La trama nos muestra a
Jean Valjean (Vincent Lindon), un hombre que se deja la piel trabajando
por unos céntimos hasta que la desesperación lo empuja a robar una hogaza de
pan, un error que le costará 19 años de cárcel. En el presidio, Valjean aprende
a hacerse respetar a golpe de fuerza y rudeza. Tras recuperar su libertad,
intenta rehacer su vida convirtiéndose en el próspero dueño de una fábrica de
cristal. Sin embargo, su innata nobleza lo empuja a sellar una promesa con Fantine
(Noémie Merlant), una obrera obligada a vivir separada de su pequeña
Cosette (Megan Northam) para poder mantenerla. Cumplir con este
juramento obligará a Valjean a batallar contra sus propios fantasmas y a
esquivar los sombríos avatares del destino, mientras Francia se encamina hacia
una sangrienta revuelta que empujará al pueblo a las barricadas. Una epopeya
donde las vidas de Valjean, Cosette y el joven Marius (Vassili Schneider)
colisionarán inevitablemente con la implacable obsesión enfermiza del inspector
Javert (Tahar Rahim).
Los Miserables es una
obra que siempre está en boga y enfrentarse hoy a ella implica cargar con el
peso de un legado colosal que supera las cincuenta adaptaciones desde que
Victor Hugo publicó su inmortal novela en 1862. En el terreno cinematográfico,
la primera versión data de 1917 con “Los Miserables” de Frank Lloyd, a la que
han seguido “Los Miserables” (1925) de Henri Fescourt, “Los Miserables” (1934)
de Raymond Bernard –considerada hasta la fecha como la más fiel al texto
original–, “Los miserables” (1958) de Jean-Paul Le Chanois, “Los Miserables: La
leyenda nunca muere” (1998) de Bille August; y dejando un buen ramillete para
no hacer demasiado pesado este apartado saltamos al gran impacto global que
supuso la oscarizada versión musical de Tom Hooper en 2012 con Hugh Jackman y
Russell Crowe. Por su parte, la televisión ha sabido aprovechar el tirón del
material donde destaco la miniserie “Los Miserables” con el dúo Gérard
Depardieu y John Malkovich, o también la cruda y notable “Los Miserables” de la
BBC en 2018 con Dominic West. Todo este recorrido visual convive, además, con
el fenómeno teatral de Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg que, desde su
explosión en Londres en 1985, se convirtió en el musical más longevo y exitoso
de la historia. Es en este denso ecosistema donde la propuesta de Fred Cavayé
debe encontrar su propia voz y, bajo mi modesta opinión, la encuentra
notablemente.
Esta nueva adaptación de
la gran novela de Victor Hugo toma como corazón el eterno duelo entre sus dos
protagonistas masculinos, Valjean y Javert, quienes representan los dos bandos
irreconciliables de la época. Por su lado, nos encontramos ante las estructuras
del poder institucional, encarnadas en el orden implacable de la policía y la
represión violenta del ejército. Del otro, late la respuesta de la calle: el
pueblo llano, los estudiantes idealistas y, en sus márgenes más oscuros,
aquellos arrastrados por la codicia más despiadada. Todo envuelto en un drama
humano de grandes proporciones, donde Cavayé acierta al no quedarse en la
superficie. El director exprime la psicología de este choque: un Jean Valjean
que, pese a arrastrar el estigma de sus 19 años de cárcel, no se deja consumir
por el rencor y canaliza su dolor en una búsqueda insaciable de bondad y
redención, convirtiendo el cuidado de la pequeña Cosette en su motor vital.
Frente a él, un inspector Javert fascinante que va más allá del cliché del
villano; un hombre atormentado por su propio pasado delictivo que se ha
reconvertido en un opresor enfermizo, utilizando la placa como un escudo para
huir de sus propios fantasmas.
Más allá del colosal
duelo actoral entre Vincent Lindon y Tahar Rahim, que provocan
toda la tensión emocional cuando se enfrentan el uno al otro, entre las
miradas, expresiones corporales y diálogos que se dispensan como puñales
afilados; el verdadero músculo dramático de esta versión descansa en sus
secundarios de lujo. Es imposible no quedarse con el matrimonio que regenta la
posada –los icónicos Thénardier, interpretados magistralmente por Camille
Cottin y Benjamin Lavernhe–, donde ella despliega una ambición
posesiva y despiadada mientras él se revela como un pobre infeliz, un cobarde
que sobrevive dócilmente a la sombra de su mujer. Pero el gran acierto de
Cavayé es el retrato del relevo generacional, encarnado en cuatro de los jóvenes
que sirven de perfecta representación de esa juventud rebelde e inconformista
de su tiempo: por un lado, los hijos de los posaderos aportan un contraste
brutal: Gavroche –encarnado por Léonard Signoret– se muestra valeroso y
decidido en primera línea de combate, mientras que Éponine vuelca su trágico
destino buscando desesperadamente el amor de Marius. Por otro lado, la Cosette
de Megan Northam fascina en su transición como esa joven que crece al
amparo de su protector pero que, al madurar, comienza a desenterrar los
dolorosos secretos de su pasado. Cierra este cuarteto Marius, interpretado por Vassili
Schneider, el amor de ambas jóvenes, un idealista de clase alta que,
renegando de sus privilegios, abraza con fe ciega la llamada de la revolución.
Cuatro interpretaciones memorables que logran capturar con precisión quirúrgica
el alma, las contradicciones y el romanticismo trágico de una época convulsa y
oscura.
La película nos ofrece
muchos simbolismos que nos acercan a la obra original, pero quizás el elemento
que cohesiona el alma moral e incluso material de la película es el poderoso
simbolismo de los candelabros de plata. Ese instante sagrado en el que el
obispo entrega los valiosos objetos a un Jean Valjean capturado por la policía
–transformando un robo evidente en un acto de generosidad suprema– se convierte
en el auténtico epicentro de la función. Es ahí donde Cavayé filma con maestría
el nacimiento de la luz: cómo en mitad de la miseria más absoluta y rodeado de
mezquindad ambiental, puede florecer la bondad pura y el recuerdo de quien le
salvó. A partir de ese perdón inesperado, la obra se transforma en una
bellísima odisea sobre la redención, la búsqueda insaciable del bien e incluso
la flagelación; un viaje donde Valjean renuncia al rencor como tal para
convertirse en un faro de esperanza para los desamparados. Esta carga dramática
se traslada de forma brillante a la pantalla mediante la atmósfera de la
fábrica de vidrio, donde vemos a Fantine pulir las piezas bajo una presión
asfixiante antes de ser provocada por una de sus compañeras y despedida
injustamente. Una trágica secuencia que empujará a Valjean a redimir su culpa
emprendiendo la búsqueda de la pequeña Cosette. Una búsqueda de la pureza en el
cristal donde, tal vez, al acercar la copa a los labios, se refleje la mirada
de quien la porta.
En el apartado puramente
técnico, la película se revela como un absoluto triunfo formal. Los decorados
son de diez: cada objeto, estancia y callejón están cuidados al milímetro, así
como las barricadas; destilando ese mimo obsesivo por el detalle histórico que
suele caracterizar a las grandes producciones francesas. A este impecable
diseño de producción se alinea de forma brillante la fotografía de Denis
Rouden. El operador despliega una paleta cromática donde predomina una
atmósfera de tonos apagados, sucios y desaturados para retratar la miseria del
pueblo llano, un acierto visual que contrasta con el vestuario luminoso y
opulento que visten las clases altas. Esta potencia visual se apoya en una
dirección de cámara que juega con un rico abanico de encuadres, transitando
desde imponentes e impactantes planos aéreos hasta unos asfixiantes primeros
planos que capturan la verdad de los actores. Un despliegue visual que, de la
mano de un montaje milimétrico y sumamente inteligente, logra el milagro de
insuflar agilidad, dinamismo y un ritmo vibrante a un metraje de larga duración
–sus 178 minutos–. Coronando este envoltorio sensorial, la banda sonora de Christophe
Julien realiza un trabajo dramático formidable; su partitura se convierte
en el metrónomo emocional del film, modulando el tempo de las escenas con
sutileza para transitar con total fluidez desde el intimismo más desgarrador
hasta culminar en el estruendo bélico de las batallas en las barricadas.
En definitiva, esta nueva
versión de Los Miserables se desmarca como una obra notable que esquiva
con inteligencia el academicismo plano para transformarse en un drama vivo,
vibrante y de una vigencia social arrolladora. Fred Cavayé no solo rinde un
escrupuloso tributo al inmortal texto de Victor Hugo, sino que logra que sus
tres horas de metraje respiren con el pulso tenso de nuestro presente.
Sostenida por un duelo interpretativo de primer nivel entre Lindon y Rahim, un
soberbio plantel de jóvenes promesas y una factura técnica impecable, la cinta
demuestra que las grandes historias nunca mueren si se filman con el corazón en
un puño y el respeto que merecen. Una cita cinematográfica obligatoria que
removerá la conciencia de los espectadores. Una película imprescindible que
devora la pantalla desde las sombras de la miseria hasta la luz de la
redención.
Mi nota es: 8
Estreno en España: 6 de
noviembre.
Reparto: Vincent Lindon,
Tahar Rahim, Camille Cottin, Noémie Merlant, Benjamin Lavernhe, Vassili
Schneider, Megan Northam, Marie Colomb, Louis Peres, Frédéric Pierrot, Léonard
Signoret, Myriam Boyer, Joaquim Fossi, Jean Chevalier, Juliette Gasquet, Giorgia
Sinicorni, Didier Flamand, Giulia Sagnier, Vincent Colombe, Egor Morozov, Frans
Boyer, Agustín Bruzzone, Timothée Guérois-Desoulière, Serge Beuchat, Ryan
Fartout, Sonia Joubert y Philippe Arnaud.
Productora: Eskwad//
Curiosa Films// Studiocanal// TF1 Films Production.
Distribuidora en España: Beta
Fiction Spain.

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