La coproducción entre
Reino Unido y Estados Unidos, Mother Mary, está escrita y dirigida por David
Lowery. “Un filme evocador que grita al alma y clama al intelecto”
En ella, la actriz Anne
Hathaway da vida a un icono del pop de fama mundial que prepara su regreso
a los escenarios tras haber sufrido un accidente. Asfixiada por la presión –en
particular, unas pruebas de vestuario con las que no está de acuerdo–, decide
alejarse del ruido mediático en busca de la diseñadora de moda Sam Anselm (Michaela
Coel). Sam, una mujer arrogante, altiva y muy segura de sí misma y del
oficio que profesa, le pregunta por qué quiere que le haga un vestido cuando ya
ha sido vestida por los mejores del mundo. Tras una conversación tirante,
acepta el encargo, pero bajo una condición: Mary deberá someterse a un estricto
cuestionario para lograr una pieza única y exclusiva. Así, ambas se sumergen
entre las paredes de un viejo granero que Sam ha reconvertido en taller.
Es en este terreno de la
puesta en escena donde Mother Mary termina de hipnotizar al espectador, tras el
primer número musical en un escenario de un gran concierto y gracias a la audaz
introducción de un elemento sobrenatural que Lowery maneja con una elegancia
sobrecogedora. No estamos ante un terror convencional, sino ante la
materialización poética del trauma y la culpa: un fantasma volátil, elegante y
sugerente, hecho de una ligera gasa roja que vuela al viento como si bailara en
el espacio, acompañado por una misteriosa esfera del mismo color. Una entidad
que me hace pensar en la representación física de la asfixia emocional que
ahoga a Mary, un parásito nacido del dolor que habita en las entrañas de su
relación con Sam.
Lowery regala al
espectador secuencias de una belleza plástica impresionante, como ese ritual
casi mágico y magnético alrededor de un círculo blanco pintado en el suelo del
taller, donde el dolor interior se convierte literalmente en físico. La
película juega de forma brillante con la composición del plano, la geometría de
la pantalla y los espacios físicos y etéreos para escenificar la codependencia
de ambas mujeres.
A través de esta
prodigiosa arquitectura visual, el director logra que la tela roja funcione
como un cordón umbilical artístico y emocional que las mantiene unidas por los
extremos, incluso en una distancia que va más allá de lo físico. Es un ejercicio
visual fascinante en el que el diseño de vestuario, cada marca con la tiza
blanca y corte con la tijera sobre la tela, los sonidos limpios y la propia
mitología pop se fusionan para escenificar un exorcismo del alma.
El magnetismo que
desprende el reencuentro de las protagonistas se ve potenciado de forma
magistral por un apartado técnico y estético descomunal, donde la música y la
fotografía e incluso la ausencia de banda sonora en algunos instantes –en los
que los sonidos de la tijera cortando el tejido, el susurro del tejido al ser
acariciado por la mano o los ruidos naturales del espacio, se convierten en
personajes de excepción– juegan un papel crucial. En el plano visual, el
trabajo a cuatro manos de los directores de fotografía, Andrew Droz Palermo y
Rina Yang, es sencillamente de una belleza deslumbrante. La película juega
constantemente a descolocar al espectador mediante un uso de la luz y el color
lleno de contrastes dramáticos: pasamos de la frialdad eléctrica del gran
concierto, dominado por luces de neón, láseres invasivos y una paleta donde
predominan los rojos intensos y los azules profundos, a la absoluta sobriedad
del taller de costura. Allí, la imagen se refugia en la austeridad de unas
paredes marrones tierra y una iluminación orgánica que invita a la
introspección y al aislamiento.
Esta dualidad cromática y
espacial encuentra su eco perfecto en el apartado sonoro. Más allá de los temas
pop de la diva, que nos abrazan y cortan la respiración, la banda sonora
original compuesta por Daniel Hart es espectacular. Hart, colaborador
habitual del director, teje una atmósfera musical que amplifica el torbellino
interno de Mary y la fijeza implacable de Sam, sirviendo como el pegamento
emocional que une el ruido ensordecedor de los escenarios con el silencio
cargado de reproches de ese viejo granero. Es un despliegue sensorial impecable
que prepara el terreno para que lo cotidiano deje paso a lo puramente
simbólico.
Para finalizar, comentar
que Mother Mary es una de las propuestas más valientes, arriesgadas, magnéticas
y perturbadoras del cine contemporáneo reciente y que si dejas que tus sentidos
conecten con ella, la disfrutarás como nunca has pensado. David Lowery vuelve a
demostrar que el cine de autor y la cultura pop pueden fusionarse para crear
algo completamente trascendental, cuando un guion está escrito con mimo y
sentimiento. No es una película para públicos que busquen un entretenimiento
convencional o respuestas masticadas; es una obra exigente que requiere dejarse
llevar por su atmósfera, sus silencios y su simbología. Una experiencia
cinematográfica total que se clava en la retina y se instala en el pensamiento
mucho después de que se enciendan todas las luces de la sala. Yo la he definido
como “un filme que grita al alma, que llora al corazón y que clama al intelecto”
Mi nota es: 8
ESTRENO EN ESPAÑA: 28 de
julio.
REPARTO: Anne Hathaway,
Michaela Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs, Kaia Gerber, Atheena Frizzell,
Jessica Brown Findlay, Isaura Barbé-Brown, Sian Clifford y Alba Baptista.
PRODUCTORA: A24//
Augenschein Filmproduktion// Homebird Productions// Sailor Bear// First Look.
DISTRIBUIDORA EN ESPAÑA:
Elástica Films.

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