miércoles, 3 de junio de 2026

THE BACKROOMS: CRITICA DE CINE

Backrooms está dirigida por el joven prodigio Kane Parsons con guion de Roberto Patino y William Bromell. “Cuando la curiosidad cruza la línea hacia el abismo psicológico”

La historia nos presenta a Clark (Chiwetel Ejiofor), el dueño de una tienda de muebles que incluso protagoniza sus propios anuncios, vestido de pirata. Su vida cambia drásticamente cuando, guiado por unos extraños ruidos en el sótano, descubre que su mano – y después el resto de su cuerpo – puede atravesar una de las paredes sin esfuerzo.

Al otro lado le aguarda una bizarra realidad: un entorno monocromático donde las paredes, el suelo y el techo están pintados o empapelados de amarillo, este último compuesto por paneles LED luminosos, por donde se filtra una potente luz artificial. Clark se va internando en un laberinto infinito de pasillos, salas, rampas imposibles, fosos e incluso puertas diminutas por las que debe arrastrarse. Todo ello bajo una atmósfera claustrofóbica plagada de extraños  sonidos y conversaciones ininteligibles. Obsesionado por el lugar, Clark traza con tiza la silueta de una puerta a un lado y al otro para cartografiar su único punto de retorno. Sin embargo, cuando le confiesa el hallazgo a su terapeuta, la Dra. Mary Kline (Renate Reinsve), esta se muestra escéptica. Decidido a demostrar la verdad, Clark regresa al sótano acompañado por su empleada Kat (Lukita Maxwell) y el novio de esta, Bobby (Finn Bennett), quien siempre graba los anuncios de la tienda y que esta vez tendrá la misión de registrar en vídeo todo lo que acontece al otro lado. ¿Qué terrible misterio se esconde realmente bajo el suelo de su negocio?

Estamos ante un filme que te mantiene en tensión constante, logrando que la respiración se debata entre la alteración y el sosiego desde el primer minuto; como esperando no ser vistos ni escuchados, como invisibles a todos y todo. Parsons consigue provocar en el espectador una adicción casi masoquista a lo desconocido y asfixiante por donde transitan los miedos, las frustraciones, las pérdidas o las adicciones; un magnetismo perturbador alimentado por el terror constante de que el laberinto atrape definitivamente al protagonista… y a nosotros con él. Lo cierto es que, aunque desde la comodidad de la butaca y de ese aire acondicionado que nos refresca y nos vuelve a la realidad, en el momento en que la pantalla te abduce, todas las alertas psicológicas se disparan como las púas de un puercoespín, ante un peligro eminente.

Más allá de los pasillos interminables, el verdadero triunfo del filme reside en un diseño de producción extraordinario que transforma el laberinto en una bizarra galería de arte abstracto, de pesadilla y que se percibe viva. Cada rincón respira por sí mismo y, me atrevería a decir, con una personalidad propia. Parsons y su equipo salpican el vacío monocromático con composiciones visuales tan perturbadoras como fascinantes: desde salas desiertas donde solo descansa un sillón clásico contra una pared, hasta suelos en los cuales yacen clavados zapatos inconexos entre mesas minimalistas, pasando por una desconcertante señal de STOP a la entrada de una de las salas o timones de madera adornando algunas paredes. El más elegante de los horrores psicológicos alcanza su cénit surrealista en estancias donde un árbol de Navidad iluminado reproduce un inquietante villancico rodeado de muñecos rotos esparcidos por el suelo.

El filme se apoya en una fotografía soberbia de Jeremy Cox – enriquecida desde el inicio por el uso de una singular cámara subjetiva que luego alterna con el crudo realismo de la cámara en mano cuando Bobby enciende su lente para registrar ese espacio fantasmagórico –, y una banda sonora en la partitura de Kane Parsons y Edo Van Breemen, que mantiene al espectador en un estado de alerta perenne. La película juega con nuestra mente a través de la arquitectura de líneas muy rectas, rotas apenas por algunos pequeños arcos.  Incluso esos ventanales altos que sugieren un idílico jardín exterior añaden una capa extra de inquietud: están sellados con barrotes por fuera, lo que confirma de forma demoledora que, aun rompiendo el cristal, la huida es imposible. Todo un laberinto carcelario que contrasta con la mundana realidad de la tienda de muebles de Clark al otro lado del umbral. El director parece haber querido jugar con la lógica distorsionada de Alicia en el país de las maravillas para arrastrarnos hacia su propia pesadilla. Una pesadilla moderna e irrespirable, de miedos no superados.

En el plano actoral, el largometraje se sostiene con una solidez incontestable gracias a unos duelos dialécticos de una enorme carga psicológica. Aunque Renate Reinsve cumple con creces entregando una réplica impecable como esa terapeuta atrapada en el escepticismo –  hasta que se ve obligada a enfrentarse a él, llevada por su pasado –,  el verdadero motor de la función es un excelente Chiwetel Ejiofor. El actor británico carga con todo el peso de la obra sobre sus hombros y lo defiende con una dignidad encomiable; Clark siente un miedo profundamente humano y atroz, pero la necesidad de hallar respuestas a lo que late bajo su comercio le empuja a seguir adelante.

Su interpretación es tan hipnótica que el espectador se convierte en su sombra: le seguimos a cada rincón, aguantamos la respiración al unísono cuando él lo hace e, inevitablemente, nos descubrimos intentando advertirle desde nuestra zona de confort, nuestra mente, que no juegue demasiado con el abismo, pues está a punto de ser engullido. Porque se puede ser atrevido en la vida, pero en ocasiones la curiosidad cruza una línea peligrosa y termina siendo devorado por el laberinto que alberga y custodia nuestra mente. Asimismo, cabe destacar el notable trabajo de los jóvenes Lukita Maxwell y Finn Bennett, quienes se convierten en un soporte vital para el protagonista y ese viacrucis que se ha cargado voluntariamente a la espalda; la naturalidad de sus personajes no solo sirven de perfecto apoyo interpretativo, sino que con su complicidad empujan con fuerza tanto el ritmo de la trama como la propia obsesión de Clark.

Para terminar, lo mejor de Backrooms es su capacidad inaudita para construir un terror psicológico puro y existencial que prescinde de sustos fáciles de Hollywood. Es una obra que desconcierta profundamente por cómo juega con la ambigüedad, las dimensiones, las puertas y ese inquietante mundo de la mente y quizás dimensional, planteando una bizarra premisa que rompe con la lógica convencional. Kane Parsons logra que el espectador quede completamente atrapado en la desquiciante belleza abstracta de su diseño de producción y una propuesta diferente y magnética que nos abduce sin remedio y demuestra que el lore de internet tiene un futuro brillante en la gran pantalla. Una cita obligada para quienes se atrevan a cuestionar los límites de nuestra propia realidad, como siempre digo y no solo yo: No estamos solos.

MI NOTA ES: 8

ESTRENO EN ESPAÑA: 5 de junio.

REPARTO: Renate Reinsve, Chiwetel Ejiofor, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell, Avan Jogia, Chelah Horsdal, Milania Kerr, Toby Hargrave, Philip Granger y Patrick Baynham.

PRODUCTORA: A24// Atomic Monster// 21 Laps Entertainment// Chernin Entertainment// Oddfellows Pictures.

DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Elástica Films.

FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: El director y YouTuber, Kane Parsons, saltó a la fama por sus películas basadas en Backrooms y animaciones basadas en Attack on Titan. Entre sus obras se encuentran: “Corpus Schizophrenic: A Portal 2 Short Film”, y “Late for School” ambas en (2019) y “It`s Nicer Here” (2020). Las miniseries: “Project 209” (2020/21), “Kane Pixels`s Attack on Titan Shorts” (2021). Las series “The Oldest View” (2023/24), “People Still Live Here” (2025), “The Backrooms (Found Footage)” (2022/25) y el video “Instupendo: Live from the Backrooms” (2026) antes de saltar a la dirección con “Backrooms” (2026).

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