Backrooms está dirigida por el joven prodigio Kane
Parsons con guion de Roberto Patino y
William Bromell. “Cuando la
curiosidad cruza la línea hacia el abismo psicológico”
La historia nos presenta a Clark (Chiwetel
Ejiofor), el dueño de una tienda de muebles que incluso protagoniza sus
propios anuncios, vestido de pirata. Su vida cambia drásticamente cuando,
guiado por unos extraños ruidos en el sótano, descubre que su mano – y después
el resto de su cuerpo – puede atravesar una de las paredes sin esfuerzo.
Al otro lado le aguarda una bizarra realidad: un entorno monocromático
donde las paredes, el suelo y el techo están pintados o empapelados de amarillo,
este último compuesto por paneles LED luminosos, por donde se filtra una
potente luz artificial. Clark se va internando en un laberinto infinito de
pasillos, salas, rampas imposibles, fosos e incluso puertas diminutas por las
que debe arrastrarse. Todo ello bajo una atmósfera claustrofóbica plagada de
extraños sonidos y conversaciones
ininteligibles. Obsesionado por el lugar, Clark traza con tiza la silueta de
una puerta a un lado y al otro para cartografiar su único punto de retorno. Sin
embargo, cuando le confiesa el hallazgo a su terapeuta, la Dra. Mary Kline (Renate Reinsve), esta se muestra
escéptica. Decidido a demostrar la verdad, Clark regresa al sótano acompañado
por su empleada Kat (Lukita Maxwell)
y el novio de esta, Bobby (Finn Bennett),
quien siempre graba los anuncios de la tienda y que esta vez tendrá la misión
de registrar en vídeo todo lo que acontece al otro lado. ¿Qué terrible misterio
se esconde realmente bajo el suelo de su negocio?
Estamos ante un filme que te mantiene en tensión constante, logrando que la
respiración se debata entre la alteración y el sosiego desde el primer minuto;
como esperando no ser vistos ni escuchados, como invisibles a todos y todo. Parsons
consigue provocar en el espectador una adicción casi masoquista a lo
desconocido y asfixiante por donde transitan los miedos, las frustraciones, las
pérdidas o las adicciones; un magnetismo perturbador alimentado por el terror
constante de que el laberinto atrape definitivamente al protagonista… y a
nosotros con él. Lo cierto es que, aunque desde la comodidad de la butaca y de
ese aire acondicionado que nos refresca y nos vuelve a la realidad, en el
momento en que la pantalla te abduce, todas las alertas psicológicas se
disparan como las púas de un puercoespín, ante un peligro eminente.
Más allá de los pasillos interminables, el verdadero triunfo del filme
reside en un diseño de producción extraordinario que transforma el laberinto en
una bizarra galería de arte abstracto, de pesadilla y que se percibe viva. Cada
rincón respira por sí mismo y, me atrevería a decir, con una personalidad
propia. Parsons y su equipo salpican el vacío monocromático con composiciones
visuales tan perturbadoras como fascinantes: desde salas desiertas donde solo
descansa un sillón clásico contra una pared, hasta suelos en los cuales yacen
clavados zapatos inconexos entre mesas minimalistas, pasando por una
desconcertante señal de STOP a la entrada de una de las salas o timones de
madera adornando algunas paredes. El más elegante de los horrores psicológicos
alcanza su cénit surrealista en estancias donde un árbol de Navidad iluminado
reproduce un inquietante villancico rodeado de muñecos rotos esparcidos por el
suelo.
El filme se apoya en una fotografía soberbia de Jeremy Cox – enriquecida desde el inicio por el uso de una singular
cámara subjetiva que luego alterna con el crudo realismo de la cámara en mano cuando
Bobby enciende su lente para registrar ese espacio fantasmagórico –, y una
banda sonora en la partitura de Kane
Parsons y Edo Van Breemen, que
mantiene al espectador en un estado de alerta perenne. La película juega con
nuestra mente a través de la arquitectura de líneas muy rectas, rotas apenas
por algunos pequeños arcos. Incluso esos
ventanales altos que sugieren un idílico jardín exterior añaden una capa extra
de inquietud: están sellados con barrotes por fuera, lo que confirma de forma
demoledora que, aun rompiendo el cristal, la huida es imposible. Todo un
laberinto carcelario que contrasta con la mundana realidad de la tienda de
muebles de Clark al otro lado del umbral. El director parece haber querido jugar
con la lógica distorsionada de Alicia en
el país de las maravillas para arrastrarnos hacia su propia pesadilla. Una
pesadilla moderna e irrespirable, de miedos no superados.
En el plano actoral, el largometraje se sostiene con una solidez
incontestable gracias a unos duelos dialécticos de una enorme carga
psicológica. Aunque Renate Reinsve
cumple con creces entregando una réplica impecable como esa terapeuta atrapada
en el escepticismo – hasta que se ve
obligada a enfrentarse a él, llevada por su pasado –, el verdadero motor de la función es un
excelente Chiwetel Ejiofor. El actor
británico carga con todo el peso de la obra sobre sus hombros y lo defiende con
una dignidad encomiable; Clark siente un miedo profundamente humano y atroz,
pero la necesidad de hallar respuestas a lo que late bajo su comercio le empuja
a seguir adelante.
Su interpretación es tan hipnótica que el espectador se convierte en su
sombra: le seguimos a cada rincón, aguantamos la respiración al unísono cuando
él lo hace e, inevitablemente, nos descubrimos intentando advertirle desde
nuestra zona de confort, nuestra mente, que no juegue demasiado con el abismo,
pues está a punto de ser engullido. Porque se puede ser atrevido en la vida,
pero en ocasiones la curiosidad cruza una línea peligrosa y termina siendo
devorado por el laberinto que alberga y custodia nuestra mente. Asimismo, cabe
destacar el notable trabajo de los jóvenes Lukita
Maxwell y Finn Bennett, quienes
se convierten en un soporte vital para el protagonista y ese viacrucis que se
ha cargado voluntariamente a la espalda; la naturalidad de sus personajes no
solo sirven de perfecto apoyo interpretativo, sino que con su complicidad
empujan con fuerza tanto el ritmo de la trama como la propia obsesión de Clark.
Para terminar, lo mejor de Backrooms es su capacidad inaudita para
construir un terror psicológico puro y existencial que prescinde de sustos
fáciles de Hollywood. Es una obra que desconcierta profundamente por cómo juega
con la ambigüedad, las dimensiones, las puertas y ese inquietante mundo de la
mente y quizás dimensional, planteando una bizarra premisa que rompe con la
lógica convencional. Kane Parsons logra que el espectador quede completamente
atrapado en la desquiciante belleza abstracta de su diseño de producción y una
propuesta diferente y magnética que nos abduce sin remedio y demuestra que el lore de internet tiene un futuro
brillante en la gran pantalla. Una cita obligada para quienes se atrevan a
cuestionar los límites de nuestra propia realidad, como siempre digo y no solo
yo: No estamos solos.
MI NOTA ES: 8
ESTRENO EN ESPAÑA: 5 de junio.
REPARTO: Renate Reinsve, Chiwetel Ejiofor, Mark Duplass, Finn Bennett,
Lukita Maxwell, Avan Jogia, Chelah Horsdal, Milania Kerr, Toby Hargrave, Philip
Granger y Patrick Baynham.
PRODUCTORA: A24// Atomic
Monster// 21 Laps Entertainment// Chernin Entertainment// Oddfellows Pictures.
DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA: Elástica Films.
FILMOGRAFIA DEL DIRECTOR: El director y YouTuber, Kane Parsons, saltó a la fama por sus películas basadas en
Backrooms y animaciones basadas en Attack on Titan. Entre sus obras se
encuentran: “Corpus Schizophrenic: A Portal 2 Short Film”, y “Late for School”
ambas en (2019) y “It`s Nicer Here” (2020). Las miniseries: “Project 209” (2020/21), “Kane
Pixels`s Attack on Titan Shorts” (2021). Las series “The Oldest View”
(2023/24), “People Still Live Here” (2025), “The Backrooms (Found Footage)”
(2022/25) y el video “Instupendo: Live from the Backrooms” (2026) antes de
saltar a la dirección con “Backrooms” (2026).

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