Wicker
está dirigida y escrita por Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson.
“Mi caballero de madera, mi buey ingenioso.”
En un pequeño pueblo
medieval y patriarcal, conocemos a una pescadora (Olivia Colman) que
vive marginada y sola en su cabaña. Sobrevive con lo que pesca y se toma la
vida con naturalidad. Durante la celebración de una boda local, las mujeres del
pueblo la rechazan explícitamente y la excluyen del reparto de unos misteriosos
huevos destinados a las solteras. Sin embargo, uno de ellos cae por accidente a
los pies de la pescadora. Al abrirse, de todos los demás brota un humo amarillo,
pero del suyo sale un humo morado: el color que augura un matrimonio o noviazgo
inminente. Enfurecidas y llenas de rabia, las mujeres y hombres la insultan
cruelmente asegurando que jamás se casará. Humillada pero decidida, la
pescadora acude al cestero (Peter Dinklage) para que le fabrique un
marido de mimbre. Él acepta el encargo y la cita para dentro de un mes en la
iglesia. Allí, se une en matrimonio con una criatura de mimbre (Alexander
Skarsgård) que tiene las mismas cualidades que un hombre; un hombre
exquisitamente educado y que se muestra como el esposo ideal. Sin embargo, la
paz dura poco. Los celos y las envidias vecinales estallan al comprobar que el
hombre de mimbre se desvive en cuerpo y alma por su esposa, creando un entorno
de absoluta comodidad, limpieza y armonía, mientras mantiene con ella un sexo
apasionado y desenfrenado que llega a oídos de todos.
Va siendo costumbre que,
cada determinado tiempo, visite la gran pantalla una nueva fábula para disfrute
del público en general. Son propuestas que se reciben con agrado: historias
resguardadas bajo el cobijo de ese cine amable, de ritmo pausado, pero no lento,
y con moralejas universales que nunca pasan de moda. Sin embargo, detrás de esa
aparente calidez que los directores Alex Huston Fischer y Eleanor
Wilson manejan con tanto pulso, se esconde una afilada hoja moral. Y es
que, por más que cambien los ropajes, el lugar donde se viva o la época, la
sociedad parece estar eternamente enfadada y estancada en torno a las mismas
miserias de siempre: el odio, el rencor, la codicia o la envidia; un lastre que
les impide vivir sus vidas y valorar lo que tienen.
Wicker funciona a la
perfección porque utiliza el absurdo de su premisa para desnudarnos. La
película nos demuestra con una ironía aplastante cómo una comunidad
supuestamente civilizada y en armonía es incapaz de tolerar la felicidad ajena,
especialmente si esa felicidad nace de alguien a quien ya habían condenado a la
marginalidad. Al final, este primer tramo de la cinta –lo expuesto en la
sinopsis– ya nos deja una temprana e impecable reflexión: lo verdaderamente
terrorífico y monstruoso de la historia no es el hombre hecho de ramas de
madera que cobra vida, sino la podredumbre espiritual de unos vecinos de carne
y hueso que prefieren destruir lo que no pueden comprender.
Wicker se despliega como
una ironía fina, perversa y divertida que juega con los roles tradicionales y
los códigos del drama de época. Un ejemplo lo vemos en las dos bodas: la
primera, en la que el hombre impone a su esposa un collar cepo de metal –sin
duda un perturbador símbolo de posesión y sumisión patriarcal–, un momento tan divertido
a la vez que sumamente grotesco; mientras que en el enlace de la pescadora con
el hombre de mimbre, el metal es sustituido por flores y ternura. Los
directores juegan magistralmente con este contraste para incomodar a una
comunidad cuya rutina es la monotonía, incluso en una vida íntima gris que
palidece ante el matrimonio fogoso, apasionado y rebosante de una sexualidad
natural que mantiene la protagonista con su esposo de madera.
A nivel formal, la labor
de Alex y Eleanor en la dirección general y actoral es de sobresaliente.
Destaca un uso inteligente del diseño de producción y de los elementos de la
naturaleza para pautar el ritmo de la historia, ofreciéndonos el paso del tiempo
de una manera bellísima a través de los cambios de los ciclos lunares o de la
salida y entrada de la misma. Pero si hay una secuencia que sintetiza el
comportamiento rudo de los personajes secundarios, es la escena del baile. Los
músicos tocan y los jóvenes del pueblo se reúnen al terminar sus faenas o en su
día de descanso; un momento de ocio que la coreografía aprovecha para mostrar
esa tosquedad de la comunidad. Los gestos de los vecinos son duros, con fuertes
pisotones en el suelo y gestos como el de abofetear a sus parejas de baile o
agarrarlas con rudeza. Por otro lado, cuando el hombre de mimbre saca a bailar
a la pescadora, su mujer, el contraste es absoluto: todo en ellos son
movimientos suaves, delicados y llenos de amor, de verdadero amor y complicidad.
Sus giros y posiciones adoptan una sutil finura; es la pureza y la educación
exquisita bailando frente a la brutalidad de una sociedad atrapada en su propia
amargura, quizás por haber olvidado lo fundamental del ser. Es en esta escena
donde el espectador se da cuenta de lo que uno se aporta al otro, sin precisar
de enseñanzas, pues es la propia vida, como maestra, quien les pone frente a
frente como educadores silenciosos cuya pizarra es el propio amor.
Este choque de realidades
se sostiene gracias a un elenco en estado de gracia. Olivia Colman
derrocha una dignidad apabullante como esa mujer marginada por su aspecto y su
olor a mugre y mar, pero que se toma la vida con una envidiable naturalidad.
Ella es feliz con lo que la vida le ha dado, aunque como todos, desearía algo
más, pero no lo envidia, lo sueña, que es muy diferente. Alexander Skarsgård realiza un
trabajo corporal exquisito; es el marido de ensueño, educado, atento y
servicial, cuya devoción pone en entredicho las vergüenzas de los hombres del
lugar. Sin embargo, la mecha que hace estallar el conflicto la prende una
sensacional y perversa Elizabeth Debicki como la esposa del sastre. Ella
representa la infelicidad crónica que, incapaz de soportar la felicidad ajena,
infecta a la comunidad con el virus de los celos, las mentiras y la envidia,
convirtiéndose en el motor antagónico de una función donde los monstruos tienen
piel, carne y huesos. Por su parte, el resto del elenco actoral no solo cumple
con sus personajes, sino que potencia la fuerza y la credibilidad de esta
insólita historia.
En definitiva y para ir cerrando,
Wicker se consolida como una de las sorpresas más estimulantes, perversamente
divertidas y reconfortante de la temporada. Más allá de su soberbio guion, la
película no alcanzaría semejante calado emocional sin la magnética y vibrante
partitura en la batuta de Anna Meredith, cuya música insufla un ritmo
efervescente y audaz a la fábula, ni sin la bellísima fotografía de Lol
Crawley, quien logra captar con una textura orgánica y una iluminación
precisa esa atmósfera mágica y artesanal que envuelve a todo el relato.
Es un romance impregnado de una
honestidad –dentro de la fantasía que lo rodea– que se echa de menos en las
fórmulas habituales de Hollywood, pero que no duda en golpear nuestro propio
presente con verdades tan dolorosas como la que sentencia uno de sus diálogos:
“Es más fácil creer lo malo que lo bueno”. Una alegoría sobrenatural de
inesperada actualidad que nos recuerda que los hilos del prejuicio ajeno son
siempre más rígidos y secos que el más humilde de los mimbres –aunque este
cruja en cada uno de sus movimientos–. Una obra totalmente recomendable.
Mi nota es: 8,5
Estreno en España: 30 de
octubre.
Reparto: Olivia Colman,
Alexander Skarsgård, Elizabeth Debicki, Nabhaan Rizwan, Peter Dinklage, Anders
Olof Grundberg y Marli Siu.
Productoras: Escape Plan
Productions// Lobo Films// South of the River Pictures// Tango Pictures// The
Royal Budapest Film Co // First Look// Votiv Films// Yoki.
Distribuidora en España: Vértice
Cine.
Filmografía: La actriz, productora comercial y directora de cine Eleanor Wilson se graduó en la escuela de actuación Neighborhood Playhouse School of the Theatre en Nueva York, mientras que su marido Alex Huston Fischer, se formó de manera práctica en el ámbito audiovisual en Nueva York, desarrollando una carrera orientada a la dirección, el guion y la edición. Antes de comenzar a trabajar juntos Eleanor debutó con el cortometraje “Possum” (2013) y continuó con “Two Lanes” (2014), “Everything All at Once” (2015) y “Low Road” (2018) por su parte, Alex ha dirigido un gran número de videos musicales y comerciales hasta debutar también en el cortometraje con “For Maya” (2016) y “Snowy Bing Bongs Across the North Star Combat Zone” (2017) y ambos han dirigido dos largometrajes juntos: “¡Desconectados!” (2020) y este año nos ofrecen “Wicker” (2026).
