Leviticus
está escrita y dirigida por Adrian Chiarella.
La historia arranca con
un asfixiante prólogo nocturno en una piscina municipal tras cerrar sus puertas
al público. Una joven trabajadora es asesinada por una fuerza invisible –o al
menos que no se nos muestra– entre las paredes de una ducha. Tras este inicio
que nos deja en suspense, la acción se traslada a una fanática comunidad rural
en Australia. Allí conoceremos a los adolescentes Naim (Joe Bird) y Ryan
(Stacy Clausen) que entre juegos inocentes exploran su atracción mutua
en secreto, resguardados por las paredes de una nave abandonada. Al ser
descubiertos, ambos son sometidos a una terapia de conversión que más bien
parece un exorcismo, con la intención de “curar” su homosexualidad. Sin
embargo, el fanatismo de la ceremonia, a través de la llama de un mechero,
termina por invocar a una entidad demoníaca que adopta una forma tan
perturbadora como real: la de la persona que cada uno más desea. Un ser
implacable que, de manera angustiosa, solo pueden ver ellos. A partir de ese
instante y sin saber lo que está pasando, Naim y Ryan deberán enfrentarse y
luchar por sobrevivir tanto al monstruo que los acecha como a la implacable
homofobia del pueblo.
Sin duda, este año está
siendo prolífico en cuanto a cine de terror con ese toque contemporáneo muy
interesante, llenando las pantallas de las salas con obras que destilan una
fuerte crítica social. Leviticus combina drama de identidad, horror
sobrenatural y thriller psicológico, lo que eleva la obra a una tensión
emocional muy potente que mantiene al espectador en vilo durante toda la función.
El interés crece exponencialmente al examinar el devastador impacto que este
extremismo religioso provoca sobre los lazos afectivos de los protagonistas en
el seno de sus propias familias.
La película no se anda
por las ramas; desde los primeros minutos retrata el horror sistémico que
envuelve a esa comunidad alienada contra quienes su forma de amar es
“diferente”. Chiarella construye una atmósfera asfixiante donde el pecado, la
redención ficticia, la culpa y el fanatismo religioso no solo se visualizan de
forma alarmante en la figura del pastor local –un hombre cruel y despiadado–,
sino que se palpa y respira en cada esquina. Lo verdaderamente terrorífico de
esta obra no reside únicamente en los elementos sobrenaturales, sino en el drama
humano: ver cómo el fanatismo es capaz de pudrir los lazos más sagrados y la
inocencia que de ellos se desprende, llevando a los propios padres a asediar y
traicionar a sus hijos en nombre de una fe desvirtuada. La cinta profundiza con
acierto en la culpa y en esa devastadora sensación de estar haciendo algo
prohibido; algo malo que se inocula en los jóvenes desde la infancia,
utilizando la hipnosis psicológica de la llama del mechero en mitad de la
terapia como el resorte definitivo para desatar al monstruo.
Creo que quienes me
seguís conocéis mi debilidad por la psicología humana y ese romanticismo que a
veces me sobrepasa. Tras finalizar la proyección y reflexionar sobre esa entidad
invisible, llegué a mi propia conclusión: narrativamente, el diseño de la criatura
es el mayor acierto del guion. Al hacerla invisible, se convierte en una
dolorosa alegoría de la soledad, el aislamiento y la culpa. El director utiliza
las reglas del cine fantástico de forma tan sencilla como brillante: no hace
falta exponer monstruos físicos cuando el verdadero monstruo habita dentro de
uno mismo. Así logra que el tormento psicológico y la homofobia interiorizada
traspasen la pantalla para transformarse en dolor físico real. Es una crítica feroz,
escalofriante y muy necesaria contra las dañinas terapias de conversión, donde
Chiarella se guarda un gran as bajo la manga: demostrar que la unidad y el amor
es capaz de vencer los peores males de esta sociedad. Si existe comunión en la
pareja, si el amor que se profesan y la verdad los abraza, nada ni nadie puede derrotarles…
aunque, como en la vida misma, no siempre se toma la decisión correcta.
En cuanto a las
interpretaciones, el filme se apoya sobre sus dos grandes pilares que componen
la pareja protagonista. Tanto Joe Bird como Stacy Clausen no solo defienden
esta pesadilla, sino que la hacen propia hasta provocar que nos la creamos. Los
vemos sentir y sufrir, transmitiendo el dolor, el vacío, la pérdida y la
desesperación de una manera tan real y visceral que estremece y eleva por
completo el terror emocional de la película. Sus miradas, sus caricias
furtivas, sus peleas amistosas buscando el contacto físico y su química en
pantalla traspasan el todo y logran que esa atmósfera sombría que Chiarella
dibuja no se quede en un mero ejercicio de estilo, sino que duela en el
espectador; y vaya si lo consigue. Por supuesto, no me olvido del resto del
elenco, cuyas presencias aterran al más osado. Entre ellos destacaría a Mia
Wasikowska y Ewen Leslie, y ya sabréis por qué les menciono. Esto es
cine de terror sin mostrar monstruos, sin hacer alardes de efectos visuales o
sonoros, sin llenar la pantalla de oscuridad. El peor de los terrores lo
provocan seres que parecen normales.
En resumen, Leviticus se
consolida como una obra tan imprescindible como incómoda dentro del panorama
del terror actual; una cinta con la que he disfrutado o, mejor dicho, que me ha
mantenido con una constante angustia. Y es que la obra toca un tema que espero
que algún día deje de ser noticia por el bien de todos aquellos que sufren la
condena indiscriminada de la homofobia. Adrian firma una inteligente ópera
prima que huye del susto fácil para sumergirse en el verdadero horror que se esconde
tras el fanatismo. Una película nacida para remover conciencias y que nos
recuerda, en definitiva, que las mayores pesadillas no surgen del más allá,
sino de la intolerancia humana.
Mi nota es: 8
Estreno en España: 30 de
octubre.
Reparto: Joe Bird, Stacy
Clausen, Mia Wasikowska, Jeremy Blewitt, Ewen Leslie, Davida McKenzie, Edwina
Wren, Nicholas Hope, Julia Grace, Rose Flanagan y Tyallah Bullock.
Productora: Causeway
Films// SalmiraProductions.
Distribuidora en España: YouPlanet
Pictures.
Filmografía: El guionista
y director Adrian Chiarella, estudió en la Escuela Australiana de Cine,
Televisión y Radio (AFTRS). Debutó con el cortometraje “Tocar” (2014) al que
siguieron “Labios negros” (2018) y “Planeta enano” (2020) hasta dirigir su
primer largometraje “Leviticus” (2026). También ha dirigido capítulos para
series como “Totalmente bien” y “Cinco habitaciones” ambas en (2023).
