El árbol muy muy lejano está dirigida
por Ben Gregor con guion de Simon Farnaby.
“La magia de la infancia se suele olvidar.
Esta es la historia de alguien que la quiso guardar”
Polly Thompson (Claire Foy) es una
investigadora que decide renunciar a su trabajo al descubrir que su empresa
había instalado cámaras ocultas en el refrigerador inteligente que ella misma
diseñó para espiar a los clientes. Su marido, Tim Thompson (Andrew Garfield),
está desempleado y a cargo de sus tres hijos: Beth (Delilah Bennett-Cardy),
Joe (Phoenix Laroche) y Fran (Billie Gadsdon). Los dos primeros
son adictos a las tecnologías. Ante esta crisis, Tim y Polly ven la oportunidad
de cumplir con un viejo sueño: mudarse al campo con toda la familia, montar un
negocio de salsa de tomate casera y reconectar en medio de la naturaleza.
Mientras atraviesan el bosque hacia su
nuevo hogar, Fran tiene un encuentro con un hada llamada Silky (Nicola
Coughlan). Una noche, junto al duende enojado (Hiran Abeysekera),
la criatura se cuela en la habitación de la niña para dejarle una invitación
sobre la almohada. Al despertar, Fran sigue las instrucciones del mapa hasta
dar con el majestuoso Árbol Mágico Lejano, un lugar habitado por seres tan
peculiares como la propia Silky, el duende enojado, Cara de luna (Nonso
Anozie) o el estrafalario hombre de las cacerolas (Dustin
Demri-Burns).
Estamos ante uno de esos films amables
para toda la familia, una propuesta cien por cien blanca, libre de
estridencias, palabras gruesas o dobles sentidos. En la vida diaria e incluso
en el panorama cinematográfico actual donde lo soez parece acampar a sus
anchas, la cinta de Ben Gregor se arriesga a abrazar una inocencia pura que
algunos podrían tachar de cursi, pero que en realidad no es más que un regreso
a la verdad llana de la niñez. Es el reflejo de una infancia sin dobleces,
narrada con un lenguaje limpio y una calidez que reconforta.
Detrás de su desbordante fantasía, el
largometraje sostiene un pilar fundamental: la unidad familiar como motor
absoluto. La historia nos recuerda con firmeza qué si el núcleo permanece
cohesionado y fuerte, todo lo demás termina por llegar. Lo verdaderamente
fascinante es cómo el filme integra la magia dentro del relato; lejos de
resultar forzada, fluye con una naturalidad pasmosa donde incluso los
personajes más extravagantes logran conectar con el espectador. El equilibrio
entre el divertimento puro y la nostalgia es total: los más pequeños
disfrutarán con cada instante, mientras que los adultos, siempre y cuando se
dejen llevar y se despojen del miedo al juicio ajeno, se verán arrastrados por
una oleada de recuerdos compartidos que, en mi caso personal, logró conmoverme
profundamente. Y es que, a mi edad, todavía sigo siendo el Peter Pan, con el
que tantas veces me han apodado.
Como estamos viendo en algunos filmes
recientes, la obra también se detiene en el tratamiento de la tecnología, en
esta ocasión de una manera tan real que cualquiera de nosotros podría verse
reflejado. Los hijos, convertidos aquí en los más vulnerables ante las redes se
convierten también en el espejo de la gran mayoría de los adultos de nuestra
sociedad, sintiéndose completamente consternados al descubrir las limitaciones
de su nuevo hogar: la falta de cobertura, la carencia de lo más esencial como
la electricidad o algo tan básico como la falta de medios para regar. En este
sentido, el guion regala momentos muy divertidos, brillantes y clarificadores
como cuando el padre pregunta a los chicos si saben de dónde sale la
electricidad, a lo que el más pequeño responde con total inocencia: “de los
enchufes”.
Una crítica divertida pero que cala por
mucho que se intente evitar, especialmente en quienes pasamos el día rodeados
de teléfonos móviles, ordenadores y tabletas. Lo verdaderamente acertado de la
propuesta de Ben Gregor es que, sin caer en la trampa de intentar dar un sermón
moralista o aleccionar al espectador de forma directa, logra transmitir su
mensaje con una eficacia rotunda. El uso de este conflicto tecnológico se
reserva para momentos muy concretos, los justos para hacernos comprender que es
posible vivir desconectados del ruido digital. La cinta nos demuestra, con una
tremenda dosis de sutileza y elegancia, que la vida es mucho más que la
pantalla de un móvil y que los niños necesitan, hoy más que nunca, que se les
dé el espacio necesario para despertar su propia imaginación; un vehículo este,
en el que he creído siempre para el desarrollo de una persona.
En el apartado puramente formal, el
despliegue visual de la producción resulta extraordinariamente vistoso,
atractivo e incluso extravagante, convirtiéndose en un regalo constante para
los ojos del espectador. Sí, aquí también debes dejarte llevar y sacar el niño
que llevas dentro. La recreación del imponente árbol gigante es magnífica; la
estructura se siente vibrar y cobrar vida desde el preciso instante en el que
se cruza el umbral hacia lo desconocido y se pronuncia ese mantra eterno con
los ojos cerrados: “Creo en la magia”. En ese mágico segundo, la naturaleza se
inclina y se despliega ante ellos un colorido universo de imaginación donde
mundos tan dispares como “La Tierra de las Golosinas” o “La Tierra de los
Cumpleaños” – accesibles tras coronar una enrevesada escalera – deslumbran por
su originalidad, evocando de inmediato las sensaciones de los grandes clásicos
de la literatura fantástica y algunos filmes.
Es de justicia destacar que, ante el
riesgo de saturar la pantalla, los efectos digitales están medidos al milímetro
y no desentonan en ningún momento, integrándose orgánicamente en el relato.
Gran parte de este triunfo estético recae en la excelente fotografía firmada
por Zac Nicholson, quien inunda el metraje de una luz y una paleta
cromática rebosante de vida que acentúa el tono de fábula. A este dinamismo
visual se le suma la vibrante banda sonora de Isabella Summers y
el montaje sumamente ágil de Gary Dollner, el cual no solo dota de
ritmo a la peripecia de los Thompson, sino que resuelve con notable ingenio y
ligereza las situaciones más inverosímiles de la aventura.
Antes de concluir, hay que hablar del
elenco actoral ya que las actuaciones resultan sencillamente increíbles, hasta
el punto de hacer pensar que cualquier niño querría tener unos padres como los
que vemos en pantalla. Andrew Garfield desborda una sencillez,
nobleza, naturalidad y energía arrolladoras, dotando a su personaje de un aura
tocada por el amor, la honestidad y las ganas de vivir. A su lado, Claire
Foy se erige como el complemento perfecto; ambos actores logran
transmitir una complicidad única, la de dos adultos que llevan como escudo la
verdad, la vida llana y, por encima de todo, que demuestran no haber perdido
jamás al niño que llevan dentro. Por su parte, el trío infantil se desenvuelve
con esa increíble naturalidad tan propia de los más jóvenes en el cine,
cargando con el peso de la aventura de forma magnífica y dotando a cada hermano
de su propia y genuina personalidad.
Asimismo, el abanico de personajes
fantásticos que habita el árbol se muestra excepcional y muy juguetón. Aunque
algunos de ellos, evoquen inevitablemente a criaturas de otras célebres obras
de la literatura fantástica, logran conquistar al espectador desde su primera
aparición. Entre todos ellos, es imposible no destacar la magnífica interpretación de Nicola
Coughlan en la piel del hada Silky; una actriz que, a quienes seguimos
de cerca su estela en Los Bridgerton, vuelve a atraparnos por
completo en la gran pantalla gracias a su carisma y magnetismo.
Para terminar, El árbol muy muy lejano se
revela como algo más que una simple aventura de fantasía: es un bálsamo
cinematográfico necesario en los tiempos que corren. Ben Gregor y su entregado
elenco nos regalan una obra luminosa que nos invita a aparcar las pantallas
para encender los lazos que verdaderamente importan. Con una factura visual
deslumbrante y unas interpretaciones repletas de alma, la película logra el
mayor de los milagros cinematográficos: recordarnos que la madurez no tiene por
qué estar reñida con la inocencia. Una propuesta imprescindible que emociona,
divierte y que, sobre todo, empuja a los adultos a reconciliarse con la
naturaleza y con ese niño interior que la rutina nos obliga a olvidar. Una joya
familiar que demuestra que, si uno se atreve a creer en la magia, siempre habrá
un árbol lejano esperándonos en el bosque y no solo para ofrecernos su sombra.
Mi nota es: 8
Estreno en España: 9 de octubre.
Reparto: Claire Foy, Andrew Garfield,
Rebecca Ferguson, Nonso Anozie, Jennifer Saunders, Nicola Coughlan, Jessica
Gunning, Delilah Bennett-Cardy, Billie Gadsdon, Phoenix Laroche, Dustin
Demri-Burns, Mark Heap,Oliver Chris, Lenny Henry, Michael Palin, Simon Russell
Beale, Hiran Abeysekera, Pippa Bennett-Warner, Tim Plester, Pierre Bergman, Jos
Vantyler, Tom Meeten, Luke Millington-Drake, James Dowell, Julia Saubier, John
Kamau y Ryan Mark De Battista.
Productoras: Neal Street Productions//
Ashland Hill Media Finance// Elysian Film Group// Palisades Park Pictures//
Studiocanal.
Distribuidora en España: Diamond Films
España.
Filmografía: El director, guionista y productor, Ben Gregor, también ha dirigido anuncios publicitarios y televisión. Se ha especializado en comedia con un estilo visual distintivo. Debutó en televisión con las series: “No Heroics” (2008) y “The Midnight Beast” (2012) y en el largometraje con “Streetdance Kids” (2013). Continuó con las series “The Trouble with Maggie Cole” (2020) y “Black Ops” (2023) y este año nos ofrece “El árbol muy muy lejano (2026)

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