y melancólica,
Cipri captura con maestría el ocaso de una era. El uso inteligente de planos
cortos y medios nos introduce a la fuerza en la intimidad familiar, rompiendo
ese cordón, mientras que los planos detalle actúan como precisos bisturís
visuales que capturan la rotura de los objetos, el ritual de vestir a los
monarcas e incluso la pérdida de la dignidad. Todo ello se enfatiza con una
maravillosa evolución cromática: la obra arranca con una paleta de colores
apagados donde los tonos grana – símbolo del poder monárquico que se resiste a
morir – destacan con fuerza, para terminar evaporándose progresivamente
conforme avanza el metraje, dejando la pantalla en una atmósfera tan desaturada
que roza el blanco y negro en algunos de sus tramos.
Mi nota es: 8
ESTRENO EN ESPAÑA: 26 de
junio.
REPARTO: Guillaume Canet,
Mélanie Laurent, Aurore Broutin, Hugo Dillon, Fabrizio Rongione, Anouk Darwin
Homewood, Tom Hudson, Roxane Duran, Vidal Arzoni, Thierry Barbet, Vincent de
Bouard, Fabrice Eberhard, Jean Franco, Jérôme Chappatte, Jean-Louis Barcelona,
Jérôme Pouly, Christophe Perez, Ambre Munié, Martine Demaret, Christope Favre,
Nicolas Buchoux, Pierre Cevaer, Ferdinand Niquet-Rioux, valentin Riot-Sarcey,
Federico Benvenuti, Ervin Aureillan, Andrea Fedele, Salvatore Coscione, Davide
Robasto, Domenico Schettino, Vincenzo Valenti, Luca Porta, Emanuele Falla,
Alessandro Sansone, Domenico Sfredda, Paolo Bergonzi, Gregory Colla, Claudio
Ghiano, Giuseppe Sanna, Davide Barrera, Matteo Marucco, Alessio Piedinovi,
GiuseppeNuzzaci, Andrea Becchi, Alessandro Coggiola, Andrea Fenoglio, Oscar
Maria Tesauro, Elena Gilardi, Domenico Inzitari, Christine Bonaldo, Claudiu
Stanca y Andrea Bergoglio.
PRODUCTORA: Ascent Film//
Quad.
DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA:
FILMAX.
FILMOGRAFIA: El guionista y director Gianluca Jodice, se licenció en Filosofía por la Universidad de Nápoles Federico II y comenzó su carrera con los cortometrajes “Infinidad” (1995), “Carne de rata” (1998) y “Ritratto di bambino” (2002). El documental “En busca de la gran belleza” (2014), “El poeta y el espía” (2020) y “Los últimos días de María Antonieta” (2024).

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