En el corazón de la
bestia, dirigida por David Ayer y con guion de Cameron
Alexander.
En mitad de una carretera
solitaria, una joven detiene su automóvil y se queda observando a un pastor
alemán que permanece quieto frente a ella. La historia nos traslada entonces a
una semana atrás en el tiempo. James Belmont (Brad Pitt), un oficial
retirado de las Fuerzas Especiales, pilota un hidroavión rumbo a Alaska junto a
Odín, su fiel perro de combate –el mismo animal que acabamos de ver en la
carretera–. La tragedia se desata en pleno vuelo cuando James sufre un
repentino infarto que le hace perder el control del aparato, provocando que se
estrelle contra el agua. Tras lograr salir con vida del fuselaje y
estabilizarse, James llama a gritos a su compañero, localizándolo herido en
mitad de la espesura del bosque. A partir de ese instante, y arrastrando las
secuelas del ataque cardíaco, hombre y animal emprenderán un agónico viaje de
supervivencia a través de la implacable naturaleza salvaje, en un trayecto que
pondrá a prueba sus límites físicos y mentales, mientras forjan un vínculo
inquebrantable que se convertirá en su única posibilidad de regresar a la
civilización.
David Ayer maneja los
tiempos de la narración con una precisión quirúrgica, cocinando a fuego lento
la tragedia y el dolor. Lejos de optar por el efectismo rápido, la cinta se
toma su tiempo para instalarnos en el aislamiento de Alaska junto a James
Belmont y Odín. Es en este inicio donde la película respira, regalándonos
momentos de una gran belleza cotidiana y cómplice, como la simpática e
inesperada escena en la que Odín sorprende a James atrapando un pez de gran
tamaño con la boca; un destello de ligereza que alivia la tensión y afianza el
apego del público hacia el animal.
Sin embargo, el verdadero
triunfo de este primer acto radica en la sutil construcción del colapso físico
de Belmont, un papel que le viene como anillo al dedo a un Brad Pitt que nos
regala una madurez interpretativa verdaderamente impresionante. Ayer siembra
pistas magistrales: esos gestos mudos de Belmont tocándose el pecho y el hombro
que, en un primer momento, el espectador puede atribuir a las secuelas de su
pasado militar. La revelación de que esos dolores eran el preludio de un
infarto en pleno vuelo golpea con una fuerza tremenda en una escena
sobrecogedora.
El verdadero corazón
emocional de la película late en la desgarradora complicidad que se forja entre
sus dos protagonistas. David Ayer introduce un elemento visual y dramático
portentoso: Odín no es solo un acompañante, es un soldado mutilado al que le falta
una pata, sustituida por una moderna prótesis metálica. Este detalle físico equipara al animal con James
Belmont; ambos son náufragos de la misma guerra, rotos por dentro y por fuera.
Dos solitarios que se necesitan para curar sus heridas en silencio. El
Trastorno de Estrés Postraumático que comparten se materializa en una serie de
pesadillas filmadas en un tono sepia muy real. Lejos de ser meros recuerdos
estáticos, estas imágenes funcionan como un rompecabezas fragmentado que va
cobrando cuerpo y construyéndose poco a poco ante el espectador a medida que
avanza el metraje.
En
este hostil escenario, el guion huye de la sensiblería barata para refugiarse
en la sutileza. El sufrimiento de Odín se expresa a través de unas miradas
silenciosas, brutales, estremecedoras y desbordantes de una profunda humanidad,
al igual que las lamidas constantes en la cara de James. La química entre Pitt
y el animal es magistral; cuando el perro despierta intranquilo a causa de los
fantasmas del pasado, James lo devuelve a la realidad acariciándolo y
susurrándole que todo aquello ya pasó, que es hora de olvidar. Es en ese
lenguaje mudo, donde el animal parece comprender cada caricia y cada palabra,
donde la película alcanza sus cotas dramáticas más altas y conmovedoras.
Más
allá de su poderoso trasfondo dramático, la película funciona como un mecanismo
de tensión impecable cuando se adentra en el cine de supervivencia más puro.
David Ayer no da tregua al espectador ni suaviza la crueldad de la naturaleza
salvaje de Alaska. La travesía de James y Odín se convierte en una carrera de
obstáculos física y psicológica, donde el director filma con un realismo
sobrecogedor los peligros que acechan en el camino. Desde la imponente y tensa
presencia de la fauna local hasta la brutalidad de una geografía traicionera
marcada por terrenos inundados, pasos imposibles entre troncos caídos y la
furia de unas aguas bravas que se convierten en un enemigo implacable. El
director demuestra una vez más su maestría para rodar la acción física,
transmitiendo al espectador el frío, el cansancio y el dolor de una lucha
desesperada por alcanzar la civilización.
Toca
hablar del envoltorio técnico de la película, que no solo es impecable, sino
que cobra el protagonismo de un personaje invisible que amplifica el torrente
emocional de la historia. La banda sonora de Jared Michael Fry es, en
esta ocasión, el auténtico latir del corazón del film. Con una partitura suave
y penetrante a la vez, Fry compone una melodía que cala en los huesos y se
clava en el cerebro del espectador, transportándolo con una sutil elegancia por
los pasajes más dramáticos, tensos y humanos de la travesía propiamente dicha.
Es una música que sabe ser silenciosa, que escucha al viento y a la naturaleza
cuando la soledad lo requiere, pero que alcanza su cenit absoluto en el tramo
final, fundiéndose de manera sobrecogedora con las imágenes de clausura y la
profunda voz en off de Belmont.
A
este triunfo sonoro se une la portentosa fotografía de Mauro Fiore. El
oscarizado operador nos muestra la naturaleza de Alaska en todo su esplendor,
logrando retratarla de manera bella y cruda a la vez. Fiore juega con una luz
muy especial, tanto para las secuencias diurnas como para las nocturnas,
regalando al espectador encuadres que por momentos parecen postales de
colección y que, al segundo siguiente, te abofetean con la cruda realidad de
los elementos. Un trabajo visual deslumbrante que equilibra la inmensidad del
paisaje con la intimidad de los rostros. Con ella el frío se palpa y se siente
y los rayos de sol calientan los músculos helados.
En
el corazón de la bestia (Heart of the Beast) es muchísimo más que un relato de
supervivencia extrema; es una radiografía desgarradora sobre el trauma, la
redención y el amor incondicional en su estado más puro. David Ayer firma su
obra más madura y humana gracias a la soberbia y física interpretación de un Brad
Pitt crepuscular, formidablemente arropado por un coprotagonista de cuatro
patas que roba el alma del espectador. Una película cruda, hermosa y
profundamente conmovedora que rompe por dentro y se instala en la memoria mucho
después de que se enciendan las luces de la sala. Cine con mayúsculas que
merece ser vivido y sentido en la gran pantalla.
Mi
nota es: 9
Estreno en España: 25 de
septiembre.
Reparto: Brad Pitt, J.K.
Simmons y Anna Lambe.
Productoras: Plan B
Entertainment// Temple Hill Entertainment// Will Chickens Productions// Crave
Films// Soho VFX
Distribuidora en España:
Paramount Pictures Spain.
Filmografía: El guionista, productor y director, David Ayer, abandonó sus estudios de preparatoria por problemas familiares. Comenzó a trabajar de pintor de casas hasta que se alistó a la Marina de los Estados Unidos, como submarinista. En el mundo del cine se inició como guionista y debutó en la dirección con “Vidas al límite” (2005) continuando con “Dueño de la calle” (2008), “Sin tregua” (2012), “Sabotage” y “Corazones de acero” ambas en (2014), “Escuadrón suicida” (2016), “Bright” (2017), “Cuenta pendiente” (2020), “Beekeeper: El protector” (2024), “The Working Man” (2025) y este año nos ofrece “En el corazón de la bestia” (2026). También ha dirigido los videoclips: “LCD Soundsystem: Pow Pow” (2010), “Lil Wayne, Wiz Khalifa, Imagine Dragons, Logic, Ty Dolla Sign and Z Ambassadors: Sucker for Pain” (2016) y “Machine Gun Kelly feat. X Ambassadors & Bebe Rexha: Home” (2017). El video: “Sabotage: Alternate Endings” y capítulos de la serie: “Deputy” (2020).
