La historia nos traslada
a las afueras de un recóndito pueblo llamado Hope. Allí, un grupo de cazadores alerta
al jefe de policía, Bum-seok (Hwang Jung-min), tras hallar una vaca
muerta con extraños cortes a lo largo del cuerpo que no parecen obra de ningún
depredador común, al no presentar ninguna mordida. Mientras algunos opinan que
podría ser un tigre, Sung-ki (Zo In-sung) decide liderar una partida de
cacería y se interna en la espesura del bosque para dar caza a la bestia. Por su
parte, Bum-seok se queda al frente de la comisaría junto a la agente Sung-ae (Jung
Ho-yeon), con la firme intención de proteger a la población de una amenaza
invisible y letal. Más adelante se descubrirá la auténtica naturaleza de lo que
sucede en Hope, pero no seré yo quien os lo revele.
Na Hong-jin hace honor a
su reputación entregándonos una obra de opresiva violencia visceral, una
tensión física asfixiante y un ritmo demoledor que nos atenaza desde el primer
fotograma hasta el mismísimo clímax de un largometraje que, como él mismo ha afirmado,
será el inicio de una trilogía. Una clara muestra de que el realizador no ha
quedado satisfecho con el despliegue de esta entrega –o sí–, y por ello busca
expandir su universo. Resulta especialmente brillante cómo introduce de forma
inteligente dosis de humor negro para aliviar la tensión del espectador,
logrando un equilibrio tonal muy disfrutable en mitad de la crudeza, que no es
poca. Para ello, en esta ocasión, fragmenta la acción en dos escenarios
radicalmente opuestos que, de forma magistral, terminan por fusionarse a la
perfección: la espesura indómita del bosque y las ruinas claustrofóbicas de una
ciudad destruida y abandonada. El contraste visual resulta muy acertado;
mientras que en el entorno rural la brutalidad se desata a pie y a caballo, en
el pueblo el ritmo se transmuta en una vorágine de metal propulsada por
camionetas y coches de policía.
Hope cuenta con un
importante diseño de producción que nos sumerge en un pueblo devastado por una
fuerza de la naturaleza desconocida, cuya magnitud intuimos a través de la
desolación de sus calles, donde los vehículos son proyectados con violencia
contra los habitantes que resisten. La recreación de este escenario es
sobrecogedora. Aunque está ya vista en otras películas de desastres, siempre
logra sorprender gracias a detalles como fachadas derruidas que dejan al
descubierto el esqueleto de los hogares, avenidas sepultadas bajo escombros o
coches abandonados y empotrados en las aceras. Todo ello conforma un rastro de
mobiliario doméstico y urbano destrozado que evoca el paso de un huracán
implacable, aunque en esta ocasión no haya sido uno de esos fenómenos, sino la
extrema violencia de esos seres cuya procedencia desconocemos.
Este apocalipsis urbano
contrasta vivamente con la espesura del bosque, que presenta todo su frescor
natural. La fotografía de Hong Kyung-pyo sabe jugar magistralmente con
esta dualidad cromática: mientras que en la vegetación nos regala un despliegue
impresionante de color, destacando el verdor y las texturas de la madera, en la
urbe el color resulta apagado y desprende una atmósfera sucia y decadente, tal vez
al apoyarse en una iluminación natural que prescinde de artificios. No podemos
olvidar el portentoso uso de la cámara anclada a los vehículos y sus dinámicos
planos de seguimiento; un recurso que hace que la imagen se desplace, en
ocasiones, a una velocidad de vértigo, obligando a nuestros ojos a viajar junto
a ella.
Todo este abanico visual
está envuelto por la incisiva y atronadora banda sonora de Michael Abels,
diseñada específicamente para elevar la tensión mientras la mirada permanece
pegada a la pantalla. Sus notas se funden con los sonidos del metal y la
naturaleza, consiguiendo captar una atmósfera sobrecogedora que sirve de antesala
para comprender la dimensión física que asola el lugar y convierte la
supervivencia en una tarea casi imposible.
Resulta imposible
analizar el devenir de esta historia sin detenerse en su particular propuesta
interpretativa, la cual esconde un as bajo la manga que sorprenderá a más de
uno. El mayor peso dramático recae sobre Hwang Jung-min, quien, a través
del asustado jefe de policía Bum-seok, nos muestra su carisma al transmitir a
la perfección una desesperación desbordante y una humanidad latente que ancla
la película a la realidad. Sus miradas, gesticulaciones y silencios asfixian.
Junto a él, su compañera de fatigas, una impecable Jung Ho-yeon como la
agente Sung-ae, sostiene el tipo con nota.
Sin embargo, el verdadero
golpe de efecto internacional llega con un secreto que muchos espectadores
pasarán por alto durante el visionado. No voy a hacer spoiler, tranquilos. Tras
la imponente y monstruosa pareja de alienígenas que lidera la función se encuentran,
nada más y nada menos, Michael Fassbender y Alicia Vikander.
Escondidos bajo una sofisticada tecnología de captura de movimiento y sensores
faciales, no tengo dudas en que ambos realizan un trabajo actoral fantástico.
Su entrega física es total, logrando dotar a las criaturas de una expresividad
asombrosa mientras mantienen diálogos en ese complejo dialecto inventado con
raíces de mongol antiguo que ya se deja intuir en los compases promocionales.
Aunque los alienígenas son espectaculares, es una pena no disfrutar de sus
rostros reales.
En definitiva, Hope se
presenta como un espectáculo cinematográfico desbordante para ser vivido con las
palomitas y el refresco, donde la absoluta libertad creativa de Na Hong-jin
juega por momentos en contra de la cohesión de la propia historia. La cinta es
una experiencia brutal, violenta y adrenalínica que merece ser disfrutada en la
pantalla de cine. Una propuesta imperfecta pero fascinante que consolida el
inicio de un universo al que habrá que seguir la pista de cerca.
Nota: 6,5
Estreno en España: 30 de
octubre.
Reparto: Hwang Jung-min,
Jo In-sung, Jung Ho-yeon, Taylor Russell, Alicia Vikander, Michael Fassbender,
Eum Moon-Suk y Cameron Britton.
Productoras: Forged
Films// Plus M Entertainment// Westwold.
Distribuidora en España: Mubi.
Filmografía: El
guionista, productor y director, Na Hong-jin, se formó en la Universidad de
Hanyang y en la prestigiosa Korea National University of Arts (KNUA). Debutó
con los cortometrajes “Wanbyeoghan Domiyoli” (2005) y “Han” (2007) y en el
largometraje “The Chaser (El Perseguidor)” (2008), “El Mar Amarillo” (2010), “The
Wailing (El Extraño)” (2016) y este año nos ofrece “Hope” (2026), y también
cuenta con el cortometraje “Fe” (2023).
