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sábado, 7 de noviembre de 2026

RAMAYANA EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA: CRÍTICA DE CINE

 

Ramayana. El nacimiento de una leyenda está dirigida por Nitesh Tiwari compartiendo guion con Shridhar Raghavan y Shreyas Jain.

«Antes de que la historia quedara escrita, el hombre se codeaba con los dioses y el mundo se hallaba en perfecta armonía. Pero, de entre las tinieblas, surgió una fuerza del mal: Rávana (Yash), nacido del fuego y la furia, que doblegó a los dioses a su voluntad y convirtió el mundo en su trono. En estos tiempos de gran peligro, la humanidad tenía una sola esperanza: no un dios, sino un hombre elegido por el destino, Ram (Ranbir Kapoor)».

Así comienza esta primera entrega de lo que está proyectado como una trilogía. Es la historia del príncipe Ram, el legítimo heredero al reino de Ayodhya, quien, tras ser instruido por el venerado sabio Vishvamitra (Ajinkya Deo), se ve obligado a renunciar al trono. El joven emprende el camino hacia el peligroso bosque de Dandaka, acompañado por su esposa Sita (Sai Pallavi) y su leal hermano, Lakshmana (Ravi Dubey).

Como he mencionado en la sinopsis, estamos ante la primera parte de una ambiciosa trilogía cuya primera entrega tiene una duración original en el montaje del director –que es la que hemos visto en el pase de prensa– de 3 horas y 15 minutos. Considero que las productoras deberían comenzar a frenar las duraciones de algunas películas, pues no hacen ningún bien ni a la industria ni al espectador que está sentado en su butaca. Me repito una vez más: desde que el celuloide dio paso al formato digital, algunos directores se volvieron “locos” alargando innecesariamente sus obras como si no hubiera un mañana. Ya no se conforman con presentar al público un filme de tres horas; ahora nos imponen trilogías interminables que tardan cuatro o más años en culminar.

Sinceramente, salvo honrosas excepciones, no comprendo esta obsesión. A no ser que la obra sea muy buena, atractiva, dinámica y espectacular en su contenido –y no en su continente, por poner algunos adjetivos–, el público se aburre. Creo que hay que frenar un poco esta locura que cada vez se extiende más. Es el caso preciso de Ramayana, que, como os iré contando, es una propuesta cinematográfica interesante, pero del todo innecesaria en un metraje tan abrumador.

El arranque de Ramayana: El nacimiento de una leyenda es una demostración de fuerza visual. En un alarde de generosidad narrativa desmedida, Nitesh Tiwari nos somete a un prólogo que roza los treinta minutos de duración antes de dignarse a mostrar el título de la película en pantalla. Es cierto que estamos ante una obertura brutal –filmada con maestría y con una narrativa en off que resulta agradable al oído–, pero sí, tranquilamente es media hora de reloj. Sin embargo, a diferencia de lo que suele ocurrir en estos casos, este kilométrico inicio no asfixia el ritmo de la producción; al contrario, la película despliega un ritmo muy potente que se mantiene firme hasta, más o menos, la mitad del metraje (no puedo asegurarlo porque aún no había mirado el reloj por primera vez).

El verdadero problema del montaje aparece justo después de pasado ese tiempo. Es en ese ecuador de la cinta cuando la narrativa se calma para bajar a tierra y permitirnos conocer en profundidad la relación entre los personajes, sus inquietudes y lo que los mantiene vivos. El ritmo general del filme no es malo, pero toda la historia que sucede en el bosque de Dandaka –durante el exilio del príncipe Ram– resulta a todas luces excesiva. Es en este tramo donde el director parece confundir la reverencia hacia el texto sagrado con la obligación de filmar cada mota de polvo del camino o de las situaciones que suceden en él, lo que hace que las tres horas y quince minutos del pase de prensa comiencen, ahora sí, a pesar en la butaca. Os diré que el metraje estimado para salas comerciales es de 160 minutos, por lo que presiento que es en este tramo donde meterán la tijera.

A pesar de que el metraje se aletarga en el bosque, el apartado interpretativo se convierte en el verdadero pilar que sostiene la función. El trío protagonista conecta muy bien entre sí. Resultan muy creíbles en sus respectivos roles. Se respira auténtica fraternidad entre ellos, una complicidad orgánica que humaniza el relato sagrado y que solo se rompe cuando surge la magia oscura que pretende dividirlos o cuando toca arrimar el hombro para luchar contra los demonios que acechan en la espesura. Este equilibrio actoral funciona como el anclaje emocional de la película frente a la constante pirotecnia digital. Todo este viaje íntimo se mantiene firme hasta la irrupción del gran antagonista. Aunque nada os contaré al respecto, os aseguro que os esperan secuencias espectaculares.

Si en su contenido la obra sufre por los excesos del metraje, en su continente Ramayana: El nacimiento de una leyenda es un absoluto festín para los ojos y los oídos. El despliegue tecnológico a cargo de los efectos especiales nos deja estampas de una belleza plástica incuestionable. Un ejemplo bellísimo es la recreación de las criaturas míticas que pueblan el relato –como ese imponente elefante blanco celestial dotado de majestuosas alas que sobrevuela los desfiladeros nevados, la sobrecogedora aparición del águila gigante Jatayu recortada contra un cielo crepuscular o esos espectaculares tigres blancos gigantes que tiran de las carrozas reales–. Estas secuencias demuestran que, cuando el CGI se utiliza para potenciar la fantasía y el misticismo de la epopeya –como ocurre con la nave con forma de flor de loto–, la película alcanza momentos de auténtica catarsis visual.

Esta impresionante estética se traslada también al diseño de los personajes y sus entornos. La caracterización del príncipe Ram –quien luce relucientes armaduras y alza arcos ceremoniales de oro y piedras preciosas, como su compañero inseparable Kodanda, tanto en medio de suntuosos templos como en su exilio– se complementa con un diseño de vestuario de una riqueza extraordinaria. Telas de hilo de oro, majestuosos ropajes reales, colores muy vivos y ornamentos tradicionales elevan la divinidad de los protagonistas. Este derroche visual busca romper de forma radical con la austeridad de los trajes que Ram, Sita y Lakshmana visten al adentrarse en el bosque, despojados de toda opulencia. Sin embargo, este intencionado contraste conceptual flaquea debido a la propia ostentación digital de la producción. Al estar todo tan milimétricamente pulido y retocado por ordenador –incluyendo la pulcritud artificial de los propios tejidos y sus tonalidades–, se echa en falta una textura más orgánica, algo de suciedad real en ese destierro del bosque que nos permita empatizar más con el sufrimiento físico de los personajes, quienes a menudo parecen flotar en un lienzo digital impecable o sacados del cuadro más impresionista hindú.

Detrás de este gran despliegue visual que abruma a nuestros ojos en cada plano, secuencia y escena, se encuentra el trabajo de los directores de fotografía Pankaj Kumar y Mahesh Limaye. Su labor logra una iluminación viva, brillante y excelsa que potencia la plasticidad de cada encuadre, logrando que la transición entre los suntuosos palacios y los entornos del bosque se sienta deslumbrante y natural, sin que la digitalización sea perceptible más allá de los puros efectos visuales de las criaturas. A este conjunto visual se une la infatigable compañera de la fotografía: una banda sonora compuesta por A.R. Rahman y Hans Zimmer. Una partitura tan sutil y perfectamente hilada a la historia en sí que, por momentos, el espectador ni siquiera percibe su existencia, ya que se funde de manera orgánica con la narrativa para sostener la carga emocional de cada escena desde la sombra. Por el contrario, en otros instantes, nos taladra por dentro en su dramatización más elevada cuando el drama o los enfrentamientos aparecen en pantalla.

En resumen, Ramayana: El nacimiento de una leyenda se presenta como una propuesta cinematográfica de una belleza plástica incuestionable y un apartado técnico deslumbrante, pero que termina pesando en la butaca debido a los excesos de un metraje a todas luces innecesario (quizás en la versión que se verá en las salas sea más llevadera). Nitesh Tiwari regala un festín sensorial incontestable y cuenta con un trío protagonista cuya química humaniza el relato; sin embargo, la obsesión por la perfección digital merma la naturalidad. Todo está demasiado aséptico, incluso en el bosque y durante las peleas. Nadie puede dudar de que es una obra tan espectacular en su continente como fatigosa en su ritmo, la cual satisfará a los amantes de la fantasía mística pero que reabre el debate sobre la necesidad de poner freno a la desmedida duración del cine digital contemporáneo. Creo que es la primera vez que me enfrento a un coloso hindú de estas características.

Mi nota es: 7,5

Estreno en España: 6 de noviembre.

Reparto: Ranbir Kapoor, Ravii Dubey, Sai Pallavi, Sunny Deol, Yash, Arun Govil, Kajal Aggarwal, Indira Krishnan,Lara Dutta, Sheeba Chaddha y Rakul Preet Singh.

Productora: Monster Mind Creations// Prime Focus Studios.

Distribuidora en España: Sony Pictures Releasing de España.