Ramayana. El nacimiento
de una leyenda está dirigida por Nitesh Tiwari compartiendo
guion con Shridhar Raghavan y Shreyas Jain.
«Antes de que la historia
quedara escrita, el hombre se codeaba con los dioses y el mundo se hallaba en
perfecta armonía. Pero, de entre las tinieblas, surgió una fuerza del mal:
Rávana (Yash), nacido del fuego y la furia, que doblegó a los dioses a
su voluntad y convirtió el mundo en su trono. En estos tiempos de gran peligro,
la humanidad tenía una sola esperanza: no un dios, sino un hombre elegido por
el destino, Ram (Ranbir Kapoor)».
Así comienza esta primera
entrega de lo que está proyectado como una trilogía. Es la historia del
príncipe Ram, el legítimo heredero al reino de Ayodhya, quien, tras ser
instruido por el venerado sabio Vishvamitra (Ajinkya Deo), se ve
obligado a renunciar al trono. El joven emprende el camino hacia el peligroso
bosque de Dandaka, acompañado por su esposa Sita (Sai Pallavi) y su leal
hermano, Lakshmana (Ravi Dubey).
Como he mencionado en la
sinopsis, estamos ante la primera parte de una ambiciosa trilogía cuya primera
entrega tiene una duración original en el montaje del director –que es la que
hemos visto en el pase de prensa– de 3 horas y 15 minutos. Considero que las
productoras deberían comenzar a frenar las duraciones de algunas películas, pues
no hacen ningún bien ni a la industria ni al espectador que está sentado en su
butaca. Me repito una vez más: desde que el celuloide dio paso al formato
digital, algunos directores se volvieron “locos” alargando innecesariamente sus
obras como si no hubiera un mañana. Ya no se conforman con presentar al público
un filme de tres horas; ahora nos imponen trilogías interminables que tardan
cuatro o más años en culminar.
Sinceramente, salvo
honrosas excepciones, no comprendo esta obsesión. A no ser que la obra sea muy
buena, atractiva, dinámica y espectacular en su contenido –y no en su
continente, por poner algunos adjetivos–, el público se aburre. Creo que hay
que frenar un poco esta locura que cada vez se extiende más. Es el caso preciso
de Ramayana, que, como os iré contando, es una propuesta cinematográfica
interesante, pero del todo innecesaria en un metraje tan abrumador.
El arranque de Ramayana:
El nacimiento de una leyenda es una demostración de fuerza visual. En un
alarde de generosidad narrativa desmedida, Nitesh Tiwari nos somete a un
prólogo que roza los treinta minutos de duración antes de dignarse a mostrar el
título de la película en pantalla. Es cierto que estamos ante una obertura
brutal –filmada con maestría y con una narrativa en off que resulta
agradable al oído–, pero sí, tranquilamente es media hora de reloj. Sin
embargo, a diferencia de lo que suele ocurrir en estos casos, este kilométrico
inicio no asfixia el ritmo de la producción; al contrario, la película
despliega un ritmo muy potente que se mantiene firme hasta, más o menos, la
mitad del metraje (no puedo asegurarlo porque aún no había mirado el reloj por
primera vez).
El verdadero problema del
montaje aparece justo después de pasado ese tiempo. Es en ese ecuador de la
cinta cuando la narrativa se calma para bajar a tierra y permitirnos conocer en
profundidad la relación entre los personajes, sus inquietudes y lo que los
mantiene vivos. El ritmo general del filme no es malo, pero toda la historia
que sucede en el bosque de Dandaka –durante el exilio del príncipe Ram– resulta
a todas luces excesiva. Es en este tramo donde el director parece confundir la
reverencia hacia el texto sagrado con la obligación de filmar cada mota de
polvo del camino o de las situaciones que suceden en él, lo que hace que las
tres horas y quince minutos del pase de prensa comiencen, ahora sí, a pesar en
la butaca. Os diré que el metraje estimado para salas comerciales es de 160
minutos, por lo que presiento que es en este tramo donde meterán la tijera.
A pesar de que el metraje
se aletarga en el bosque, el apartado interpretativo se convierte en el
verdadero pilar que sostiene la función. El trío protagonista conecta muy bien
entre sí. Resultan muy creíbles en sus respectivos roles. Se respira auténtica
fraternidad entre ellos, una complicidad orgánica que humaniza el relato
sagrado y que solo se rompe cuando surge la magia oscura que pretende
dividirlos o cuando toca arrimar el hombro para luchar contra los demonios que
acechan en la espesura. Este equilibrio actoral funciona como el anclaje
emocional de la película frente a la constante pirotecnia digital. Todo este
viaje íntimo se mantiene firme hasta la irrupción del gran antagonista. Aunque
nada os contaré al respecto, os aseguro que os esperan secuencias
espectaculares.
Si en su contenido la
obra sufre por los excesos del metraje, en su continente Ramayana: El
nacimiento de una leyenda es un absoluto festín para los ojos y los oídos.
El despliegue tecnológico a cargo de los efectos especiales nos deja estampas
de una belleza plástica incuestionable. Un ejemplo bellísimo es la recreación
de las criaturas míticas que pueblan el relato –como ese imponente elefante
blanco celestial dotado de majestuosas alas que sobrevuela los desfiladeros
nevados, la sobrecogedora aparición del águila gigante Jatayu recortada
contra un cielo crepuscular o esos espectaculares tigres blancos gigantes que
tiran de las carrozas reales–. Estas secuencias demuestran que, cuando el CGI
se utiliza para potenciar la fantasía y el misticismo de la epopeya –como
ocurre con la nave con forma de flor de loto–, la película alcanza momentos de
auténtica catarsis visual.
Esta impresionante
estética se traslada también al diseño de los personajes y sus entornos. La
caracterización del príncipe Ram –quien luce relucientes armaduras y alza arcos
ceremoniales de oro y piedras preciosas, como su compañero inseparable Kodanda,
tanto en medio de suntuosos templos como en su exilio– se complementa con un
diseño de vestuario de una riqueza extraordinaria. Telas de hilo de oro,
majestuosos ropajes reales, colores muy vivos y ornamentos tradicionales elevan
la divinidad de los protagonistas. Este derroche visual busca romper de forma
radical con la austeridad de los trajes que Ram, Sita y Lakshmana visten al
adentrarse en el bosque, despojados de toda opulencia. Sin embargo, este
intencionado contraste conceptual flaquea debido a la propia ostentación
digital de la producción. Al estar todo tan milimétricamente pulido y retocado
por ordenador –incluyendo la pulcritud artificial de los propios tejidos y sus
tonalidades–, se echa en falta una textura más orgánica, algo de suciedad real
en ese destierro del bosque que nos permita empatizar más con el sufrimiento
físico de los personajes, quienes a menudo parecen flotar en un lienzo digital
impecable o sacados del cuadro más impresionista hindú.
Detrás de este gran
despliegue visual que abruma a nuestros ojos en cada plano, secuencia y escena,
se encuentra el trabajo de los directores de fotografía Pankaj Kumar y Mahesh
Limaye. Su labor logra una iluminación viva, brillante y excelsa que
potencia la plasticidad de cada encuadre, logrando que la transición entre los
suntuosos palacios y los entornos del bosque se sienta deslumbrante y natural,
sin que la digitalización sea perceptible más allá de los puros efectos
visuales de las criaturas. A este conjunto visual se une la infatigable
compañera de la fotografía: una banda sonora compuesta por A.R. Rahman y
Hans Zimmer. Una partitura tan sutil y perfectamente hilada a la
historia en sí que, por momentos, el espectador ni siquiera percibe su
existencia, ya que se funde de manera orgánica con la narrativa para sostener
la carga emocional de cada escena desde la sombra. Por el contrario, en otros
instantes, nos taladra por dentro en su dramatización más elevada cuando el
drama o los enfrentamientos aparecen en pantalla.
En resumen, Ramayana:
El nacimiento de una leyenda se presenta como una propuesta cinematográfica
de una belleza plástica incuestionable y un apartado técnico deslumbrante, pero
que termina pesando en la butaca debido a los excesos de un metraje a todas
luces innecesario (quizás en la versión que se verá en las salas sea más
llevadera). Nitesh Tiwari regala un festín sensorial incontestable y cuenta con
un trío protagonista cuya química humaniza el relato; sin embargo, la obsesión
por la perfección digital merma la naturalidad. Todo está demasiado aséptico,
incluso en el bosque y durante las peleas. Nadie puede dudar de que es una obra
tan espectacular en su continente como fatigosa en su ritmo, la cual satisfará
a los amantes de la fantasía mística pero que reabre el debate sobre la
necesidad de poner freno a la desmedida duración del cine digital
contemporáneo. Creo que es la primera vez que me enfrento a un coloso hindú de
estas características.
Mi nota es: 7,5
Estreno en España: 6 de
noviembre.
Reparto: Ranbir Kapoor,
Ravii Dubey, Sai Pallavi, Sunny Deol, Yash, Arun Govil, Kajal Aggarwal, Indira
Krishnan,Lara Dutta, Sheeba Chaddha y Rakul Preet Singh.
Productora: Monster Mind
Creations// Prime Focus Studios.
Distribuidora en España: Sony Pictures Releasing de España.

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